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Texto con interpretación sobre una persona, que incluye declaraciones

Irene Rigau, exconsejera: “Quería jubilarme sintiendo el olor a tiza”

Fue la responsable de Enseñanza durante los recortes de Artur Mas: “Tenían su motivo y podían ser reversibles”

Irene Rigau, exconsejera de Enseñanza, el pasado 20 de julio.
Irene Rigau, exconsejera de Enseñanza, el pasado 20 de julio.Albert Garcia

“Si solo me recordaran por ser la consejera de los recortes sería injusto”. Es una de las preocupaciones que asalta a la que fue consejera de Enseñanza (2010-2016) durante lo que Artur Mas bautizó como Govern dels millors: Irene Rigau. No se esconde de los años aciagos que le tocaron al frente del área educativa. “Fueron momentos difíciles, pero es evidente que tuvimos menos recursos. Intenté que los alumnos tuvieran la mejor formación y el esfuerzo lo hicieron los profesores: trabajaron más horas y cobraron menos”.

La exconsejera de Convergència hace repaso a algunas de las polémicas decisiones y defiende que todas “tenían su motivo y podían ser reversibles”: “Dejamos de pagar las vacaciones a los interinos y en agosto los enviábamos al paro porque lo paga el Estado, y así ese dinero lo guardábamos para los sustitutos. Se eliminó la financiación de las guarderías, pero se buscó como alternativa que lo pagaran las diputaciones, que recibían más dinero de Madrid y tenían superávit. O se aprovechó la idea de la jornada intensiva en los institutos (para acabar con la conflictividad de las tardes) para reducir el coste de mantenimiento; no teníamos dinero para pagar la luz y la calefacción”, abunda.

Entre condiciones adversas, Rigau asegura que tenía una obsesión: el éxito escolar. “Era necesario poner en solfa la partitura del fracaso escolar”. Así que cogió los resultados de los exámenes de las competencias básicas y, recuerda, cada fin de semana estudiaba una demarcación para detectar los centros con más alumnos con bajos resultados. “Hicimos una auditoría para conocer el perfil del centro y decidir las medidas correctoras. Los exámenes son para todos, pero la respuesta tiene que ser adaptada a las necesidades”, defiende.

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Irene Rigau, en dos imágenes de 2022 y 2013. A. Garcia / G. Battista

De su etapa como consejera, Rigau destaca que se siente especialmente orgullosa de sus políticas en Formación Profesional (creación de 30.000 plazas, implantación de la dual y el impulso de la nueva ley de la FP), de la mejora de la formación de los profesores (se implantaron la Pruebas de Aptitud, con un refuerzo especial de las matemáticas) o de ayudar a organizar la consulta independentista del 9-N en 2014. Y la que menos: recortar el sueldo a los docentes y el tener que cerrar escuelas. Aunque, añade, su peor experiencia fue la muerte del profesor a manos de un alumno en Barcelona.

Tras su cese —“programado”, asegura, porque quería dedicarse a su marido, enfermo— en enero de 2016, Rigau tenía claro que quería finalizar su carrera educativa —ha sido docente de todas las etapas, desde infantil a la universidad, pasando por la FP— en una escuela: “Quería jubilarme sintiendo el olor a tiza”. Llamó a la puerta de dos centros cercanos al Parlament y pidió que le dejaran colaborar (sin cobrar, porque tenía el suelo de diputada), lo que causó cierta estupefacción en el claustro de profesores. En una de las escuelas ayudó a reforzar la lectura y, en la otra, se incorporó al aula de acogida para ayudar en la adaptación a alumnos emigrantes recién llegados. “Enseñaba a leer a los alumnos, muchos pakistaníes, o los llevaba al Parlament a contar los colores de los coches”. Estuvo dos trimestres, hasta su jubilación en junio. Pero vio cumplido su reto personal. “Quería saber si todavía era capaz de ejercer de maestra”.

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En cambio, le quedó una espina de su etapa parlamentaria: no haber batallado por las kellys. “Vinieron a explicar su situación en el Parlament y pensé que era un tema que me habría motivado. A todos nos gusta ir de hotel y encontrar la habitación impoluta con la cama hecha de una forma que no sabrías hacer. Pero nos explicaron sus condiciones de trabajo y me quedé con la sensación de que las habíamos escuchado, pero no las habíamos ayudado lo suficiente. Pero cuando eres diputado dependes de lo que te asigna tu grupo político”.

Tras unos meses duros a nivel personal, en que coinciden la condena por la organización de la consulta del 9-N y la muerte de su marido, Rigau entra en un nuevo periodo vital. “Con todo lo que he hecho y sé, ¿qué hago ahora? Tienes un momento de vacío, pensando ¿ya no soy útil? Después de tantos años liderando proyectos, el pensar que ya no era útil me generaba malestar”. Pero tuvo una nueva oportunidad: se erigió de mediadora entre los grupos parlamentarios a favor de la inmersión lingüística y logró reconstruir el consenso de los años 80 para promover la nueva ley parlamentaria —aprobada en junio— que evitara aplicar la sentencia del 25% de castellano en las aulas.

Apartada de la primera línea política, a sus 71 años ha optado por un “envejecimiento activo”, colaborando con entidades sociales y culturales, así como con medios de comunicación, pero destaca que ahora el centro de su vida es “la familia, los paisajes y los amigos”. Una vida activa con múltiples facetas, pero Rigau tiene claro cómo quiere que se la recuerde: “Como una maestra que hizo de consejera”.

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