LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Cantabria aguarda el maná turístico vasco

La zona oriental de la región, con Laredo y Castro Urdiales al frente, ansía la apertura interterritorial con Euskadi para resucitar la economía

Varios restaurantes de Laredo (Cantabria), este martes a la espera de la llegada del turismo vasco.
Varios restaurantes de Laredo (Cantabria), este martes a la espera de la llegada del turismo vasco.FERNANDO DOMINGO-ALDAMA
Laredo, Castro Urdiales - 19 jun 2020 - 06:46 UTC

La ausencia de turistas vascos ha aguado la calle de los vinos de Laredo (Cantabria, 11.000 habitantes). La lluvia fina hace resbaladizos los adoquines del Casco Viejo de esta localidad, donde el fosforito de varios carteles de “Se alquila” o “Se vende” contrasta con el gris del ambiente y de los ánimos de los hosteleros. Yolanda Alonso regenta uno de los bares que alzaron la persiana y que aguarda desangelado a que se reabra la movilidad con Euskadi el viernes. Este jueves el lehendakari Íñigo Urkullu ha firmado el decreto que pone fin al estado de alarma. Desde este viernes Euskadi y también Cantabria entran de lleno en esa nueva normalidad en la que la movilidad será un hecho.

De Euskadi procede la inmensa mayoría del negocio hostelero de estas áreas de Cantabria. El temor a un rebrote inquieta a Alonso, conocedora de que la economía de estos municipios, ahora mismo “por los suelos”, la sustentan los residentes de la comunidad vecina al acudir a sus segundas residencias o a pasar unos días. Por eso recalca la importancia de la “responsabilidad individual” en forma de prudencia por parte de los viajeros y respeto a las medidas sanitarias en el sector servicios, por mucho que los números rojos acechen.

El turismo vasco lideró los viajes a Cantabria en 2019, el 26% del total según los datos oficiales autonómicos. Pero las estimaciones del Oriente cántabro elevan la influencia a un 70% u 80%. Así se pronuncia Juan, el dueño de un restaurante junto a la playa de Laredo y donde apenas dos mujeres ocupan una de las mesas. Consumen tan solo sendas botellas de agua mientras los seis empleados del local “están de brazos cruzados”, según el propietario, mirando la lluvia caer. “Dependemos del turismo vasco”, sentencia, mientras carga contra Miguel Ángel Revilla, su presidente regional, quien reculó la semana pasada tras augurar que se facilitaría el tránsito rodado en el corredor cantábrico. Un rebrote en varios hospitales vascos provocó que se retardara la medida y el enfado en este establecimiento: aseguran que han hecho una caja diaria de 140 euros cuando cada jornada abiertos les supone pérdidas de 1.000. “No se puede dar noticias que no son seguras”, critica.

El hostelero Juan Arrate sospecha que los turistas modificarán sus rutinas por la crisis del coronavirus y tratarán de evitar grandes desplazamientos: buenos augurios para el gremio, deseoso de que aquellos viajeros que salían al extranjero se decanten por el norte. Marina Quintana, comercial en una inmobiliaria con poco cliente físico y mucho telefónico, ratifica que la demanda se encamina hacia estancias de un mes cuando lo normal eran quince días. El 85%, detalla, vendrá de Euskadi. El sentir de los laredanos mezcla la conciencia de que el municipio depende del desembolso foráneo aunque, como explica José María Gutiérrez mientras apura un vino, ayudan pero “no nos quitan el hambre”. Este fontanero confía en que las estas viviendas vacacionales requieran una puesta a punto tras meses vacías, pero sin que sus propietarios vengan con la actitud de “salvadores”.

Necesidad y trampas en Castro Urdiales

Varias terrazas casi vacías ocupan el elegante paseo marítimo de Castro Urdiales (32.000 habitantes). Pocos consumidores dan vida a estos establecimientos con vistas al puerto. El vocal de la Asociación de Hosteleros de Cantabria, Timoteo Antuñano, subraya la “necesidad” de habilitar los desplazamientos con los vecinos: “los esperamos con los brazos abiertos”. “Da respeto un rebrote, a la gente se le olvida rápido lo que ha pasado”, admite. Por ello insiste en que “se respete las medidas higiénicas”. Tampoco vaticina que los turistas, procedan de donde procedan, desembolsen aquello que no han podido durante la inexistente campaña primaveral. “La crisis de 2008 queda reciente, hay miedo a gastar”, apunta, y mucha población ha visto mermados sus ingresos a raíz de la pandemia. Lo que sí ha notado es el aumento del interés hacia las casas rurales o pisos de alquiler más que en hoteles donde pueda producirse contacto social.

La ausencia de visitantes se deja notar en las calles de Castro Urdiales, donde aún permanecen cerrados bares y restaurantes que en un junio ordinario trabajarían ya intensamente. Unos operarios montan un asador junto al puerto y con la iglesia de Santa María de fondo, un clásico en el lugar. Allí afirman sin reservas que hacen falta consumidores foráneos ante el escaso negocio que obtienen de los locales. Más recelo expresan dos mujeres, que rehúsan a dar su nombre, que pasean: han pasado allí la cuarentena y dicen que han presenciado cómo algunos vascos han quebrantado los controles en las carreteras y las normativas y se han escapado a sus segundas residencias. Los contadores de agua los han delatado, aseveran. “He visto a mi vecina varios fines de semana y en Semana Santa”, reprocha una de ellas. Muy pronto volverá a ser legal recorrer esos 10 kilómetros que separan Castro Urdiales del territorio vasco.

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