La crisis de Afganistán da aire al nuevo Gobierno

Bolaños, Albares y López logran éxitos rápidos que dejan atrás la ‘era Redondo’. El precio de la luz inquieta como gran asunto social y de choque con Unidas Podemos. El PP tiene en su mano un adelanto electoral en Andalucía que podría ser duro para el PSOE

El rey Felipe VI, en el centro, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su visita al centro de recepción a refugiados afganos, en la base de Torrejón (Madrid), este sábado.
El rey Felipe VI, en el centro, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su visita al centro de recepción a refugiados afganos, en la base de Torrejón (Madrid), este sábado.Chema Clares (GTRES)

Hace poco más de un mes, Pedro Sánchez no hizo una crisis de Gobierno al uso. Formó prácticamente un nuevo Ejecutivo, con un cambio total del núcleo duro y en especial de La Moncloa, el corazón del poder. El motivo era sobre todo político. El desastre electoral de Madrid terminó de convencer al presidente de que tenía que hacer algo para frenar el desgaste de la pandemia que amenazaba con iniciar un cambio de ciclo y llevar al PP al Gobierno. Desde entonces, el nuevo Ejecutivo estaba en una especie de rodaje acelerado, formando equipos y cambiando la forma de trabajar, desde la coordinación a la comunicación e incluso la propia imagen del presidente.

La crisis afgana ha supuesto una prueba de fuego definitiva para ese nuevo núcleo duro que llega tras la salida de Iván Redondo, Carmen Calvo y José Luis Ábalos. Y la sensación generalizada en el Gobierno y el PSOE, e incluso en algunos dirigentes de otros partidos consultados, es que el éxito de la operación afgana ha terminado de apuntalar el nuevo Ejecutivo y entierra definitivamente la era Redondo, el gran protagonista de la etapa anterior como jefe de gabinete presidencial. Ahora en La Moncloa esperan que las encuestas también empiecen a mostrar que se ha frenado la caída y empieza una recuperación de las expectativas del Gobierno.

Los verdaderos protagonistas de la operación han sido los militares y los diplomáticos que estaban en Kabul jugándose la vida, como han reconocido todos los miembros del Ejecutivo. Pero desde el punto de vista político, la crisis y su solución han consolidado internamente al ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, que ha coordinado toda la operación y es la nueva pieza clave del Ejecutivo. También ha salido muy bien parada Margarita Robles, ministra de Defensa, que ya lo era en la anterior etapa, pero ha sido Bolaños quien ha llevado el peso de las decisiones y ha inaugurado una nueva etapa como relevo de Calvo en la coordinación, una de las cuestiones, con la comunicación, más criticadas internamente en la anterior etapa.

Pero también ha apuntalado a Óscar López, el nuevo jefe de Gabinete, con un perfil opuesto al de Redondo. Es un hombre de partido que prefiere el perfil bajo, pero está detrás de todos los movimientos y en especial de la búsqueda de una imagen de Sánchez más cercana, con actos por toda España en los que entra en contacto con los ciudadanos. “Óscar está buscando sacar al presidente de la cápsula de La Moncloa para romper ese desgaste de su imagen, que improvise más, que no vaya todo enlatado. Y si a cambio hay que aceptar el abucheo de unos pocos de Vox, como pasó en Extremadura, es un coste que se debe asumir. No tenía sentido ese encierro total en La Moncloa y menos ahora que se está acabando la pandemia”, explica un dirigente del PSOE.

El presidente del Gobierno saluda a unos niños en Navalmoral de la Mata (Cáceres), donde este jueves visitó un hogar de mayores.
El presidente del Gobierno saluda a unos niños en Navalmoral de la Mata (Cáceres), donde este jueves visitó un hogar de mayores. Fernando.Calvo (Pool Moncloa/EFE)

Otra persona clave del nuevo núcleo duro que sale bien parada de esta crisis es José Manuel Albares, ministro de Exteriores. Él fue alguien decisivo en el entorno de Sánchez en la primera etapa, pero salió de La Moncloa cuando no consiguió esa cartera porque el presidente eligió a Arancha González Laya. Ahora que Sánchez, un año y medio después de descartarlo, le ha nombrado jefe de la diplomacia española, Albares ha conseguido en un mes dos hitos: resolver la crisis con Marruecos, que se da por cerrada después del discurso del rey Mohamed VI, y lograr que el presidente mantuviera la ansiada conversación con el presidente estadounidense, Joe Biden, que llevaba meses persiguiendo.

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De hecho el fiasco del último intento de reunión con el presidente de EE UU, que acabó en un paseíllo en una cumbre de la OTAN ridiculizado por la oposición, tuvo un fuerte coste interno para Redondo, que fue el protagonista de esa gestión fallida. Algunos dirigentes señalan que ese fallo tuvo más importancia en la caída en desgracia de Redondo incluso que el desastre de Madrid.

