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Humildad epistemológica

Los ciudadanos encerrados, con cansancio acumulado, piden a los gobiernos lucidez y realismo, no impostura

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. REUTERS

La pandemia nos ha sumido en un estado de alta densidad emocional. Doctores curtidos se vienen abajo en directo porque han acumulado demasiado agotamiento y frustración. Cuando se les pregunta por la situación en sus centros de salud, se emocionan y muchos lloran. Bajo presión, los llamados expertos ya no vigilan tanto las formas y llegan a admitir que no pueden más.

La barrera entre lo profesional y lo personal se diluye. Mientras hablamos de los presupuestos europeos, a una fuente se le cuelan el gruñido de un bebé y el ruido de cacharros en otra habitación. Otra pide disculpas porque tiene que sacar la cena del horno. A una catedrática de finanzas se le escapa un taco porque asume que lo que se nos viene encima es muy gordo. Y reconocen que no saben qué va a pasar. Una franqueza que nos acerca.

En política, sin embargo, se ve poca humildad epistemológica. La ignorancia, como escribió Darwin, suele generar más confianza que el conocimiento. Donald Trump negó durante semanas la gravedad de la pandemia. Aseguró que lo tenían todo bajo control. A Boris Johnson no lo vimos hablar de desbordamiento hasta que los muertos se contaban por cientos y vio su propia vida peligrar. En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro es el que anima a romper el confinamiento decretado por líderes regionales. Ha cesado a su ministro de Sanidad después de varios choques sobre cómo manejar la crisis. O, como dice él, el catarrito.

En el extremo opuesto, el líder de la oposición portuguesa se ha hecho famoso en todo el mundo por tenderle la mano al Gobierno y recalcar algo básico: no está al servicio de los socialistas, sino del Gobierno de su país. Rui Rio se niega a ponerse la careta del no a todo y ha demostrado humildad epistemológica: reconoce que no sabe si sus adversarios políticos van a equivocarse. No como Mélenchon en Francia, que se niega a sumarse a la unión nacional por si acaso es una trampa.

Abrazar posiciones absolutas es absurdo cuando todos los Gobiernos tienen que tomar decisiones con información imperfecta. Los ciudadanos encerrados, con cansancio acumulado, piden lucidez y realismo, no impostura. Da igual que suenen platos y niños de fondo. No pasa nada. Los líderes europeos, de los que esperamos más, deben reconocer que, después de decenas de fracasos, no saben cómo comprar material sanitario en China sin que les timen, que no tienen una foto clara de lo que ha ocurrido en las residencias de ancianos, que deberían haber destinado mucho más dinero a la investigación científica. Nunca es tarde.

@anafuentesf

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