‘Ciudad sin sueño’, el espejo en el que los reclusos de Valdemoro ven su vida en una película
91 internos del centro penitenciario madrileño asisten a la proyección de una cinta que retrata sus propias vidas antes de cumplir condena


Un adolescente camina por la mitad de la calle mientras fuma un cigarro. En las casas y chabolas que están a medio hacer hay niños jugando, abuelos que conversan y algunos grupos de personas bebiendo alcohol y consumiendo diferentes sustancias. Todo pasa al mismo tiempo y en el mismo lugar. Esa es la vida diaria de Toni, el protagonista de la película Ciudad sin sueño, un filme que muestra el crudo día a día del barrio chabolista de La Cañada Real Galiana de Madrid. Pero también es el retrato de la vida de Jorge, Alberto, Adnan y Jalil, cuatro internos que disfrutaron de la proyección de la cinta en la cárcel de Valdemoro (Madrid) —y cuyos nombres han sido modificados para proteger su identidad—. La historia ficcionalizada de una hora y 37 minutos dirigida por Guillermo Galoe es el recuerdo real de muchos de los que están sentados en las sillas blancas de plástico del salón de actos del centro penitenciario. Algunos de ellos murmuran dentro de esos muros grises y paredes de color naranja en las que hay una advertencia: “Este es un espacio libre de humo”.
—¿Alguno de ustedes conoce La Cañada Real?— pregunta Houda Akrikrez, una de las actrices.
―He vivido allí, responde un hombre.
Solo uno de los 91 reclusos que hay en la sala ha vivido en el asentamiento situado en esa antigua vía pecuaria que está a solo media hora en coche de la Gran Vía madrileña, donde miles de familias residen desde hace décadas. Pero
Zonas como La Cañada no existen solo en la capital, sino también en otros sitios de España, África, Asia y América. Los demás coinciden en que las Cañadas que conocen llevan otro nombre, pero las describen igual: sin luz y sin agua potable. “Si mi infancia hubiese sido distinta, quizá yo no estaría aquí”, dice Alberto a EL PAÍS. Este hombre de 42 años recuerda que, el barrio precario en el que pasó su niñez en Badajoz, también era así. Y, como los abuelos de la película, sus padres tampoco querían irse. “Desde pequeños normalizamos cosas que no deberíamos vivir. Crecemos con las drogas y las fiestas como si fuera algo normal”, asegura.

Mientras Jalil observa la escena en la que toda la familia de Toni se reúne frente a una fogata, se inclina hacia Alberto y le susurra: “Joder, esto me hace pensar mucho en mi familia”. Siente cómo se le eriza la piel. Es la segunda o tercera vez en sus 33 años que este hombre de cejas gruesas disfruta de una película en el “cine”. Lo que más lo conectó con la historia fue la amistad entre el protagonista y otro de los personajes. Le recordó lo importante que es tener a alguien cerca, tener amigos, porque en la cárcel muchos sienten que la gente de fuera se olvida de ellos. Hacer una llamada y que, al otro lado de la línea, nadie conteste. “Cuando salga de aquí quiero recuperar la confianza de mi familia. Es lo más importante, pero también lo más difícil. Quiero ser feliz y disfrutar el tiempo con mis sobrinos”, cuenta el hombre con un nudo en la garganta.
La luz entra por una de las puertas, justo donde está una funcionaria de prisiones con un walkie-talkie en el bolsillo derecho del pantalón. Algunos de los internos —muchos de ellos más altos que ella—, se levantan durante la proyección y le piden permiso para ir al baño. Al fondo se escuchan los gritos que llegan de un polideportivo que está cerca de la cárcel y la alarma de las puertas de seguridad.
Jorge piensa en su familia. En sus cuatro hijos y sus dos nietos. Piensa en todo el tiempo que ha perdido con ellos y en lo que ya no podrá recuperar. “La película me ha dado un poco de libertad”, afirma este hombre de 51 años al que ya se le notan las canas. Ese “respiro” ha hecho que salga de la rutina, que piense en otras posibilidades y que pueda encontrarse con los compañeros a los que llevaba varios meses sin ver. En los tres años que lleva en la cárcel —donde están recluidos 950 internos— se ha dado cuenta de que muchos merecen estar ahí, pero también reconoce que a algunos les faltaron oportunidades. “Algunos no merecen pisar este lugar. La justicia también se equivoca”, agrega.
Adnan se sintió 100% identificado con la vida del protagonista. “Mi historia era la misma”, dice el interno al que le faltan seis meses para salir de las paredes en las que lleva encerrado tres años y medio. Un tiempo en los que casi todos los miembros de su familia han muerto. Cuando vivía en Marruecos escuchaba hablar de que los que emigraban a España vivían como “reyes”. Esas historias lo llenaron de curiosidad, así que empacó su maleta y se despidió de su familia con la ilusión de tocar nuevas puertas y conocer otro mundo. Pero fue empezar a buscar empleo y ver cómo su currículum se perdía entre un montón de papeles. Su sueño se convirtió en pesadilla. “Empecé a robar para poder comer”, cuenta este hombre que en enero cumplirá 30 años. Una y otra vez repite que está pagando por los errores que cometió. Su mujer y su hija, a quienes lleva tatuadas en su piel, son su única motivación para levantarse todos los días. Los días en los que el encierro se hace más largo.

La sala del penal se inunda de aplausos y silbidos. Las luces se encienden y algunos presos comentan entre ellos. El director se pone al frente y agradece a los internos. “Es la primera vez que hacemos esto. Veníamos con esa intención de traer cine a espacios donde normalmente las películas no llegan. Esperamos que por un instante hayan podido desbordar los muros”, dice emocionado. Pero las palabras cargadas de ilusión se acaban con la orden de los funcionarios que empiezan a llamar a los internos por módulos. “Los del 1, el 2, el 3, ahora los del 4…”.
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