La expansión sin límite

El problema está en la correlación entre aceleración, desigualdad y autoritarismo. Y son ya demasiadas las señales que nos llegan como para seguir instalados en el nunca pasa nada de unas democracias gastadas

Dos trabajadores de una empresa de reparto en Pekín.
Dos trabajadores de una empresa de reparto en Pekín.THOMAS PETER / Reuters

Solo la economía considera una virtud la expansión sin límite. En biología se llama cáncer”. La frase es de David Pilling, periodista del Financial Times, autor de El delirio del crecimiento. Y con ella sintetiza una economía que ha hecho del crecimiento un valor absoluto, con el PIB como modo mágico de evaluarlo, con la reducción del ciudadano a homo economicus como consecuencia. Este cáncer ha hecho estragos en forma de desigualdades entre los humanos, pero también en la destrucción del entorno.

La economía asume su crecimiento como un valor absoluto, con la reducción del ciudadano a ‘homo economicus’

“Si el PIB fuera una persona”, dice Pilling, “sería indiferente, incluso ciega ante la moralidad”. Es decir, es la expresión numérica de la reducción del ciudadano a sujeto económico a fuerza de empequeñecerlo, de convertirlo en un ser sin alma (si queremos utilizar la vieja metáfora), sin conciencia ni sentimientos, para decirlo llano, sin siquiera una economía del deseo propia, reducida en todo caso a la cuenta de resultados. De modo que en el homo economicus, como muy bien explicó Bernard Stiegler, el deseo se reduce a pulsión en una lógica del consumo sin límites en que la posesión de cualquier objeto nunca llega ser un acto completo, porque el hecho de poseerlo acaba con su atractivo y la pulsión nos lleva sin respiro a conseguir otro antes de gozarlo.

Esta es la dinámica de la aceleración del capitalismo entrado en una fase que algunos llamamos nihilista. ¿Qué entiendo como tal? Sencillamente la suspensión de la idea de límites: todo está permitido, en nombre de una perniciosa concepción del progreso que la revolución neoliberal ha hecho exponencial hasta que se estrelló en la crisis de 2008. La pérdida de la noción de límites llega cuando se pierde la conciencia de lo trágico. El destino totalitario de las revoluciones del siglo XX es la expresión de ello. Karl Schlögel lo explicó en su libro sobre Moscú en 1937. Sin límites las sociedades se adentran en el caos y es sobre el caos que se construye el Estado totalitario. Y se impone la idea del hombre nuevo o del superhombre, como ficción para despojar a los ciudadanos de su conciencia más elemental, de seres que hablan, se tocan, comen y respiran. De aquellos episodios la humanidad salió advertida, aunque se quiso pasar página demasiado deprisa. E incluso se proclamó el fin de la historia, como si con el neoliberalismo en vías de globalización la humanidad hubiese alcanzado por fin un destino estable, capaz de cohesionar el mundo. Fue un espejismo, la historia no se detuvo, sino que con la globalización digital se aceleró más que nunca.

En este escenario los colapsólogos han hecho fortuna. Hay mucha literatura al respecto, de muy distinto calado, que se reparte entre la ficción distópica y las previsiones construidas sobre razonables bases científicas. No era la pandemia universal el horizonte más anunciado. Y, sin embargo, es una potente advertencia que nos manda la naturaleza. ¿Seremos capaces de interpretarla? De momento, entre el miedo y la culpa, el autoritarismo asoma. Probablemente porque era una tendencia que ya venía de la crisis de 2008, en que la economía nihilista se tambaleó y aparecieron las pulsiones autoritarias por si era necesario poner orden a unas democracias heridas por la fractura brutal de las clases medias, la penalización a las nuevas generaciones y la marginalidad creciente.

La pérdida de la noción de límites en el capitalismo llega cuando se pierde la conciencia de lo trágico

Y en esta coyuntura China aparece como la fuerza del próximo futuro. Dice Giorgio Agamben que “el capitalismo que se está consolidando a escala planetaria no es el capitalismo en la forma que había tomado en Occidente, sino que más bien es el capitalismo en su variante comunista, que unía un desarrollo extremadamente rápido de la producción con un régimen político totalitario”. Creo, en cualquier caso, que es legítimo preguntarse si China, dirigida por un partido todavía llamado comunista, resultará ser el estado superior del capitalismo. Sería realmente otra trágica ironía de la historia. Una vez más la humanidad se habría despeñado por la vía de la pérdida de la noción de límites, que comportaría inevitablemente el eclipse de la democracia: el único régimen que asume el respeto a la condición humana en sus propias y limitadas condiciones. La economía de la aceleración acecha. Y algunos, como David Pilling, nos advierten. El problema está en la correlación entre aceleración, desigualdad y autoritarismo. Y son ya demasiadas las señales que nos llegan como para seguir instalados en el nunca pasa nada de unas democracias muy gastadas.