Cañones y mantequilla
Necesitamos incrementar el gasto militar sin que eso afecte al gasto social, aunque nos endeudemos y subamos los impuestos


Ha vuelto a la actualidad, por desgracia, la pregunta famosa de Paul Samuelson, recién terminada la Segunda Guerra Mundial: “¿Dónde debemos invertir los recursos, en cañones o en mantequilla?”. Está clara la respuesta del presidente español, Pedro Sánchez: tantos cañones como sea necesario, pero que la mantequilla no falte. El incremento del gasto militar al que se ha comprometido su gobierno no debe afectar al gasto social.
Parece que pocos le creen. Desde la derecha, con la fruición sádica de los aficionados al dolor social, y desde la izquierda, con un pacifismo más o menos ingenuo, son muchos los convencidos de la fatalidad de la ecuación: cuanto más invirtamos en defendernos ante un mundo cada vez más peligroso, menos podremos invertir en el bienestar de todos, y viceversa.
Los tiempos polarizadores exigen la rotundidad del juego de suma cero. Al final se nos quiere obligar a elegir entre la autonomía estratégica de Europa que nos lleva al belicismo o la Europa social que nos deja desarmados y conduce a entregarnos a voluntades ajenas, probablemente la de Putin, que es quien nos tiene más a mano. En Cataluña también hay una porción de la ciudadanía, mayoritariamente conservadora y rácana con la mantequilla, a la que no le importa que el gasto en cañones aumente, con tal que se fabriquen aquí, con trabajadores de aquí y que sean empresarios de aquí quienes reciban las inversiones y ayudas europeas.
No son de aquí, en cambio, ni destacan por ser de derechas o de izquierdas, quienes han dado la respuesta más interesante a la pregunta, sino dos estudiosos alemanes del Kiel Institut for the World Economy, en un detallado trabajo sobre el gasto militar de 20 países europeos desde 1870 hasta la fecha (Johannes Marzian y Christoph Trebesch. Guns and Butter. The fiscal consequences of Rearmement and War. Diciembre de 2025). Según nos cuentan, en un siglo y medio largo ha habido en Europa 114 episodios de auténtica expansión en el gasto militar, financiados con endeudamiento y aumento de la presión fiscal, pero con pocas evidencias de que haya sido en detrimento del Estado social.
En nuestro caso, habiéndonos ahorrado dos guerras europeas, el estudio menciona cinco momentos de fuerte incremento del presupuesto militar: la tercera guerra carlista, las dos guerras del Rif (la de 1909 y la de 1921), la posguerra civil y la adaptación militar al ingreso en la OTAN durante la transición, cuando por primera y única vez se cumple la tesis de los estudiosos, puesto que no disminuye sino que aumenta el gasto social, a diferencia de las anteriores ocasiones en que no aumentó ni disminuyó, por la sencilla razón de que no existía. Samuelson quizás no lo sabía, pero ahora lo sabemos y el Kiel Institut lo confirma: la mantequilla es estratégica. Hoy el gasto en seguridad desborda el gasto militar. La debilidad de la red ferroviaria o las insuficiencias de la sanidad pública son carencias estratégicas. Necesitamos cañones y mantequilla, aunque nos endeudemos y subamos los impuestos.
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