_
_
_
_

Diez años de Felipe VI o cómo reanimar una jefatura del Estado en horas bajas

El Rey inauguró su reinado en plena crisis institucional del ‘procés’ y coincidiendo con el fin del bipartidismo. Ahora su futuro pasa por asegurar la continuidad en la princesa Leonor

El rey, Felipe VI, junto a la reina Letizia Ortiz y sus hijas la princesa Leonor y la infanta Sofía, el día de la proclamación el 19 de junio de 2014.
El rey, Felipe VI, junto a la reina Letizia Ortiz y sus hijas la princesa Leonor y la infanta Sofía, el día de la proclamación el 19 de junio de 2014.Gorka Lejarcegi
Belén Domínguez Cebrián

Felipe de Borbón y Grecia lleva ya 10 años siendo Felipe VI de España. El 19 de junio de 2014, el que fuera príncipe de Asturias durante 46 años inauguraba con un discurso en las Cortes Generales lo que llamó una “Monarquía renovada para un tiempo nuevo”. Su proclamación se formalizaba 17 días después de que su padre, Juan Carlos I, anunciara su abdicación con 76 años como consecuencia de sus escándalos públicos y privados. Era una situación “muy difícil”, coinciden los que la vivieron. Un escenario de crisis que dejó la reputación de la institución que ostenta la Jefatura del Estado en cuidados intensivos y que Felipe VI se veía entonces con la obligación de estabilizar. “Felipe llevaba preparándose emocionalmente toda su vida [para ese día]”, dice Emilio Lamo de Espinosa Michels de Champourcin, catedrático, sociólogo y cofundador de Real Instituto Elcano. Hoy, una década después, el horizonte de la institución está encarnado por la princesa Leonor.

Una de las personas más cercanas al entonces príncipe de Asturias sentencia que el primer decenio de Felipe VI ha consistido fundamentalmente en escapar de la espiral de crisis que afectaba a la Familia Real y al conjunto del país, con cinco elecciones generales en nueve años (2015-2023) y un referéndum ilegal de secesión organizado por la Generalitat de Cataluña, sumado todo ello a la conducta “reprobable” de los últimos años de reinado de Juan Carlos I, que llegó a ser investigado por la Fiscalía del Supremo.

Felipe VI, en su despacho de la Zarzuela.
Felipe VI, en su despacho de la Zarzuela.Casa de S.M. el Rey

El desafío catalán ha sido, hasta ahora, el más grave del reinado. Superior, coinciden los analistas consultados, al que tuvo que afrontar el rey emérito ante el intento de golpe de Estado del 23-F de 1981. “Los independentistas eran una minoría a punto de convertirse en mayoría”, resume el socialista Juan José Laborda, expresidente del Senado. El escritor Jordi Canal, autor de La Monarquía en el siglo XXI, apostilla por teléfono: “[El procés] es lo más gordo que le ha tocado lidiar al Rey en estos diez años. El resto han sido, quizás, las constantes repeticiones electorales”.

El plan rupturista de la Generalitat ocupó gran parte del trabajo diario en La Zarzuela. La semana previa al referéndum del 1 de octubre de 2017, un exclusivo grupo de analistas, académicos y expertos asesoraron al Rey, según personas familiarizadas con el tema, y los debates sobre la consulta ilegal calentaban las mesas y sobremesas de Palacio. Hubo llamadas nocturnas, debates. Los Reyes estaban preocupados, había angustia y ansiedad, describen algunos, porque las informaciones daban a entender que el Rey se estaba jugando la Corona. En cambio, el catedrático en Derecho Constitucional Juan José Solozábal, de la Universidad Autónoma de Madrid asegura que el Rey, al que conoce personalmente, “estaba sereno”.

Varias escuchan el discurso del Rey Felipe VI sobre el desafío catalán, el 3 de octubre de 2017.
Varias escuchan el discurso del Rey Felipe VI sobre el desafío catalán, el 3 de octubre de 2017. Quique García (EFE)
Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
SIGUE LEYENDO

Pero ante la inacción del entonces Gobierno popular de Mariano Rajoy, según apuntan una docena de expertos —algunos de dentro de Palacio—, La Zarzuela decidió que Felipe VI debía coger las riendas y hablar a la ciudadanía. El 3 de octubre, dos días después del referéndum del 1-O, hizo una solemne alocución televisiva que obtuvo un77% de audiencia. Fueron seis minutos que iban a marcar su reinado. “El discurso fue correcto en términos globales. Pero le faltó cariño a Cataluña. Habría hecho falta tan solo una línea”, lamenta Laborda. En un jefe de Estado que cierra cada 24 de diciembre su discurso de Navidad con un “Eguberri on, bon Nadal y boas festas”, algunos echaron de menos un guiño al nacionalismo catalán. Otros, sin embargo, opinan que fue un discurso muy medido y que iba dirigido a los españoles en su conjunto, según fuentes cercanas. “Su intervención fue proporcionada, necesaria y justificada”, dice Solozábal. Emilio Lamo, como muchos otros, considera que la intervención debería haberla hecho Rajoy, no el Rey. “Felipe fue más allá del deber”, dijo el sociólogo el pasado martes en el evento Monarquía Parlamentaria y Democracia organizado por Remco, la Red para Estudio de las Monarquías Contemporáneas y la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la que forma parte.

