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¿CRISIS? ¿QUÉ CRISIS?

¿Y si esto es el fin de la supremacía de Estados Unidos en el mundo?

Salió de la II Guerra Mundial convertido en superpotencia y tras la caída del Muro de Berlín se hizo imperio hegemónico. Hoy, EE UU se tambalea, incapaz de dar respuesta a los desafíos externos y a los desajustes internos

Donald Trump, descendiendo del avión presidencial visiblemente agotado, tras dar su primer mitin de su campaña de reelección en Tulsa Oklahoma, el 21 de junio.
Donald Trump, descendiendo del avión presidencial visiblemente agotado, tras dar su primer mitin de su campaña de reelección en Tulsa Oklahoma, el 21 de junio. Getty Images

“¿Es así como va a acabar el siglo de hegemonía estadounidense?,” se preguntaba Tom Engelhardt el pasado 19 de junio, “¿con una pandemia devastadora, guerras interminables y un liderazgo irresponsable y ridículo en un planeta que agoniza?”. El intelectual neoyorquino, un pesimista con fundamento, ha sido uno de los últimos en unirse al coro de voces apocalípticas que pregonan un inminente desplome de Estados Unidos, ese gigante con pies de barro que “ha abdicado de su vocación de líder mundial y se muestra incapaz de preservar la salud y la seguridad de sus ciudadanos”. También el analista económico Lex Sokolin apuntaba hace unos días a “una brusca aceleración” de un declive largamente anunciado y que parece irreversible desde mediados de la década de 1990. El otoño imperial de la Unión llevará, según Sokolin, a un nuevo escenario de “liderazgos difusos y en equilibrio precario en un mundo menos racional, menos predecible y menos seguro”.

El politólogo James Zogby describe la América “desnortada” de Donald Trump como “una locomotora a punto de descarrilar”, un gigante dormido que acumula fracasos “contra la covid-19, contra la desigualdad y las tensiones raciales y contra competidores cada vez más poderosos y más decididos a asumir el relevo”. Incluso el académico Walter Russell Mead, un hombre de opiniones sensatas y ponderadas, acaba de escribir en The Wall Street Journal que Estados Unidos “debe realizar un esfuerzo inmediato para recuperar la iniciativa global” si no quiere que “sus contradicciones internas y su falta de dirección estratégica” le conduzcan al desastre.

Estos días, parte de la prensa estadounidense se tiñe de melancolía crepuscular y cita con insistencia obras como Coloso: Auge y decadencia del imperio americano (2016), de Niall Ferguson, o La decadencia del imperio. Estados Unidos en un mundo caótico (2005), de Immanuel Wallerstein. De sus páginas rescata el anuncio de una debacle que ya parecía poco menos que inevitable por entonces y se estaría produciendo ahora, en este último semestre de la legislatura de Trump.

La deficiente gestión de la crisis sanitaria generada por la pandemia, el descontento y la enérgica respuesta ciudadana causados por los últimos casos de racismo sistémico y brutalidad policial, los continuos incidentes diplomáticos con rivales y aliados históricos o la retirada de instituciones globales como la Organización Mundial de la Salud se interpretan ahora como señales de descomposición que podrían conducir a un colapso inminente.

Disturbios en Los Ángeles durante las protestas recientes por el homicidio de George Floyd.
Disturbios en Los Ángeles durante las protestas recientes por el homicidio de George Floyd. Getty Images

Sin embargo, para uno de los analistas consultados en la elaboración de este reportaje, Marc Bassets, autor del ensayo Otoño americano y corresponsal de EL PAÍS en Washington hasta 2017, la lectura de lo que está ocurriendo no resulta tan sencilla: “Estados Unidos pasa por una coyuntura francamente difícil, acentuada además por un liderazgo errático, y eso puede haberse traducido en una pérdida de impulso y de capacidad para ejercer su liderazgo global, pero me parece excesivo hablar de una decadencia profunda e irreversible”.

