OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Unas municipales para actualizar el mapa político

Sorprende que socialistas y republicanos hayan mantenido las candidaturas del envite anterior, en vez de buscar algún revulsivo que pudiera marcar diferencias

Ernest Maragall, Jaume Collboni y las alcaldesa da Colau presentan el pacto de inversión en proximidad en los distritos.
Ernest Maragall, Jaume Collboni y las alcaldesa da Colau presentan el pacto de inversión en proximidad en los distritos.Carles Ribas

El horizonte inmediato de la política catalana está en las elecciones municipales del 28 de mayo de 2023. Más allá de los encuadramientos ideológicos, los partidos traban su implantación territorial en los comicios locales. La tensión ideológica en torno a las grandes promesas no es eternamente sostenible. Y en los pueblos y ciudades es dónde se da el roce cotidiano que acaba dando solidez a las complicidades, a los intereses, a las afinidades.

Desde los años 80, en Cataluña, las ciudades más pobladas han sido territorio de la izquierda, mientras el pujolismo tejía sus redes y construía su hegemonía (en un sistema electoral que prima al territorio sobre la población) a medida que se alejaba del área metropolitana de Barcelona. Las próximas elecciones municipales tienen que dirimir el nuevo reparto del poder después de la escalada soberanista.

La batalla por Barcelona, una de las asignaturas pendientes del independentismo, regada estos días por la enésima indecencia del aparato de Estado en el espionaje político, será referencial. Pero también pasarán la prueba las principales ciudades del área metropolitana de Barcelona, feudo tradicional del PSC. Y será interesante ver si la izquierda soberanista, Esquerra Republicana y la CUP, son capaces de abrir brecha en estas latitudes. En el resto de la geografía catalana lo que se dirime en el fondo es una pelea de familia: la herencia del poder territorial sobre el que se asentó el pujolismo, y que es ahora objeto de disputa entre Junts per Catalunya, el PDECAT y otros grupos que quieren ofrecer moderación a los sectores más conservadores de este espacio. En esta pelea hay muchos roces entre aliados porque el territorio Junts i el territorio Esquerra se tocan. Lo cual garantiza meses de turbulencias en la mayoría que ahora mismo gobierna Cataluña.

En Barcelona, los comunes plebiscitan a la alcaldesa Ada Colau para aspirar a un tercer mandato. En 2015, su llegada al poder desde la calle, en la estela de la crisis generalizada del bipartidismo, fue un impacto. Y sectores significativos del poder económico y mediático no han sabido disimular el resentimiento de clase que su ascenso les provocó. A pesar de ello, sigue estando ahí, ante una carrera que se dirimirá por corto margen entre les Comunes, Esquerra y el PSC. Sorprende que socialistas y republicanos hayan mantenido las candidaturas del envite anterior, en vez de buscar algún revulsivo que pudiera marcar diferencias. El valor añadido de Esquerra está claro: es la única opción que tiene el independentismo para lograr la alcaldía. Jaume Collboni, dado el carácter marginal de la derecha españolista, ha optado por acercarse a los poderes económicos hostiles al soberanismo y a hacer suyo el discurso de los lobbies del cosmopolitismo provinciano. ¿Bastará con ello para tumbar a los Comunes? La ecuación se anuncia así: gobernará el que sea capaz de sumar por lo menos a uno de los dos competidores a su mayoría. Y Esquerra si quiere estar en el gobierno de la capital tendrá que volver a la alianza con las otras izquierdas.

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