Opinión
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Pecado de soberbia

Puigdemont está de paso, Torra ya ha pasado, Ponsatí puede ir diciendo barbaridades… Todos ellos pasarán. Pero la Iglesia, con cardenales como Omella seguirá, como las demás religiones de libro y otras muchas

El cardenal Juan José Omella, en la misa por los difuntos durante la pandemia en la Sagrada Familia.
El cardenal Juan José Omella, en la misa por los difuntos durante la pandemia en la Sagrada Familia.Quique Garcia / EFE

Y de repente, en este verano tan raro, reaparece con luz propia Núria Gispert. Núria Gispert, no Núria de Gispert. Esta última, que fue militante de UDC, mano derecha de Duran Lleida, ocupó todo tipo de cargos hasta que se lució en la peor versión de sí misma, insultando a varios políticos que no le gustaban, insistiendo en mandar (si pudiera) a Inés Arrimadas a… ¡Andalucía!, etc. Al final, hasta el Parlament de Cataluña que llegó a presidir tuvo que llamarla al orden.

No, aquí hablamos de Núria Gispert, a la que he conocido bien, dirigente histórica de Càritas cuando, bajo el franquismo, Càritas era una de las instituciones que más irritaban a la dictadura. Compañera de viaje (largo viaje) de comunistas, izquierdistas, socialistas, cristianos de la teología de liberación y un largo etcétera. Con Pep Ribera, de Agermanament (y luego Cidob), Alfonso Comín y otros como ellos, Núria siempre estaba ahí. El otro día reapareció para, como dice un medio de comunicación, “darles un tirón de orejas a Puigdemont i a Torra”.

Leo asombrado que Torra se afirma partidario de la teología de la liberación, dice que tiene curas amigos en la Mina y que está a favor de la “iglesia de los pobres”, y que Puigdemont da a entender que le colgó el teléfono a monseñor Omella. A Omella no le perdonan (y estos señores Puigdemont i Torra tienen muy largo el rencor) que “en todos estos años nunca ha hecho nada por los presos políticos”. Basta de comedia y de trampas de pésimo nivel. A Omella no le perdonan que no sea indepe, que no lo es (como tanta gente en Cataluña). En realidad, parecen saber, al menos Puigdemont, que desde siempre, en Cataluña, si tienes la Iglesia contigo, tu fuerza para ir construyendo hegemonía se centuplica, tu capacidad de influencia alcanza grandes dimensiones. El pujolismo entendió esto muy bien. Entendió también (Puigdemont y Torra, no) que para que esta simbiosis sea productiva hay que seguir el libreto de la ortodoxia cristiana: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Todo esto pareció entenderlo muy deprisa otro de los presos, el señor Forn, que publicó un largo artículo en La Vanguardia aclarando, como cristiano, que todo era un malentendido, que Puigdemont nunca pretendió atacar al arzobispo Omella, y un largo etcétera. En realidad lo que Forn, probablemente más cristiano que el de Bruselas, sabe, es que contra la Iglesia puedes ir de vez en cuando, puedes intentar marcar territorio en base a la frase citada en el párrafo anterior, pero la carrera de fondo siempre la gana la Iglesia. Lleva 2.000 años de ventaja en experiencia, en movilización, en ir marcando límites al poder político. No pudo la FAI, de hecho, a medio plazo tampoco pudo el franquismo, ¿y Torra cree que amenaza a Omella con un “expediente sancionador” por la misa en la Sagrada Família? Por favor…

En relación a este tema, tomo prestado el concepto al amigo Juliana, que además vivió muchos años en Italia como observador de la famosa finezza de la tradición vaticana: cesarismo en la era digital. Ya no se estudia en Derecho Constitucional el término cesarismo, que sería una forma de liderazgo hiperpersonalizada, con ribetes autoritarios incluso cuando el personaje no ocupe ningún cargo institucional. Se rodea de incondicionales, en su lucha por concentrar poder (en su propio campo) no hace prisioneros, y destila una arrogancia creciente. En lenguaje eclesiástico lleva escrito en la frente “pecado de soberbia”.

Lo cual nos lleva a otro error histórico de enormes proporciones. Se atribuye a Stalin la arrogante pregunta “¿El Vaticano? ¿Y cuántas divisiones (militares) tiene el Vaticano?”. Y claro, quién no le reía la gracia a Stalin… Pero visto desde hoy, ¿dónde está Stalin? ¿O Hitler y su Reich, que tenía que durar mil años? ¿O Franco, que entraba bajo palio en ciudades conquistadas? Lo que parece no entender Puigdemont (y la gente que lo rodea y aplaude) es que él está de paso, Torra ya ha pasado, la señora Ponsatí puede ir diciendo barbaridades como “de Madrid al cielo”… Todos ellos pasarán. Pero la Iglesia, con cardenales como Omella y, mala suerte, otros que nos gustan mucho menos, seguirá, como las demás religiones de libro y otras muchas. Por esto, un agnóstico como un servidor puede afirmar que, en conciencia, en esta vida ha sido un honor compartir camino con Núria Gispert y con Càritas. Lo demás es anécdota.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política de la Universitat de Barcelona.