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Rodrigo Cuevas y la lucidez del desparpajo

El artista y cantante plasmó en el Palau su desacomplejada visión del folclore asturiano en un espectáculo divertidísimo

Concierto de Rodrigo Cuevas en el Palau de la Musica de Barcelona.
Concierto de Rodrigo Cuevas en el Palau de la Musica de Barcelona.MASSIMILIANO MINOCRI / EL PAÍS

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“Yo no soy maricón de nacimiento”, decía en el escenario, paseando la mano izquierda por los contornos de su torso, pierna izquierda adelantada, queriendo enseñarse, “yo soy maricón de lobby, pues de pequeño el lobby gay me metió en una habitación para ver películas de pollas, obligándome a comer plátanos enteros”, remataba sin disimular ácida ironía mientras la platea se carcajeaba cómplice, desollándose las manos cada vez de las muchas que aplaudía. Él estaba presentando una habanera de homenaje a Rambal, homosexual sin vergüenza cuando la homosexualidad daba vergüenza, figura popular del barrio pesquero gijonés de Cimavella, asesinado en los años setenta del pasado siglo, un drama más de la España negra, ignorante, intransigente e integrista ante la cual Rodrigo Cuevas alzaba su voz en un Palau de la Música que se llenaba en el primero de sus dos conciertos dentro del festival Tradicionarius. Un concierto de música popular a la manera de la otra España, aquella que acepta que cada cual haga de su capa un sayo.

Halando de capas y sayos, el sincretismo de Rodrigo Cuevas, ovetense enamorado del folclore asturiano y gallego, persona de su tiempo que da puntadas electrónicas a muñeiras, fandangos y xiringüelus, que insufla ritmos digitales a cadencias nacidas entre hierba y nubes, le conducía a vestir híbridamente. De cabeza a pies: monteira gallega como tocado, camiseta blanca de encaje bien ceñido, faja multicolor, yukata verde, anónimos pantalones negros entallados y madreñas asturianas de madera enfundando unas pantuflas como calzado. Y todo armonizaba pues todo lo que se lleva con naturalidad acaba casando, como cantar “y a mí me llaman el tonto, yo digo que lo seré, pero no me chupo el dedo si antes no lo mojo en miel” mientras convivían de fondo tambor con parche de piel y ritmos sintéticos en esa Arboleda Bien Plantada que cantaba con desparpajo del bardo tan seguro de sí mismo como de su verdad. Es ese desprejuicio, no alocada búsqueda de la modernidad en sí misma, sino ausencia de miedo para recuperar la poesía popular y sus sentencias morales en un contexto global, lo que distingue a Rodrigo Cuevas como folclorista sincero que cuando busca la implicación de su público le pide “gritad como vuestras abuelas”. Los abuelos, maestros como él recordó de aquellas ceremonias de amor, canciones bajo el balcón de la enamorada hoy sustituidas por fríos mensajes de texto. Embellecer la pragmática fealdad del presente evocando la belleza de lo que existió siempre.

Y este discurso de fondo se articuló en el Palau mediante un espectáculo total. Unas añejas fotos en blanco y negro presidían la escena, y Rodrigo tejía en sus largas y finísimas presentaciones la vida de personas que nunca olvidaron su orgullo y raigambre popular como Milia la Miruxana, una campesina de Ambás, que a la guisa de Rosa Parks, acabó mediante su indómita actitud con un viejo impuesto a los señoritos que hedía a Medievo. Pero a la vez, este humor propio de quien vive hoy, proponía al público ejercicios de suelo pélvico para bailar un xiringüelu mientras fruncía los labios, carnal, bajo ese bigotito que acababa por asemejarle aún más a Freddie Mercury. Risas y carcajadas, más estas que aquellas, para reivindicar el orgullo de lo popular, las leyendas y cuentos que nos han traído hasta aquí, a este presente de muñeiras, diversidad sexual, electrónica, descaro y autoafirmación en la diferencia. Un concierto sensacional donde forma y fondo fueron uno.

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