CARPE DIEM

El archivo del futuro

En unos años, los niños de hoy leerán que nos quitábamos la mascarilla en lugares cerrados con más gente, mientras que por la calle era obligatorio llevarla.

ANA GALVAÑ / EPS

Hay una cuenta en Twitter (es también una página web) que se llama Pessimists Archive. En ella se recopilan noticias reales de periódicos de la primera mitad del siglo XX en las que se puede leer miedo o desconfianza ante cosas que entonces eran nuevas y hoy son antiguas. O lo que es lo mismo: la historia de por qué nos resistimos a las novedades.

Por ejemplo, la cuenta tuiteaba un artículo de opinión de aquel entonces en el que el autor se queja de que los niños “de hoy en día” se pasan la vida leyendo libros, que ya no juegan en las calles o en el campo como antes, y advierte de los peligros de los libros. Un texto, sin duda, antepasado de las alarmas que saltaban con los videojuegos. Otra noticia que tuiteó la cuenta era un artículo en el que se explicaban los peligros de los ascensores y se desaconsejaba su uso. También se pueden leer reportajes avisando de las consecuencias para la salud que entrañaba bailar demasiado, especialmente para las mujeres.

Yo estos días —estos meses— me imagino una cuenta similar del futuro recopilando el archivo actual. Nuestros niños de hoy, ya adultos, podrán comprobar en ella cómo vivíamos, cómo actuábamos y qué temíamos. Incidirán, seguro, en esta época de pandemia para enterarse de cómo la percibíamos y cómo la manejábamos. Leerán, por ejemplo, que todos —con buen criterio— usábamos mascarilla para evitar la propagación del virus (en 2021 aún no se había inventado el purificador de aire bucal que, seguro, alguien ideará algún día) y podrán comprobar que siempre la llevábamos puesta. Excepto en algunos supuestos.

Por ejemplo, gracias a la cuenta-archivo podrán saber que nos quitábamos la mascarilla cuando entrábamos en lugares cerrados con más gente. Por la calle, por una amplia y solitaria avenida, era obligatorio llevarla. Pero en cuanto entrábamos en un bar o restaurante con más personas, nos la quitábamos como quien se quita una bufanda, resoplando y con gesto de “por fin”. Verán también noticias de agentes de las fuerzas policiales deteniendo a una mujer que paseaba sola por los Picos de Europa, sin nadie a kilómetros a la redonda, y que no llevaba mascarilla. Para tal hazaña, los agentes han utilizado un dron, podrán leer.

Otro supuesto que nos eximía de usar la mascarilla, leerán, era el de fumar. Si vas por la calle en silencio, tienes que llevarla puesta, pero, si decides empezar a soplar y además soplar un humo cancerígeno, entonces sí podías quitártela. Faltaba más. En este supuesto espero que quede recopilado un tuit que leí hace unos meses en el que una tuitera, a este respecto de fumar por la calle sin mascarilla, decía: “¿Y entonces cómo hacemos?”. Una pregunta que define una época.

Verán en el futuro que otro supuesto que existía era el de hablar. Especialmente gritar. En silencio la gente llevaba la mascarilla, pero, si te acercabas a hablar a alguien y, por estar en un sitio cerrado, no te escuchaba bien, entonces te la bajabas y te pegabas a su oído. Se daban casos, incluso, de gente que se bajaba la mascarilla para escuchar mejor. De forma que, en el instante en que dos personas acercaban sus bocas y empezaban a hablar, ninguno tenía puesta su mascarilla.

Confío en que el archivo permita a nuestras siguientes generaciones recuperar noticias de manifestaciones y mítines con el virus ya descontrolado (mención especial a la manifestación que se convocó en Nicaragua contra el coronavirus: no contra las medidas o la gestión, sino contra el virus en sí), y declaraciones de responsables políticos y líderes de opinión burlándose del uso de la mascarilla al principio de la pandemia. Por ahí estará también la noticia de cuando el alcalde de Sevilla, con la pandemia entrando en Europa, dijo que “tendría que venir el presidente de la OMS para que se cancele la Feria”.

El archivo, espero, hará una sección de bulos y rumores que corrían por una aplicación de mensajería llamada WhatsApp. Casi todos creían y compartían toda clase de audios de supuestos médicos o comunicados de supuestas instituciones. Esto último, todo lo relacionado con la rumorología y las fake news, creo que es lo que más va a llamar la atención. De la misma forma que hoy nos asombra ver cómo los rumores siglos atrás acababan en linchamientos y hogueras, las siguientes generaciones no podrán evitar alucinar cuando revisen cómo la gente compartía cualquier información, por descabellada que fuera, que llegaba a sus dispositivos móviles, entonces llamados teléfonos.

Mención aparte, y con una visión más profunda, merecerá el análisis de la actuación política: cómo los dirigentes de aquella época, en su mayoría, estaban más preocupados por los votos que por los muertos. Cómo se llevaban a cabo crueles cálculos políticos donde se estimaba si restaba más votos un muerto o un hostelero enfadado. Creo que ahí, en esta última parte, no se reirán. O sí.

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