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JUNTS
Opinión

Experimento Manresa

Junts prueba de compasar el viejo mensaje de orden convergente con el barnizado ideológico aplicado al partido en el combate electoral contra la extrema derecha

El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont (i), ofrece declaraciones a los medios, a 24 de enero de 2026, en Perpiñán (Francia). Europa Press Glòria Sánchez / Europa Press (Europa Press)

Este viernes, a la hora mediterránea de comer, ingresaremos en la primavera mientras el Parlament digiere el debate de las enmiendas a la totalidad de los presupuestos. El punto de inflexión servirá a muchos para espantar un invierno plomizo, de reminiscencias británicas, que parecía encallar el calendario con tanta lluvia. Una sensación de cerrazón permanente, como la vivida hasta la fecha con el serial de las cuentas públicas, todavía sin luz de desenlace. Según la orilla del río que se consulte, el desencuentro presupuestario se explica por los compromisos decrecientes o la insatisfacción impostada. Ciertamente, el salto a la primavera no garantiza presupuestos a Salvador Illa ni plena alegría a Oriol Junqueras, puede que sí traiga un poco más de sol y, con toda seguridad, activará la precampaña de les elecciones municipales de 2027. Sí, de momento, la única cuenta atrás oficial es la de los comicios locales. Y hay experimentos que requieren atención, como el que se cocina en Manresa.

Junts selló allí un acuerdo con el exlíder de Front Nacional -Sergi Perramon, que rechazó ofertas recientes de Aliança Catalana- para formar una coalición con opciones de disputar la alcaldía a ERC. El pacto, que agrega la fuerza de ocho ediles del ayuntamiento y aspira a incorporar a las siglas hermanas del PDECat en la ciudad -que ostenta dos más-, se puede interpretar como una maniobra de Junts para contener el bocado de la extrema derecha, que había fijado inicialmente Manresa como uno de los objetivos electorales prioritarios. Sin llegar a mimetizar los postulados de la formación de Sílvia Orriols, la entente en el Bages insistía en el control del padrón, la lucha contra las ocupaciones ilegales o el incremento de efectivos policiales para asegurar el orden. Inmigración y seguridad, salpimentadas con un mensaje ambiguamente fronterizo con el adversario ultra.

En la formación independentista hay movimientos públicos con arritmia de titulares -el caso Manresa-, y también llegan debates privados, que demandan ser auscultados para entender el latido interno camino de las urnas. Como la gestación del Plan 8 millones, para encuadrar la posición sobre inmigración. El documento, listo desde diciembre, ha llegado a manos de Carles Puigdemont y se ha debatido recientemente en la cúpula, pero se mantiene en un cajón. Las “coronas” de derechos y deberes que plantea el plan -un modelo actualizado de gestión de las llegadas de migrantes en el caso de que Cataluña disponga de más atribuciones en inmigración- es una música que ya ha llegado a los alcaldes más necesitados de brújula y argumentos. Junts plantea vincular la adquisición de derechos con el compromiso del extranjero con la tierra de acogida, también con la lengua catalana.

Junts busca un encaje complejo. Una hoja de ruta propia en un país de población creciente y fulgor independentista menguante, que prueba de compasarse con el viejo mensaje de orden de Convergència sin perder el barnizado ideológico aplicado al partido en el combate electoral contra la extrema derecha. Y en Manresa se ha abierto un experimento. Algunos deben pensar que, en ayuntamientos de siglas atomizadas y nuevos ultras, un voto más que el rival puede decantar alcaldías. Hay que tener discurso y, si hace falta, ponerse duro. La auditoría de resultados, la próxima primavera.

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