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Ser madre soltera y confinada en Brasil

Ser madre soltera y confinada en Brasil

12 fotos

Un proyecto colectivo de siete fotógrafas registra la vida cotidiana de 12 mujeres que cuidan solas a sus hijos en diferentes regiones brasileñas, mostrando cómo han hecho frente a los desafíos durante la pandemia en su día a día

  • Natália Cardoso, 20, con su hija Pietra, de cinco meses, en Osasco, la periferia de São Paulo, durante los primeros meses de la covid-19 en Brasil. Después de su permiso por maternidad, Cardoso planeaba trabajar y dividir el cuidado de su hija con su madre, pero cuando sus jefes cambiaron sus horarios de trabajo, tuvo que pedir su dimisión para cuidarla. Por problemas burocráticos, no tuvo acceso a la renta mínima de emergencia del Gobierno para desempleados y autónomos durante la pandemia y hubo de buscar otro trabajo temporal. La participación de mujeres en la mano de obra ha caído desde marzo de 2020 hasta un 46%, el nivel más bajo en 30 años. Esto ha profundizado las desigualdades de género y raciales ya presentes en el país.
    1Natália Cardoso, 20, con su hija Pietra, de cinco meses, en Osasco, la periferia de São Paulo, durante los primeros meses de la covid-19 en Brasil. Después de su permiso por maternidad, Cardoso planeaba trabajar y dividir el cuidado de su hija con su madre, pero cuando sus jefes cambiaron sus horarios de trabajo, tuvo que pedir su dimisión para cuidarla. Por problemas burocráticos, no tuvo acceso a la renta mínima de emergencia del Gobierno para desempleados y autónomos durante la pandemia y hubo de buscar otro trabajo temporal. La participación de mujeres en la mano de obra ha caído desde marzo de 2020 hasta un 46%, el nivel más bajo en 30 años. Esto ha profundizado las desigualdades de género y raciales ya presentes en el país.
  • Luisa Brandão, 27, participa en una reunión virtual mientras que su hijo Aruan, de cinco años, ve dibujos animados en la computadora en su casa en la zona rural de Botucatu, en el interior de São Paulo, donde los dos viven juntos. El acuerdo entre ellos es que el niño puede ver dibujos animados solo una vez por semana, para que Aruan se quede lo mínimo posible frente las pantallas. "Yo creo que la primera infancia debe ser vivida en el mundo real y no en el virtual, pero cuando estamos en teletrabajando y no hay nadie además de tú y un niño en la casa, muchas veces los dibujos animados son importantes para que yo pueda concentrarme en el trabajo o asistir a una reunión".
    2Luisa Brandão, 27, participa en una reunión virtual mientras que su hijo Aruan, de cinco años, ve dibujos animados en la computadora en su casa en la zona rural de Botucatu, en el interior de São Paulo, donde los dos viven juntos. El acuerdo entre ellos es que el niño puede ver dibujos animados solo una vez por semana, para que Aruan se quede lo mínimo posible frente las pantallas. "Yo creo que la primera infancia debe ser vivida en el mundo real y no en el virtual, pero cuando estamos en teletrabajando y no hay nadie además de tú y un niño en la casa, muchas veces los dibujos animados son importantes para que yo pueda concentrarme en el trabajo o asistir a una reunión".
  • Marilucia Marcilina Batista, de 37 años, y su hijo menor, José, de ocho, se preparan para ir de su aldea hasta la casa de harina en el medio del bosque de la Tierra Indígena Andirá Marau, en el estado de Amazonas, Brasil, donde trabajará durante una semana. Con las escuelas cerradas, sus hijos le empezaron a ayudar más en la actividad de cultivo que les sostiene. Durante la pandemia ella no pudo viajar de la aldea a la ciudad para vender sus productos ni para recoger los recursos de los beneficios sociales que recibe del Gobierno y que usa para comprar los alimentos básicos para su familia.
    3Marilucia Marcilina Batista, de 37 años, y su hijo menor, José, de ocho, se preparan para ir de su aldea hasta la casa de harina en el medio del bosque de la Tierra Indígena Andirá Marau, en el estado de Amazonas, Brasil, donde trabajará durante una semana. Con las escuelas cerradas, sus hijos le empezaron a ayudar más en la actividad de cultivo que les sostiene. Durante la pandemia ella no pudo viajar de la aldea a la ciudad para vender sus productos ni para recoger los recursos de los beneficios sociales que recibe del Gobierno y que usa para comprar los alimentos básicos para su familia.
  • Verônica da Costa, de 31 años, es educadora y artista independiente. En la imagen compra hierbas medicinales con su hijo Théo, de seis años, en una feria en Río de Janeiro, donde viven juntos. Con la llegada de la pandemia, Da Costa se quedó sin empleo y se enfocó en ampliar su negocio de productos naturales que ella misma hace en su casa. Así, se ha juntado con otras mujeres artistas que también son trabajadoras autónomas y madres solteras para que sus hijos puedan jugar y para apoyarse entre ellas.