En opinión de Bassets, “hablamos de una nación que conserva intactas gran parte de las cualidades que la hicieron grande”, como “su carácter de sociedad abierta, creativa y dinámica, que ofrece buenas oportunidades a sus ciudadanos”. Incluso en su peor momento, “Estados Unidos es un lugar del que nadie quiere irse, ni siquiera las víctimas de la pobreza, la discriminación y el racismo institucional. Casi nadie emigra. Es más, siguen recibiendo inmigración masiva. El descontento se manifiesta en movilizaciones para construir una sociedad mejor, no en el deseo de abandonarla y buscar una vida diferente en otro sitio”.

Además, tal vez ya no sea la “hiperpotencia”, sola en la cúspide, de que hablaba el exministro francés Hubert Védrine, pero sí que sigue siendo “la primera potencia mundial de largo, líder muy destacada en gasto militar, tecnología y capacidad de intervención e influencia global”. Liderazgos alternativos como China “inquietan por su enorme potencial y su capacidad disruptiva, pero aún no están en condiciones de asumir el relevo, y es de prever que no lo estarán en los próximos años”. Como buen periodista, Bassets insiste en que “nuestro negocio no es predecir el futuro”, aunque sí apunta a que una victoria de Joe Biden en las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre “podría suavizar esa supuesta decadencia de la que tanto se habla, al sustituir a los ideólogos extremistas e incompetentes de que se ha rodeado Trump por un equipo de gestión más racional y tecnocrático”.

Isidro Sepúlveda, profesor de Historia Contemporánea en la UNED, precisa que “Estados Unidos alcanzó su cénit como superpotencia al final de la Segunda Guerra Mundial, un momento en que tenía tropas desplegadas por los cinco continentes, de Tokio a Berlín, y todos sus competidores se habían visto reducidos a una situación de extrema debilidad por el esfuerzo bélico”.

"La estrategia de soledad en la cumbre de Trump se ha llevado por delante ese liderazgo moral que constituía la principal característica de Estados Unidos de cara al mundo", asegura Montserrat Huguet

Un segundo cénit se produjo “en 1989, al final de la Guerra Fría”, y a partir de ahí se vienen sucediendo señales de “decadencia relativa” que se manifiestan sobre todo en “una cierta abdicación de sus responsabilidades como gendarme mundial y líder del mundo libre”.

Ya con Obama, en un contexto de crisis económica y enorme polarización ideológica, se produjeron “importantes recortes del gasto militar heredado de Georges W. Bush”, y eso fue interpretado como una “renuncia” al proyecto imperial estadounidense y una apuesta por tener “menor presencia en el mundo”.

Sin embargo, Sepúlveda considera que lo que resulta atípico en la historia de Estados Unidos es, precisamente, “el intervencionismo desaforado de Bush”, ese proyecto de transformación radical del mapa geopolítico que es “lo más cerca que Estados Unidos estuvo nunca de comportarse no ya como una especie de líder democrático o de árbitro del mundo, sino como un imperio”. Ese proyecto, como el del imperio romano, “fracasó en la antigua Mesopotamia” y Estados Unidos “gestiona ese fracaso desde entonces”.

Para el historiador José Antonio Montero, coautor del libro Los Estados Unidos y el mundo: la metamorfosis del poder americano (1890-1952), el de la nación estadounidense es “un imperialismo reticente, porque su opinión pública nunca ha apoyado del todo el proyecto imperial de sus élites”. Como máximo, “se ha mostrado dispuesta a tolerarlo cuando se ha convencido de la gravedad de amenazas exteriores como el comunismo o el integrismo islámico, pero los estadounidenses prefieren políticas centradas en la gestión de sus asuntos internos y rechazan, en general, el uso desproporcionado de la fuerza”.

