Con el agua hasta las rodillas por Granada: dos caminatas muy frescas en la comarca del Valle de Lecrín

En marcha por la Ruta de los Bolos y el Barranco de Luna, que se pueden recorrer gracias a sus ríos y torrentes incluso en los días de calor

Uno de los tramos de la caminata por el Barranco de Luna, en la localidad granadina Saleres.
Uno de los tramos de la caminata por el Barranco de Luna, en la localidad granadina Saleres.VICTOR OVIES ARENAS (Getty Images)

La nieve del invierno de Sierra Nevada, Granada, es el agua fresca del verano en los ríos y torrentes que nacen en ella y fluyen pendiente abajo. Y cuando esos tramos de agua se pueden recorrer a pie, uno se encuentra en el centro de la sensación perfecta: la belleza del entorno natural junto al frescor del líquido elemento que sube de los pies hacia arriba. Caminar con el agua hasta las rodillas en plena época de calor es un placer sin precio y la Ruta de los Bolos, en la localidad de Dúrcal, es el epítome de ello. En este sendero de agua uno camina por el río Dúrcal y por una acequia renovada que sigue el viejo trazado árabe. Una segunda caminata, la del Barranco de Luna, en Saleres, nos moja los pies igualmente, pero ofrece una belleza distinta: la de unas formaciones geológicas bellísimas.

Dos excursiones en la provincia andaluza en las que disfrutar de la naturaleza escapando de las altas temperaturas.

Ruta de los Bolos (Dúrcal)

Dúrcal, capital oficiosa de la comarca del Valle de Lecrín, al sur de las Alpujarras, se sitúa a la orilla de la autovía de la Costa Tropical, la A-44, en la frontera sur de Sierra Nevada. La localidad acoge tres hitos de este entorno natural: los Tajos Altos, el Tozal del Cartujo y el Cerro del Caballo. Es en un circo glaciar al pie de los Tajos Altos y el Tozal del Cartujo donde nace el río del mismo nombre, actor principal de esta caminata que, según el tramo elegido, puede ocuparnos, en ida y vuelta, desde una hora y media larga si solo recorremos hasta la zona de la catarata o hasta cuatro horas si se emprende, con tranquilidad, todo el trayecto.

En realidad, la tranquilidad es el elemento fundamental en esta travesía. Primero, porque un entorno tan precioso como este es lo que requiere y, segundo, porque el camino es muy seguro pero solo bajo la condición de ir despacio, estar atento, mirar por donde se pisa y tener un mínimo de agilidad y equilibrio —es imprescindible llevar un calzado con buen agarre que se pueda mojar—. Con esa premisa, es un camino magnífico y divertido para niños y adultos. Y, por otro lado, susceptible de darlo por terminado cuando uno quiera.

Una cascada en un tramo de la Ruta de los Bolos, en Dúrcal (Granada).
Una cascada en un tramo de la Ruta de los Bolos, en Dúrcal (Granada).Javier Arroyo

El mejor inicio para la Ruta de los Bolos es el IES Valle de Lecrín. Allí, básicamente, se aparca donde se pueda porque no hay un aparcamiento como tal. Se puede comenzar bajando hasta el río o por el carril que parte del instituto, la elección realizada en esta ocasión. Esta es la parte de más sol y menos sombra que recorremos en poco más de 15 minutos. El insulso carril ofrece pasados unos minutos una magnífica vista del valle. Poco más de un kilómetro después, se llega a la acequia.

En la acequia, que requiere de cierta habilidad para entrar en ella, comienza el camino de agua. El recorrido por la acequia es de algo menos de 1.000 metros y transcurre por el mismo sitio que la original árabe, llamada Mahina o Márgena. A ratos uno puede elegir si meterse hasta las rodillas en el cauce o ir por el borde, en seco. En ocasiones, por cierto, no hay elección y habrá que mojarse. Es una parte bonita del camino que nos adentrará, incluso, en un pequeño túnel por el que transcurre la acequia. Ahí la oscuridad es total y hay que recurrir a la linterna del móvil.

Al abandonar la acequia, tras descender unas escaleras, nos adentramos en un pequeño tramo del río que —ahí falta alguna señalización— hay que abandonar inmediatamente para ir a la izquierda. Unas decenas de metros más allá, se da de frente con una magnífica caída de agua que pueden llegar a ser tres. En los meses de junio y julio, principalmente, está magnífica. Tras la catarata, merece la pena remontar el río Dúrcal caminando entre piedras y agua fresca. Un paseo estupendo que pide la única precaución de mirar por donde uno pisa para no torcerse el tobillo.

La naturaleza marca el final de la excursión con unas grandes piedras que cierran definitivamente el paso. El regalo es que forman una poza de agua helada que invita a bañarse más allá de las rodillas. Después, vuelta y disfrutar de nuevo del paseo.

Ruta Barranco de Luna (Saleres)

Unos 12 kilómetros al sur de Dúrcal, en la pequeña localidad de Saleres, también en el Valle de Lecrín, está el Barranco de Luna, que ofrece un recorrido corto, de poco más de una hora. Agua y geología son los valores de este paseo que obliga a una cierta destreza porque la parte acuática —algo más de 400 metros— tiene algunos escalones que piden soltura y porque el caminante está expuesto a algún escurridón aquí y allá.

El punto de partida es el aparcamiento del cementerio de la localidad granadina. Habrá que caminar unos 200 metros hacia arriba antes de comenzar el carril, que transcurre a lo largo de algo más de un kilómetro entre almendros y cítricos. Al transitarlo, si uno está atento, veremos algún adelanto de las formaciones que luego caminaremos, una formación kárstica que tiene su origen en el antiguo Mar de Thetys (que ocupaba una región similar al Mediterráneo actual). También contemplaremos, al fondo, unas vistas espléndidas del Valle de Lecrín.

Vista general del pueblo Restabal, en Valle de Lecrín (Granada).
Vista general del pueblo Restabal, en Valle de Lecrín (Granada). FERMIN RODRÍGUEZ

Llegado el momento se debe abandonar el carril para adentrarse en el camino que llevará al barranco que buscamos, llamado oficialmente sendero SL-A 287. Son 430 metros de bajada por un cañón que ha requerido millones de años para formarse, con unas paredes extremadamente verticales de sorprendentes formas y de colores amarillentos y rojizos que apenas dejan entrar la luz. Como en el río Dúrcal, el cañón hay que transitarlo sin prisas. Así, caminando, con pequeños saltos y bajando algún que otro peñasco, dejándose escurrir, pasearemos por un espacio que en tiempos fue mar y que ahora está a media hora del Mediterráneo. Tras el cañón, otro kilómetro más o menos de camino entre frutales devuelve al punto de partida y, con ello, a la realidad.

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