Javier Tajadura, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco, cree que existía “cierto riesgo de que el procés triunfara”. Por eso. el discurso del Rey fue decisivo, “no para dar órdenes, sino para dar consejos y advertir. Para ejercer su autoritas”, afirma. Una autóritas que sale de la Constitución, pues Felipe VI es el primer Rey que juró la Carta Magna —la heredera Leonor la juró en 2023 al cumplir la mayoría de edad—, no como Juan Carlos, que tan solo la sancionó. Y es que, como sostiene Charles Powell, director del Real Instituto Elcano, a cada Rey le toca vivir su tiempo. “El de Juan Carlos fue el de la normalización, la proyección exterior y la democratización. El de Felipe es el de consolidar lo anterior y demostrar día a día la importancia de la continuidad de la institución”.

Decisiones dolorosas

Pero independientemente de cuestiones políticas e ideológicas, para superar esos momentos convulsos y levantar la monarquía parlamentaria del estado comatoso en la que la había dejado el rey emérito, Felipe VI se vio obligado a tomar decisiones “dolorosas”, según personas cercanas a él, como apartar a su hermana la infanta Cristina de la institución —a cuenta del Caso Nóos— y encontrar un débil equilibrio en la nueva relación con su padre —que en verano de 2020 se expatrió a Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos)—. Y es que, parafraseando a la reina Isabel II —que salió airosa de todas las crisis europeas y mundiales desde los años 40 del siglo pasado—, el principal problema de una monarquía es la familia.

“Fueron años duros. Durísimos. Uno no se lo puede ni imaginar”, sostiene un exempleado de La Zarzuela. Y es que “el caso de Juan Carlos I nos advierte del peligro de identificar la Monarquía con la figura del Rey”, dice Jaime Terceiro catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Complutense de Madrid. Y la institución se empezó a tambalear sumándose a lo anterior voces antimonárquicas, como los nacionalismos y Podemos, muy fuerte en aquellos primeros años de reinado. El movimiento 15M había estallado apenas tres años antes y en las elecciones europeas de mayo de 2014 la joven formación morada irrumpió en el Parlamento Europeo con cinco diputados. “Los políticos son los que peor se lo han puesto al Rey”, dice Canal en referencia a las constantes repeticiones electorales y las rondas de consultas ―en las que Felipe VI sufrió ciertas presiones― para formar Gobiernos con mayorías estables en el Congreso.

Así las cosas, el flamante Rey no solo tenía que montar un reinado nuevo, sino que al mismo tiempo tenía que apagar los fuegos que dejó el anterior. Y esa idea de hacer borrón y cuenta nueva que deslizó Felipe VI en su discurso de proclamación ante los representantes de todos los poderes del Estado; sus hijas Leonor —actual heredera— y la infanta Sofía; y su esposa Letizia Ortiz Rocasolano, puede resultar, sin embargo, una entelequia: “Felipe VI no puede romper con el pasado porque él está ahí por eso precisamente”, ilustra Laborda, muy cercano al entonces príncipe. En la misma línea está el historiador Powell, amigo del rey Felipe VI desde principios de los años noventa: “Él [Felipe] no puede romper con el pasado porque la Monarquía es hereditaria”, asevera al teléfono, aunque “es algo nuevo dentro de la continuidad”, matiza Powell. Felipe VI es un rey constitucional, lo ha hecho todo en democracia, coinciden los expertos, a diferencia de su padre, que fue más bien constituyente.

Pero lo que sí pudo hacer Felipe VI, con el apoyo de su esposa —que “juega un papel muy relevante” en La Zarzuela, según Canal y otras personas muy cercanas a La Zarzuela—, es darle un buen lavado de cara a la institución. “La Monarquía hay que ganársela día a día porque cuando uno se relaja, ocurre lo que le ocurrió a Juan Carlos al final de su reinado”, dice Canal.

Lavado de cara

Así que aquel 19 de junio de hace 10 años, Felipe prometió tres cosas: honestidad, integridad y transparencia. Y para continuar ocupando la Jefatura del Estado debe imperar el sentido de “ejemplaridad”, dice Laborda. Máxime cuando la sombra del rey Juan Carlos, carismático, campechano, arrollador, irrepetible y de carácter difícil —”daba la sensación de que estaba por encima de la ley”, opinan muchos que le conocen bien—, era tan alargada. En Felipe, coinciden, predomina la racionalidad. “El Rey es consciente de que es mortal y que al mismo tiempo encarna una institución con vocación de eternidad”, reflexiona Laborda.