La multitudinaria Marcha por el Trabajo y la Igualdad convocada por Martin Luther King en Washington el 28 de agosto de 1963. La injusticia racial viene de lejos.
La multitudinaria Marcha por el Trabajo y la Igualdad convocada por Martin Luther King en Washington el 28 de agosto de 1963. La injusticia racial viene de lejos. Getty Images

Montero describe Estados Unidos como “un país muy joven, con solo 250 años de historia, de los que solo los 70 últimos han sido volcados hacia el exterior”. Asuntos internos que se están manifestando estos días, “como las profundas desigualdades, la discriminación socioeconómica de las minorías o la falta de un estado del bienestar robusto como el que se sí tienen las naciones europeas” se deben, según Montero, a que “en momentos decisivos, de la presidencia de Harry Truman a la de Barack Obama pasando por las de Lyndon B. Johnson, Richard Nixon o Ronald Reagan, el país se ha visto obligado a aparcar esa agenda de reformas en profundidad para centrarse en exigencias de la política exterior como un gasto militar desorbitado”.

Para Montserrat Huguet, profesora de Historia Contemporánea de la Universidad Carlos III, lo que sufre Estados Unidos es, sobre todo, una profunda crisis de liderazgo: “El proyecto de Trump de renunciar al papel de superpotencia garante de un orden internacional de signo liberal y sustituirla por una estrategia de soledad en la cumbre se ha llevado por delante ese liderazgo moral que constituía la principal característica de Estados Unidos de cara al mundo”. El giro aislacionista ha convertido al que un día fue líder del mundo libre en un poder antipático, que “pierde socios y afectos: basta con ver lo que está pasando con Europa”.

Con Trump, al que gran parte de la opinión pública internacional considera un líder “tramposo, inmoral, inculto, histriónico e irracional”, la capacidad de seducción y persuasión de Estados Unidos “está en horas bajas y puede quebrarse”. Pese a todo, en opinión de la analista, no hay que caer en el error de “identificar a una sociedad tan compleja como la estadounidense con su actual líder”, ni ceñirse a modelos de análisis “simplistas y pocos rigurosos” como los que apuntan a que “los imperios duran 100 años y Estados Unidos está a punto de cumplirlos”. Un repaso a la trayectoria de imperios históricos como los de “España, Portugal, Países Bajos, Francia o Gran Bretaña” desmiente por completo esta presunción.

Huguet coincide con Montero en que Estados Unidos asumió una responsabilidad global sin tener una decidida vocación de convertirse en un “imperio”: “Desde el final de la Guerra Fría, ha buscado una especie de cuadratura del círculo, un encaje internacional que le permitiese seguir siendo primera potencia sin por ello ejercer un poder hegemónico demasiado visible”. La quiebra de ese proyecto de multipolaridad equilibrada ha sido la principal novedad negativa de la presidencia de Trump, aunque Huguet destaca que Estados Unidos es una sociedad “con una enorme capacidad de transformación, revisión y autocrítica”, capaz de adaptarse creativamente desde los años ochenta a las exigencias de un mundo complejo y cambiante. Además, no ha dejado de aspirar a mantenerse como superpotencia geoestratégica “con alrededor de 800 bases repartidas por todo el mundo, presencia militar en 150 países, un programa espacial recién retomado y un gasto armamentístico enorme (más de 600.000 millones de dólares) y en aumento”, por lo que anunciar su declive irreversible puede resultar “algo prematuro”.

"Con todos sus defectos, Estados Unidos ha sido un factor de estabilidad cuyo ocaso o desplome sería una muy mala noticia para el mundo", advierte Pablo León

Para Pablo León, profesor de Historia y Relaciones Internacionales del Centro Universitario de la Defensa, además de coautor con José Antonio Montero de la citada obra Los Estados Unidos y el mundo, “se podría decir que los actuales males de Estados Unidos tienen mucho que ver con una interpretación triunfalista de su victoria en la Guerra Fría, que sirvió de excusa o distracción para que sus instituciones y su sistema de partidos no abordasen debidamente problemas del país como el racismo o la desigualdad”. Para León, Estados Unidos consiguió liderar el planeta pese a su falta de vocación imperial “gracias a que construyó un consenso nacional sobre la necesidad de practicar un multilateralismo asimétrico, renunciar al proteccionismo, mantener la superioridad militar y estar dispuesto a emplear la fuerza en defensa de lo que se percibe como intereses nacionales”.

