QUIM TORRA

Torra busca prolongar el bloqueo político tras su inhabilitación

Puigdemont pidió al ’president’ que aplazara la convocatoria de elecciones para que Junts per Catalunya refuerce su perfil electoral y recorte la ventaja de ERC

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, la semana pasada en la Generalitat.
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, la semana pasada en la Generalitat.Marta Pérez / EFE

Esquerra celebró la semana pasada una reunión de su cúpula en la que algunas voces propusieron romper el acuerdo de Gobierno con Junts per Catalunya. Los republicanos partidarios de la ruptura estaban en minoría pero expresaban el hartazgo por una relación que se ha vuelto insostenible y que en la práctica ha supuesto la existencia de dos Ejecutivos en Cataluña: el de JuntsxCat y el de ERC. Y es que la voluntad expresada por Quim Torra de que no se elija un sucesor una vez haya sido inhabilitado por el Tribunal Supremo —la vista se celebrará el próximo día 17— es un intento de prolongar el bloqueo político que proponen los partidarios de Carles Puigdemont para reforzar su perfil electoral, llevar las elecciones a principios del año que viene y recortar la ventaja que las encuestas dan a los republicanos en los próximos comicios catalanes.

Torra había expresado reiteradamente su voluntad de convocar elecciones antes de la inhabilitación por el Supremo. Según algunas fuentes, en la visita que Torra y Puigdemont realizaron el pasado 22 de agosto a la tumba de Antonio Machado en Colliure, Francia, el expresident trasladó a su sucesor la necesidad de que inmolase su deseo de llamar a los catalanes a las urnas en el altar de la estrategia de JuntsxCat. Torra aceptó. A cambio, tendrá el homenaje de manifestaciones en la calle por su rebeldía e inhabilitación, aseguran fuentes posconvergentes.

El nuevo tablero deja a Esquerra en una compleja situación ante el público independentista. Si el vicepresidente Pere Aragonés (ERC) toma el relevo de Torra como presidente en funciones será señalado como “usurpador” y colaboracionista con la “represión” por los soberanistas hiperventilados. Las declaraciones de Torra de que no quiere que se le elija un sucesor podrían plantear la situación insólita de que el president inhabilitado pueda seguir acudiendo a las reuniones, pero que fuera Aragonés quien figurase sobre el papel con membrete oficial.

Esquerra quiere una solución consensuada con sus socios —tal como expresó el pasado sábado el propio vicepresidente— y rehúye el enfrentamiento. De hecho, ni siquiera habrá réplica a JuntsxCat en el acto en que se presentará mañana la obra de Oriol Junqueras y Marta Rovira Tornarem a vèncer (I com ho farem) (Volveremos a vencer. Y cómo lo haremos). Y ello a pesar de que ya a mediados de agosto el eurodiputado puigdemontista Toni Comín habló de “guerra fría” entre ERC y JuntsxCat. “Ellos [JuntsxCat] no luchan por la independencia sino por la presidencia”, apuntan fuentes de los republicanos. En la práctica ya existen dos Gobiernos. Y esa idea se ha reforzado con los últimos cambios hechos por Torra.

Si Aragonés releva a Torra como presidente en funciones será señalado como “usurpador” y colaboracionista con la “represión” por los soberanistas hiperventilados.

Las tres destituciones en el Ejecutivo de Torra esconden dos venganzas y una impotencia política, apuntan fuentes gubernamentales: contra Miquel Buch por la actuación de los Mossos en las manifestaciones independentistas; contra la consejera de Empresa, Àngels Chacón, por no romper el carnet del PDeCAT. El tercer caso, el de la hasta ahora responsable de Cultura, Mariàngela Vilallonga, forma parte de los desajustes entre Torra y Puigdemont: el primero quería colocar a Laura Borràs, diputada investigada por, presuntamente, adjudicar contratos a dedo. Pero el expresidente desde Bruselas la vetó, afirman fuentes posconvergentes, poniendo en duda la integridad de su fidelidad al líder máximo. La operación le cerró el paso a la vuelta de Borràs a la política catalana y evitó que su caso pasara del Supremo al Superior de Justicia de Cataluña, ralentizando los tiempos.

Eso sin perder de vista lo principal: el distanciamiento entre los socios del Gobierno. El presidente del Parlament, el republicano Roger Torrent, no estuvo presente en la toma de posesión de los nuevos cargos. La representación de la Cámara la ostentó el entusiasta puigdemontista Josep Costa, vicepresidente primero del Parlament. Horas antes el incontinente Ramon Tremosa no esperó ni a ser nombrado consejero de Empresa para criticar al vicepresidente Aragonés por preferir pactar los fondos Mede (Mecanismo Europeo de Estabilidad) con Pedro Sánchez antes que con Torra.

Paradójicamente, en este río revuelto en el soberanismo el Gobierno de Pedro Sánchez puede sacar dividendos.

El marcaje que Tremosa dedica a Aragonés es un disco solicitado desde Waterloo, una aplicación de la doctrina de la “guerra fría” enunciada por Comín y alimentada por el propio Puigdemont, quien el pasado sábado ya envió desde Bruselas un recado a Esquerra y su defensa de la mesa de diálogo con el Gobierno central: “No se puede transaccionar con un Estado opresor, al que se debe derrotar”.

Paradójicamente, en este río revuelto en el soberanismo el Gobierno de Pedro Sánchez puede sacar dividendos. Mientras ERC sigue intentando buscar su imagen en el espejo de la pureza independentista de Puigdemont, los diputados del PDeCAT —cuatro, la mitad del grupo de JuntsxCat— en el Congreso podrían cambiar su oposición frontal y dar luz verde a los presupuestos del Estado a cambio de contrapartidas, algo que ya sucede con los pragmáticos nacionalistas vascos.

Ello podría suponer a medio plazo su acercamiento a las posiciones del Partit Nacionalista de Catalunya, de Marta Pascal, y quién sabe si en el futuro a una convergencia electoral. El universo convergente no quedaría completo sin enunciar qué hará Artur Mas. Algunos aseguran que sigue en el partido para no dejar cabos sueltos del caso del 3% que amenaza con salpicarle. Una vez acabe esto, no le faltan ofertas: la que tiene en cartera es protagonizar un documental sobre la travesía del Atlántico en velero durante cuatro meses. Eso sí, si los cabos no dan guerra.


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