Así que, en línea con otras casas reales europeas, Felipe VI redujo a de 16 a seis (los dos eméritos Juan Carlos y Sofía; Letizia Ortiz y él; y la princesa Leonor y la infanta Sofía) los miembros de la Casa del Rey, convirtiendo a la española en la Familia Real más pequeña de todas las del Viejo Continente, solo por delante de Noruega, que cuenta con cinco miembros.

El rey Felipe VI, durante su primer discurso ante las Cortes Generales tras su proclamación. A su lado la reina Letizia, la princesa de Asturias y la infanta Sofía.
El rey Felipe VI, durante su primer discurso ante las Cortes Generales tras su proclamación. A su lado la reina Letizia, la princesa de Asturias y la infanta Sofía. Paco Campos (Pool )

“Es una familia que está más expuesta al escrutinio que antes, y eso afecta a su privacidad, lo cual no es necesariamente malo cuando no tienes nada que esconder”, opina Powell. Por eso, en 2022 se impulsó un real decreto por el que la Casa iba a seguir unas normas de transparencia hasta ahora nunca vistas en La Zarzuela: auditorías sometidas al Tribunal de Cuentas; publicación de presupuestos y de asignación de los miembros de la Familia Real; y publicación de los regalos recibidos. Felipe VI también renunció a la herencia de Juan Carlos ante las dudas sobre su origen ilícito habida cuenta de las investigaciones judiciales ―hoy todas archivadas― que se cernían sobre el rey emérito. “Tienen un modelo de transparencia que ojalá tuvieran otras instituciones del Estado”, arguye Lamo.

Pese a lo anterior, aun quedan ciertos aspectos por renovar, como el artículo 57 de la Constitución, que prima al varón sobre la mujer en la sucesión al trono. O la Ley de la Corona, de la que tanto se habló en legislaturas pasadas, especialmente en los partidos progresistas y de izquierdas. Algunos expertos opinan, sin embargo, que no hace falta, pues la actual ley fundamental ofrece el marco necesario para regular las actividades de la Jefatura del Estado.

Horizonte tranquilo

El horizonte de Felipe VI y de la Monarquía se vislumbra tranquilo a día de hoy. El Rey, sin embargo, debe ganarse su puesto cada día porque “necesita aparecer visiblemente en una sociedad que en el fondo no es monárquica”, según Laborda. Un reciente estudio de Remco. adelantado por EL PAÍS, desvela que los jóvenes españoles, pese a considerar que un sistema republicano es moralmente superior, aceptan a Felipe VI como jefe del Estado porque aporta cierta estabilidad en medio de la polarización que experimentan otras instituciones, como los partidos políticos. El Rey está “por encima del sistema de partidos”, opinan los expertos consultados, y por ello su figura está, o debería estar, más protegida de los populismos de toda índole.

“El Rey está muy bien visto en el extranjero. Se expresa muy bien, tiene un excelente inglés y muy buen francés. Tiene mucha más sustancia que otros monarcas de su generación”, dice sin tapujos Powell, que también ha sido biógrafo de Juan Carlos I. “Tiene una sensibilidad extraordinaria para los temas complejos”, señala Laborda, que desvela que el Rey sabe que, para mantenerse, tiene que respetar dos cosas: la democracia y Europa, aunque su conocimiento “enciclopédico”, según personas que le acompañaban en sus viajes, es de América Latina, como consecuencia de las innumerables tomas de posesión de los presidentes latinoamericanos desde su época como príncipe.

La princesa de Asturias, Leonor de Borbón, saluda al público después de recibir varios homenajes en Zaragoza, en mayo de 2024.
La princesa de Asturias, Leonor de Borbón, saluda al público después de recibir varios homenajes en Zaragoza, en mayo de 2024.Javier Belver (EFE)

Varias empresas demoscópicas y compañías privadas de otros sectores suelen tomar la temperatura de la aceptación de la institución por parte de la ciudadanía. Y el resultado que arrojan en estos últimos años es bueno para Felipe VI. Pese a que el CIS no pregunta directamente por la Monarquía, si la incluye como opción a las preguntas sobre la preocupación de los ciudadanos. ¿El resultado? Solo al 0,5% de los encuestados le parece una preocupación, comparado con el 26% del paro o el 24,8% de la situación económica, según el último barómetro. “La Monarquía ha recobrado popularidad”, cree Canal. ¿La respuesta? El lanzamiento de la heredera: la princesa Leonor, coinciden los expertos.


Tu comentario se publicará con nombre y apellido
Normas
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_