James Lovelock, el controvertido legado del creador de la hipótesis Gaia

El químico, medioambientalista y escritor británico, que falleció en julio a los 103 años, generó polémica con su teoría de que la Tierra podría ser considerada como un organismo vivo gigantesco

James Lovelock químico medioambiental, creador de la teoría de Gaia, en Madrid en 2007.
James Lovelock químico medioambiental, creador de la teoría de Gaia, en Madrid en 2007. Gorka Lejarcegi

James Lovelock (1919-2022) siempre mantuvo que Marte era un planeta muerto. Años antes de la llegada a la Luna, la NASA le escribió para ver si podía diseñar un aparato liviano que separase los componentes de la atmósfera marciana para una nave espacial. Lovelock —que se consideraba más inventor que científico a pesar de sus más de 80 artículos publicados en Nature y Science— montó en su granja en Wiltshire (Reino Unido) una jarra de cocina sellada con teflón con una barra de paladio y una válvula para simular la atmósfera marciana. Viajó a Pasadena (California) y dejó boquiabiertos a todos los ingenieros.

Cuando la sonda Viking llegó a Marte en 1976, Lovelock predijo que no valdría la pena. En Marte la atmósfera está equilibrada, y por eso es un mundo yermo de vida. Pero en la Tierra, los seres vivos mantienen las concentraciones de oxígeno y metano en la atmósfera a lo largo de miles de millones de años. “Jim se dio cuenta de que la vida interactúa con su entorno usando los fluidos —gases y líquidos— para ingerir nutrientes y expulsar desperdicios”, explica el profesor Chris Rapley, del Departamento de Ciencias de la Tierra de la University College en Londres, y amigo de Lovelock.

Poco antes, Lovelock había lanzado su hipótesis Gaia, con la colaboración de la bióloga Lynn Margulis, ahora elevada a teoría: la vida no surge cuando hay condiciones que lo permitan, como se creía. Es la propia vida la que define las condiciones materiales en la Tierra que permiten su existencia. Y quizá lo más intrigante, la vida se asegura de que continúen así. En otras palabras, la Tierra podría ser considerada como un organismo vivo gigantesco, donde lo animado modifica lo inanimado; la vida como el Gran Regulador. La comunidad científica se revolvió contra Lovelock. Prebostes de la biología, como John Maynard Smith, calificaron Gaia como “religión diabólica”. Pero Gaia obtuvo el aplauso del público.

A ello se sumó algo que el propio Lovelock descubrió en 1967. Su mejor invento, un detector de electrones ultrasensible capaz de detectar trazas de contaminantes, le permitió encontrar clorofluorocarbonos (CFC) —usados en propelentes, refrigerantes y espráis— en los vientos atlánticos que barrían la costa occidental irlandesa. Más tarde, en un viaje a la Antártida, su aparato reveló que los CFC se dispersaban por todo el globo hasta allí. Poco después se descubrió que los CFC estaban agujereando la capa de ozono. Y se prohibieron.

Lovelock pronosticó los problemas ambientales que ahora nos preocupan; en 2020 los fenómenos meteorológicos extremos y las olas de calor serían la norma; y en 2040, Europa sería poco menos que un desierto. Para evitar las emisiones, apostó por la energía nuclear. “Pensaba que los peligros de la radiación habían sido exagerados”, dice Rapley. Y el ecologismo lo abandonó.

Hasta su muerte a los 103 años el pasado julio se mostraba optimista y pesimista. “A veces concluía que los humanos somos demasiado estúpidos para controlar la tecnología que hemos creado”. Rapley recuerda: “Jim creía que Gaia no podría ser entendible en el discurso humano y en los libros. Se acordaba de lo que admitió el mismo James Clerk Maxwell ante la Royal Society británica, que se sintió incapaz de explicar las reglas de la máquina de vapor, a pesar de lo efectiva que era. Me comentó: si algo tan simple era inexplicable para uno de nuestros más grandes físicos, qué posibilidad tenemos de explicar Gaia mediante los garabatos”.

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