    4Verônica da Costa, de 31 años, es educadora y artista independiente. En la imagen compra hierbas medicinales con su hijo Théo, de seis años, en una feria en Río de Janeiro, donde viven juntos. Con la llegada de la pandemia, Da Costa se quedó sin empleo y se enfocó en ampliar su negocio de productos naturales que ella misma hace en su casa. Así, se ha juntado con otras mujeres artistas que también son trabajadoras autónomas y madres solteras para que sus hijos puedan jugar y para apoyarse entre ellas.
  • Carlla Bianca Souza, de 21 años, amamanta a su hija Ísis, de tres, en su casa, en São Luis, Maranhão, Brasil. Estudiante de Derecho, Souza vive con su familia, sus padres y dos hermanas. Con la llegada del nuevo coronavirus y la clausura de escuelas y guarderías, la joven empezó a dividir su tiempo entre estudiar, cuidar de su familia y trabajar en la tienda de ropa 'online' que administra. "Durante la pandemia me preocupé, tuve crisis de ansiedad y de depresión, porque te sientes muy presionada, muy exhausta y aún tienes que hacer tus cosas (...) Me sentí muy sofocada", reconoce.
    5Carlla Bianca Souza, de 21 años, amamanta a su hija Ísis, de tres, en su casa, en São Luis, Maranhão, Brasil. Estudiante de Derecho, Souza vive con su familia, sus padres y dos hermanas. Con la llegada del nuevo coronavirus y la clausura de escuelas y guarderías, la joven empezó a dividir su tiempo entre estudiar, cuidar de su familia y trabajar en la tienda de ropa 'online' que administra. "Durante la pandemia me preocupé, tuve crisis de ansiedad y de depresión, porque te sientes muy presionada, muy exhausta y aún tienes que hacer tus cosas (...) Me sentí muy sofocada", reconoce.
  • Céu, de cuatro años e hija de Sofía Benjamín, de 30, juega con su tableta electrónica en casa, en Río de Janeiro. Benjamín y Céu estuvieron en aislamiento estricto durante ocho meses para mantener la seguridad de la madre de Sofía, que forma parte del grupo de riesgo y es su única red de apoyo. Diseñadora de vestuario y artista independiente, para Benjamín, uno de los principales desafíos durante la pandemia con la clausura de escuelas y guarderías ha sido depender exclusivamente de la abuela materna para que cuidara a Céu y que ella pudiera trabajar desde casa. También han hecho mella la sobrecarga física y emocional generada como resultado. Cuando la ciudad siguió adelante con la flexibilización de la cuarentena, tuvieron que mantenerse aisladas para proteger a su única red de apoyo.
    6Céu, de cuatro años e hija de Sofía Benjamín, de 30, juega con su tableta electrónica en casa, en Río de Janeiro. Benjamín y Céu estuvieron en aislamiento estricto durante ocho meses para mantener la seguridad de la madre de Sofía, que forma parte del grupo de riesgo y es su única red de apoyo. Diseñadora de vestuario y artista independiente, para Benjamín, uno de los principales desafíos durante la pandemia con la clausura de escuelas y guarderías ha sido depender exclusivamente de la abuela materna para que cuidara a Céu y que ella pudiera trabajar desde casa. También han hecho mella la sobrecarga física y emocional generada como resultado. Cuando la ciudad siguió adelante con la flexibilización de la cuarentena, tuvieron que mantenerse aisladas para proteger a su única red de apoyo.
  • Rafaela Machado, de 29 años, habla con su hijo por videollamada en frente de su casa en la comunidad Cantagalo, en Río de Janeiro. Machado está separada y tiene cuatro hijos, y ha dependido del apoyo de las abuelas de sus niños, con quienes los tuvo que dejar durante los primeros cinco meses de la pandemia mientras que ella seguía trabajando fuera de casa, ayudando a su comunidad a enfrentar la crisis. Durante ese tiempo y hasta que pudieron volver a reunirse, Machado mantuvo contacto con sus hijos gracias a las frecuentes videollamadas.
    7Rafaela Machado, de 29 años, habla con su hijo por videollamada en frente de su casa en la comunidad Cantagalo, en Río de Janeiro. Machado está separada y tiene cuatro hijos, y ha dependido del apoyo de las abuelas de sus niños, con quienes los tuvo que dejar durante los primeros cinco meses de la pandemia mientras que ella seguía trabajando fuera de casa, ayudando a su comunidad a enfrentar la crisis. Durante ese tiempo y hasta que pudieron volver a reunirse, Machado mantuvo contacto con sus hijos gracias a las frecuentes videollamadas.
