Remodelación de GobiernoAnálisis
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Un presidente sin cortafuegos

Por primera vez en mucho tiempo no hay una vicepresidencia política, cargo clave para la coordinación interna del Gobierno y parapeto para los presidentes

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, valora los cambios en el Ejecutivo durante su comparecencia en La Moncloa. PAUL WHITE / AP | Vídeo: EPV

Pedro Sánchez ha prescindido de una tacada de la número dos del Gobierno (Carmen Calvo), del número tres del PSOE (José Luis Ábalos, doblemente relevado porque también deja de ser ministro) y de su jefe de gabinete, Iván Redondo, un personaje al que rodeaba la leyenda de plenipotenciario, una especie de hacedor de estrategias en la sombra con influencia absoluta en La Moncloa pero mal considerado por el partido. Por si fuera poco también aparta a la titular de Hacienda, María Jesús Montero, como portavoz y cara visible del Ejecutivo.

Sánchez ha revestido esta revolución como una renovación generacional necesaria para afrontar la recuperación, pero, sin excesiva perspicacia, es fácil llegar a la conclusión de que si cambia al equipo de confianza más cercano que le ha acompañado estos años es porque este no funciona y es imprescindible modificar el rumbo actual, marcado demasiado a menudo por la improvisación, las tensiones internas y una osadía que, por momentos, se asoma al precipicio de la temeridad.

La gigantesca crisis de Gobierno habría sido seguramente mayor si Sánchez hubiera tenido margen para destituir a algunos de los ministros propuestos por Podemos, que, a excepción de Yolanda Díaz, ejercen su poder sobre parcelas muy limitadas y, en algún caso, con una gestión ignota, más allá de alguna polémica puntual.

El vuelco en el Gobierno y el que ya se intuye en el PSOE es una demostración de poder de Sánchez, que, en la actualidad, carece de contrapesos internos de entidad. La recuperación de Óscar López para la primera fila política como jefe de gabinete y la promoción como ministros de dirigentes que en el pasado estuvieron en bandos diferentes evidencian que el líder socialista no atisba ningún brote de disidencia tras desactivar las últimas voces críticas.

El ascenso de Nadia Calviño a la vicepresidencia primera del Gobierno es la prueba de que en materia económica es mejor no experimentar, sabedor Sánchez de que la ministra de Economía es una garantía para Bruselas a la espera de la llegada de los fondos europeos. Más llamativo resulta que por primera vez en mucho tiempo no haya una vicepresidencia política, un cargo clave para la coordinación interna del Gobierno y parapeto de los diferentes presidentes. Esta ausencia no es menor porque en los últimos meses Sánchez ha perdido como vicepresidentes a Pablo Iglesias y Carmen Calvo, que han sido dos cortafuegos que han amortiguado innumerables golpes de la oposición, una labor en la que es difícil imaginarse a Calviño. Y es doblemente llamativo porque a la vuelta del verano aguarda la mayúscula tarea de pilotar la mesa de diálogo con Cataluña. Es decir, política.

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