El Gobierno está pues convencido de que ha arrancado el nuevo curso mucho mejor de como estaba antes del verano, y confía en que la recuperación económica cambie por completo el ambiente social y eso le permita reforzarse políticamente. Pero también hay problemas graves por delante y fallos importantes, según admiten algunos ministros. La crisis de los menores de Ceuta, con el varapalo jurídico recibido por el Gobierno, se ha visto internamente como un desastre que el principal responsable, el ministro de Interior, Fernando Grande Marlaska, trata de desviar hacia el Gobierno de Ceuta. Ahora se está preparando a un gran grupo de funcionarios para agilizar los expedientes e intentar devolver los menores uno a uno, pero será muy difícil.

Pedro Sánchez, a la izquierda, recibe en el Palacio de la Moncloa al presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, este miércoles.
Pedro Sánchez, a la izquierda, recibe en el Palacio de la Moncloa al presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, este miércoles.Juan Carlos Hidalgo (EFE)

Otro asunto con el que el Ejecutivo no logra acertar es el de la imparable subida de la luz. La discusión interna es muy intensa, y también tiene presión de sus aliados en el Congreso. Unidas Podemos, con Ione Belarra y Alberto Garzón al frente de la ofensiva, quiere hacer cambios radicales fijando el precio de la energía nuclear y limitando el de la hidroeléctrica, como hace Francia. Pero la vicepresidenta tercera, Teresa Ribera, insiste en que eso solo lo hace Francia y la UE no permitiría que España siguiera ese camino. Ribera está presionando en la UE con otros países para cambiar el modelo de fijación de precios en toda Europa, pero esa vía parece muy compleja por la oposición de la propia Comisión Europea.

La Moncloa mantiene un gran secretismo, pero admite que están estudiando todo tipo de fórmulas para evitar que esta bola se convierta en el gran drama social y político del invierno. Unidas Podemos seguirá presionando además a favor de recuperar, también al estilo francés, una gran empresa pública que pudiera empujar los precios hacia abajo. Los socialistas no ven eficaz esa solución, pero la discusión está abierta. La decisión final se acordará entre el propio Sánchez y Yolanda Díaz, máxima responsable política de Unidas Podemos. Ambos desbloquean siempre las grandes disputas. Otras que tenían, como el salario mínimo o la reforma laboral, parecen encarriladas. Y faltan los Presupuestos, que prepara ya la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, y negociará con Nacho Álvarez, secretario de Estado de Derechos Sociales y secretario de Economía de Podemos, con Díaz siempre detrás.

El debate energético es clave. En el último consejo antes del verano, el 3 de agosto, hubo una discusión intensa por la autorización a la oferta pública de adquisición (opa) del fondo australiano IFM sobre Naturgy, según varios ministros. Belarra y Garzón insistieron en que es un error dejar que los fondos internacionales sigan copando la energía española, mientras Nadia Calviño y Ribera argumentaban que este no es un fondo especulativo, sino vinculado a pensionistas australianos y dirigido por un exministro laborista y sindicalista como Greg Combet. Finalmente se autorizó la opa con condiciones.

En ese consejo, Ribera admitió que las previsiones señalan que los precios seguirían subiendo incluso hasta marzo de 2022, por lo que la presión interna y externa para tomar ya medidas drásticas es enorme, pero no hay decisión tomada aún más allá de la gran bajada de impuestos aprobada —unos 2.000 millones de euros hasta final de año que Hacienda deja de ingresar por la reducción del IVA de la luz— y la reforma enviada al Congreso para eliminar los llamados “beneficios caídos del cielo”.

Si la luz es el gran asunto que viene en la economía, el posible adelanto de las elecciones andaluzas lo es en la política. El PP tiene en su mano un golpe que si le sale bien, con un gran éxito como en Madrid, podría apuntalar la idea del cambio de ciclo político que la dirección de Pablo Casado da por hecho. En el Gobierno y el PSOE creen que Casado se precipita al pensar que ya está hecho y se le van a hacer muy largos los dos años con recuperación económica que quedan por delante. Pero sí admiten que unas andaluzas ahora serían un riesgo para el PSOE, debilitado en la comunidad en los últimos años y recién salido de un cambio de liderazgo.

Los mensajes que traslada Juan Manuel Moreno, el presidente de Andalucía, indican que no quiere adelantar porque está cómodo con Ciudadanos, al contrario de lo que le pasaba a Isabel Díaz Ayuso, y no quiere hacer experimentos arriesgados que le llevarían a depender de Vox si no logra una compleja mayoría absoluta. Pero nadie se fía del todo y el PSOE se está preparando por si hay andaluzas. La Moncloa también.

El cambio de Gobierno era eso también, un revulsivo para frenar el desgaste y enfrentar mejor las próximas elecciones, andaluzas, autonómicas, locales y finalmente generales. Pero ha sido la inesperada crisis de Afganistán la que ha abierto este nuevo ciclo y ha puesto a prueba al equipo de Sánchez. De momento, con éxito. Pero quedan muchas curvas por delante.

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