  • Luísa Molina, de 31 años, con su hijo Luca, de seis, aprovechando un día de descanso en un arroyo cerca de Brasília, donde vive con el niño y su madre, que también es soltera. Durante los meses de pandemia y cuarentena en casa, Molina se concentró en escribir su tesis de doctorado y dedicarse a su trabajo como activista de la causa indígena mientras cuidaba de Luca con la ayuda de su progenitora.
    8Luísa Molina, de 31 años, con su hijo Luca, de seis, aprovechando un día de descanso en un arroyo cerca de Brasília, donde vive con el niño y su madre, que también es soltera. Durante los meses de pandemia y cuarentena en casa, Molina se concentró en escribir su tesis de doctorado y dedicarse a su trabajo como activista de la causa indígena mientras cuidaba de Luca con la ayuda de su progenitora.
  • Bárbara, de 14 años, y su madre, Stella Prado, de 28, durante la cuarentena en su casa en Curitiba, una ciudad en el sur de Brasil. Bárbara vive con sus abuelos en el interior de São Paulo desde que su madre se mudó para estudiar y trabajar hace cinco años. Stella Prado la tuvo muy joven, con 14, la misma edad que tiene su hija hoy. El padre de Bárbara está ausente desde hace mucho tiempo y la familia de Prado es la única que apoya el crecimiento e independencia de las dos.
    9Bárbara, de 14 años, y su madre, Stella Prado, de 28, durante la cuarentena en su casa en Curitiba, una ciudad en el sur de Brasil. Bárbara vive con sus abuelos en el interior de São Paulo desde que su madre se mudó para estudiar y trabajar hace cinco años. Stella Prado la tuvo muy joven, con 14, la misma edad que tiene su hija hoy. El padre de Bárbara está ausente desde hace mucho tiempo y la familia de Prado es la única que apoya el crecimiento e independencia de las dos.
  • María Francisca trabaja en su chacra (tierra) frente a su casa en el asentamiento Nova Canaã, en Brazilandia, Distrito Federal, donde vive con dos de sus cuatro hijos. Con la llegada de la pandemia, perdió sus fuentes principales de ingreso como trabajadora doméstica y agricultora. Ella tampoco pudo acceder a la renta mínima de emergencia del Gobierno, así que decidió volcar sus esfuerzos en la producción agrícola para la subsistencia de su familia durante estos duros meses.
    10María Francisca trabaja en su chacra (tierra) frente a su casa en el asentamiento Nova Canaã, en Brazilandia, Distrito Federal, donde vive con dos de sus cuatro hijos. Con la llegada de la pandemia, perdió sus fuentes principales de ingreso como trabajadora doméstica y agricultora. Ella tampoco pudo acceder a la renta mínima de emergencia del Gobierno, así que decidió volcar sus esfuerzos en la producción agrícola para la subsistencia de su familia durante estos duros meses.
  • Isis Abena, de 35 años, y su hija Ainá, de dos, en el patio con sus vecinos en Salvador, Bahía. Durante los primeros meses de pandemia vivían en un departamento, pero con el confinamiento, el pequeño espacio empezó a afectar el humor de Ainá y la productividad de la madre. Las dos se mudaron a una casa de villa, donde la niña tiene más espacio, libertad, amigos y contacto con la naturaleza y donde Abena cuenta con una red de apoyo gracias a las otras familias que ahí viven. Entre todos se ayudan para cuidar a los niños.
    11Isis Abena, de 35 años, y su hija Ainá, de dos, en el patio con sus vecinos en Salvador, Bahía. Durante los primeros meses de pandemia vivían en un departamento, pero con el confinamiento, el pequeño espacio empezó a afectar el humor de Ainá y la productividad de la madre. Las dos se mudaron a una casa de villa, donde la niña tiene más espacio, libertad, amigos y contacto con la naturaleza y donde Abena cuenta con una red de apoyo gracias a las otras familias que ahí viven. Entre todos se ayudan para cuidar a los niños.
  • Stephanie Borges, de 23 años, y su hijo Lucca, de tres, juegan juntos en el río cerca de su casa, en Arembepe, Bahía. Borges cruza el mismo río a pie todos los días de madrugada hasta su trabajo, en una carnicería al otro lado del caudal. En sus días de descanso, bañarse con su hijo en el agua es el momento que tienen para estar juntos y recargar las energías para seguir más ligeros con su día a día.
    12Stephanie Borges, de 23 años, y su hijo Lucca, de tres, juegan juntos en el río cerca de su casa, en Arembepe, Bahía. Borges cruza el mismo río a pie todos los días de madrugada hasta su trabajo, en una carnicería al otro lado del caudal. En sus días de descanso, bañarse con su hijo en el agua es el momento que tienen para estar juntos y recargar las energías para seguir más ligeros con su día a día.