Ese consenso se habría debilitado en los últimos años, transformando Estados Unidos en una potencia “en crisis de identidad nacional”, que no sabe muy bien cuál es su proyecto y, en consecuencia, actúa en el escenario internacional de manera “menos decidida y menos eficaz”. Lo paradójico, según León, es que es precisamente ahora, en pleno repliegue aislacionista, cuando Estados Unidos tiene un líder “que se comporta con la arrogancia arbitraria de un emperador medieval”, algo que no hicieron ni siquiera presidentes “tan impopulares y de política exterior tan cínica como Richard Nixon”.

León afirma que los estadounidenses han dado lo mejor de sí mismos cuando se han visto metidos en “encerronas como la Segunda Guerra Mundial y han asumido el liderazgo planetario porque la alternativa era, para ellos, una peligrosa anarquía”. El historiador ve improbable que un nuevo poder emergente, como China, llegue algún día a liderar el mundo “desde una cierta altura de miras” y una cierta generosidad: “No es probable que la China totalitaria vaya a ejercer un liderazgo benigno y previsible, y otros poderes regionales, como la muy beligerante Rusia de Putin, una India con mucho potencial y poca vocación global, un Japón en atasco permanente o incluso la Unión Europea, un gigante económico y un enano político, pueden actuar como contrapoderes, pero no están en condiciones de liderar nada. Con todos sus defectos, Estados Unidos ha sido un factor de estabilidad cuyo ocaso o desplome sería una muy mala noticia para el mundo”.

Reserva sioux de Lower Brule, en Dakota del Sur, una de las zonas más pobres de EE UU y que más están sufriendo el azote de la covid-19.
Reserva sioux de Lower Brule, en Dakota del Sur, una de las zonas más pobres de EE UU y que más están sufriendo el azote de la covid-19. Getty Images

Para la especialista en historia de los Estados Unidos Carmen la Guardia, de la Universidad Autónoma de Madrid, más que decadencia, conviene hablar de “agravamiento de las políticas” que generan el principal de los problemas de la sociedad norteamericana, “la enorme desigualdad”. Según La Guardia, “presidentes como Roosevelt, Kennedy, Carter u Obama” se esforzaron en corregir la tendencia al republicanismo excluyente del siglo XVIII (“un proyecto de sociedad diseñada solo para los varones libres, de origen europeo, propietarios con frecuencia y casi siempre protestantes, que por entonces venían a ser el 4% de la población”) creando una sociedad más generosa y más inclusiva, mientras que otros han frenado ese esfuerzo de inclusión. La historia de Estados Unidos es, en gran medida, la crónica de este pulso no resuelto entre dos modelos, uno social y otro al servicio de las élites.

La Guardia asegura que “no es casualidad que Trump, Bolsonaro y Boris Johnson lideren tres de las naciones del planeta más castigadas por la pandemia, porque los tres han apostado por ese laissez faire que sigue enarbolando la Nueva derecha nacional y supranacional”. Lo que está ocurriendo estos meses en Estados Unidos, el triste espectáculo de una sociedad poderosa que exhibe sus cicatrices y costuras, es consecuencia indirecta, para La Guardia, “de las correcciones de Ronald Reagan al proyecto de protección social de las cuatro legislaturas de Roosevelt”, y el fruto directo del agresivo proyecto neonacionalista de Trump y su America First”.

Pese a todo, la académica considera que “Estados Unidos está en un proceso de cambio y frente a una gran oportunidad”. Un cambio de liderazgo y una vuelta a políticas moderadas de protección social y cooperación con los organismos internacionales podría “tal vez no frenar la emergencia de un nuevo orden internacional, pero sí hacer que resultase mucho menos dramático”. La sensatez y las buenas políticas como receta para resistir a cualquier decadencia, por irreversible que parezca.

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