gestión de infraestructuras

El pueblo sin agua potable que sueña con una tubería

Lastras de Cuéllar (Segovia), con sus acuíferos contaminados por purines de granjas y abonos químicos, lleva seis años recurriendo a botellas y garrafas para beber o cocinar

María Ángeles Cabrero recoge agua potable de las fuentes del Cega a cuatro kilómetros de su pueblo, Lastras de Cuéllar.
María Ángeles Cabrero recoge agua potable de las fuentes del Cega a cuatro kilómetros de su pueblo, Lastras de Cuéllar.R.G.
Lastras de Cuéllar (Segovia) - 29 nov 2020 - 11:16 UTC

Decenas de botellas de plástico colgadas de los balcones acompañan al paseante con un tamborileo musical mecido por el frío viento en Lastras de Cuéllar (Segovia, 360 habitantes). Las viviendas, muchas de ellas ya cerradas ante el éxodo que envía a sus habitantes en núcleos más grandes y con más recursos, muestran pancartas con lemas de otro siglo. “¡Lastras potable ya!”, rezan, porque los acuíferos bajo el pueblo cuentan con unos niveles de arsénico y nitratos inadecuados para el consumo humano.

Las toxinas procedentes de purines de granjas y de abonos químicos se filtran y condenan a la población envejecida a depender de botellas subvencionadas por la Junta de Castilla y León o de las garrafas que les proporcionan sus familiares. Llevan seis años así. El objetivo del pueblo: conectar una tubería a un manantial cercano.

Hasta entonces, a agachar la espalda y cargar y cargar. Hermenegildo Cabrera luce bien sus 80 años y maneja ágilmente una carretilla con varios lotes de seis botellas de litro y medio que les sirve un camión todos los lunes por 30 céntimos cada lote (en verano el pueblo llega a consumir unas 5.000 botellas semanales). Un chaleco y una boina resguardan del frío a este agricultor jubilado a quien, para su desdicha, le han quitado su viejo tractor. Saluda a su fiel amigo Pablo Villagrán, pastor retirado, con cáustico humor castellano: “Si nos vemos es que estamos vivos”. Cabrera, que almacena en el patio leña para la lumbre y botellas vacías, solo usa el agua corriente para ducharse y fregar y asume que así es imposible taponar la gotera poblacional. La despoblación —el censo ha caído más de un 20% en estos seis años— desvela a Mercedes Rodríguez, de 41, cabecilla de una plataforma que ha conseguido llevar a la arena política el trastorno.

La mascarilla celeste de la lastreña exhibe la reivindicación del colectivo. Ella fue quien animó a sus convecinos a decorar sus paredes con las botellas y a diseñar las pancartas presentes en toda la localidad. Hasta el árbol de Navidad se forma con las miles de botellas que gastan mensualmente.

Rodríguez señala un “problema de dejadez política” que brotó cuando en 2014 unos estudios revelaron altos índices de arsénico en las aguas subterráneas. El remedio, un filtro de 50.000 euros, resultó insuficiente porque al poco detectaron niveles perjudiciales de nitratos. El límite legal es de 50 miligramos de nitratos por litro y 10 microgramos de arsénico por litro. Los de Lastra de Cuéllar oscilan según el mes. Agosto, por poco, no alcanzó esas cifras. Sí lo hizo septiembre. Por si las moscas la gente no bebe del grifo: el grupo reivindicativo ha diseñado unas etiquetas donde se lee “Agua con contaminación de origen” para llamar la atención de los políticos.

La solución se encuentra a apenas cuatro kilómetros en línea recta, alguno más en coche entre los densos pinares segovianos. Una fuente que emana del río Cega brinda sus aguas a cinco pueblos de la zona mediante unas cañerías con las que sueña Lastras. La inversión prevista exigirá medio millón de euros, inasumible para el Ayuntamiento pero que espera cubrirse con apoyo de la Junta y la Diputación. Lo acordado es que estas dos entidades se repartan el 80% del desembolso y lo demás, unos 100.000 euros, lo aporten las arcas municipales. Rodríguez confía en que las promesas de la Junta (PP-Ciudadanos) fructifiquen en 2021.

El alcalde, Andrés García (Cs) afirma que si se confirma esta división el Ayuntamiento deberá solicitar un crédito y espera que el próximo año tengan la tubería. García cree que sus convecinos a veces son “más papistas que el Papa” al evitar consumir incluso cuando los análisis reflejan que el agua, por poco, no rebasa la frontera de la insalubridad.

La principal ágora en tiempos de bares cerrados y distancia social tiene lugar ante el colmado de Fernando Martín, que vende de todo y sirve de punto de encuentro. Allí varios ancianos protestan porque pagan impuestos religiosamente pero necesitan agua embotellada para cocinar unas lentejas: “¡Estamos hasta el gorro!”.

La menuda y canosa María Ángeles Cabrero, de 68 años, ha adaptado sus rutinas a esta realidad. A veces pasea hasta el caño donde, agachada y aguantando el equilibrio, llena garrafas del chorro que escapa a borbotones de la balsa del Cega de la que ansían nutrirse. Más de algún resbalón, comenta entre risas y preocupación, ha habido. “El trabajo de la mujer del campo no se ve”, añade junto al incipiente cauce. De vuelta al centro de Lastras, Faustina Fernanz, de 79 años, combina el rosa de su batín con el de las zapatillas y el gris de sus ojos con el de su cabello. “Mis hijos me traen 20 garrafas de cinco litros cuando vienen”, apunta, protegida del viento con la cortina que cubre su puerta. Su marido, Juan Muñoz, de 80, recurre también a una carretilla para agilizar el trasvase, pero cuando él no está, la mujer —con ciática—, debe acarrear con los paquetes.

La falta de agua compromete presente y futuro: la escuela. Lastras aún goza de colegio, pero el curso que viene se irá una familia y no lograrán tener el mínimo de alumnos para mantenerlo.


Lo más visto en...

Top 50