Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La consagración del mal rollo

Las palabras utilizadas por Junqueras para explicar su encuentro con Puigdemont remiten a un mismo modelo: las cenas de Nochebuena con un acuerdo implícito: no hablemos de política porque nos vamos a pelear

El rapero Valtònyc, Serret, Forcadell, Junqueras, Puigdemont, Bassa, Romeva y Comín, en Waterloo.
El rapero Valtònyc, Serret, Forcadell, Junqueras, Puigdemont, Bassa, Romeva y Comín, en Waterloo.STEPHANIE LECOCQ (EFE)

Personal, agradable, emotivo, familiar todas las palabras utilizadas por Oriol Junqueras para explicar su encuentro con Carles Puigdemont remiten a un mismo modelo: las cenas familiares de Nochebuena en que reina un acuerdo implícito: no hablemos de política porque nos vamos a pelear y hoy no toca. Hubo tregua, pero la fiesta quedó descafeinada. Poca alegría transmitía la foto de grupo, única concesión que se hizo para que la prensa pudiera inmortalizar el encuentro. La imagen resultante es la consagración del mal rollo, como si las pocas ganas de estar juntos se hubieran hecho carne. Lo que debía ser un regalo a las bases del independentismo va camino de convertirse en el icono del desengaño.

El miedo a afrontar las diferencias entre independentistas tiene un efecto perverso: para ocultar una fractura cada vez más indisimulable no les queda otro recurso que entrar en la subasta: quién sube más el tono y el nivel de exigencia ante los adversarios. Un espiral de aceleración de los discursos que encuentra su complemento en el PP que tiene todo el interés en alimentarlo. Como más estruendoso sea el griterío independentista mejor para Casado y compañía: la estrategia de la confrontación en la que están instalados lo necesita.

Como más estruendoso sea el griterío independentista, mejor para Casado y compañía
Como más estruendoso sea el griterío independentista, mejor para Casado y compañía

Todos los gestos de radicalización del independentismo son bonus para el PP, que no aspira a resolver un problema sino a agrandarlo para seguir cultivando las paranoias patrioteras de los votantes (y así engullir al electorado de Ciudadanos que paga su condición de partido monotemático) Los éxitos fundados en una obsesión son siempre efímeros porque acaban agotando al personal. Todos los partidos que han visto en la revuelta indignada contra los nacionalismos catalán o vasco su única razón de ser han tenido una caída tan fulminante como el despegue. La dialéctica que construye la política tiene estas celadas. El que no tiene ni proyecto ni visión para saber a dónde quiere llegar y se deja atrapar por los éxitos momentáneos o aparentes tiene todos los números para descarrilar. Y así está agonizando Ciudadanos entre el delirio del monotema y la soberbia sin límites de Rivera, que se deja arrastrar ahora por un PP que lo quiere sólo como trofeo de caza, anuncio del fin de una quimera que llegó a asustarle.

En la dinámica de la confrontación está instalada Junts, poseída por una de las mayores estupideces de la política: cuanto peor, mejor. En democracia, hay pocos atajos: lo que no se gana día a día difícilmente se conquista de golpe. Y en su frustración pretende arrastrar a Esquerra Republicana a la ruptura con el gobierno socialista. Resultado: a la hora de hacer una foto de familia como la de Bruselas la política brilla por su ausencia. O mejor dicho se expresa a través de una imagen en que aparecen bustos inanimados.

En democracia, hay pocos atajos: lo que no se gana día a día difícilmente se conquista de golpe
En democracia, hay pocos atajos: lo que no se gana día a día difícilmente se conquista de golpe

No es fácil en lo humano la relación entre Oriol Junqueras y Carles Puigdemont. De hecho, la aparición de este cuando Artur Mas, acosado por la Cup, hizo mutis por el foro, frustró la operación Junqueras que aquella misma mañana estaba ya preparando la campaña de un repetición electoral que debía haber anticipado el sorpasso de Esquerra. Después, vinieron los desencuentros fatales, que culminaron en octubre de 2017: Carles Puigdemont se asustó cuando ya parecía decidido a convocar elecciones, sin que Junqueras hiciera nada para ayudarle a dar el paso sino más bien todo lo contrario.

Y de ahí el desenlace: uno se fue, el otro se quedó en casa, asumiendo el camino de la cárcel, sin que mediara siquiera una llamada telefónica entre ambos. Ahora la imagen del que ha sufrido casi cuatro años de cárcel no es compañía cómoda para quien optó por salir corriendo. Y, sin embargo, los dos comparten un doble problema: ¿Hasta cuándo ejercerán el liderazgo en última instancia en sus respectivas casas? ¿Es pensable que uno de los dos se imponga y rompa la bicefalia del independentismo?

Junqueras tiene autoridad moral acumulada y pronto se verá si encuentra el justo tono ejerciendo de referencia sin menoscabo del nuevo liderazgo de Esquerra. Puigdemont es el único punto de enganche, por lo menos aparentemente, de este barullo llamado Junts per Catalunya. En estas circunstancias se entiende que prefieran no hablar de política. Pero si lo hicieran quizás un soplo de realidad entraría en ambas casas y podrían asumir vidas razonablemente separadas sin el freno del bloqueo mutuo y del recelo permanente, al tiempo que ambos ganarían polivalencia. Estrategias diferenciadas, acuerdos puntuales, es decir, política.


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