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España no es Twitter

José Mari Calleja era bueno y valiente y sensato. Y hubiera disfrutado al leer la mucha sensatez que se desprende de todas las encuestas publicadas estos días en los medios

Jose Maria Calleja en 2017.
Jose Maria Calleja en 2017. EL PAÍS

Terminaba ayer este artículo, cuando la confirmación de la muerte por coronavirus de José Mari Calleja convirtió todo lo que escribía en irrelevante. “Hoy solo nos queda llorar mucho juntos, aunque sea en la distancia”, me escribió un amigo, y pensé en sus hijos y en su pareja y en toda su familia, en lo que representa para ellos este llorar en la distancia. Lo hemos contado mucho en todos los medios de comunicación, pero llega el momento en que le pones cara a ese duelo en la distancia, la cara de mi amigo Javier despidiendo a su hermana, la de mi amigo Alberto despidiendo a su madre.

Calleja era bueno y valiente y sensato. Y hubiera disfrutado al leer la mucha sensatez que se desprende de todas las encuestas publicadas estos días, que fue lo que se me vino a la cabeza cuando pensé que ya nunca podría comentarlas en la SER.

Encuestas de periódicos —EL PAÍS, Abc, El Mundo— y barómetro del CIS —sí, siempre hay interesantísima información en las encuestas del CIS, pese a Tezanos—. En todas ellas se adivina una sociedad mucho más consciente de la gravedad y de la verdad del momento que vivimos de lo que creen los hiperventilados.

El error de pensar que España son las redes sociales ya lo pagó Podemos en el año 2016. Ahora, los ultras de Vox, y los más excitados del PP, han podido comprobar que la viralización verdadera es la de cada día a las ocho de la tarde, la que parece reunir a los españoles en torno a dos o tres certezas: esto es muy gordo, pónganse de acuerdo en cómo salir de esta catástrofe y no recorten ni un euro, sino que restituyan lo recortado a los servicios públicos esenciales. Ahora es la Sanidad, pero enseguida será la Educación, que tendrá que adaptarse a marchas forzadas a la enseñanza online y, por supuesto, hablemos de cómo atender decentemente a nuestros mayores. Pero, también, escuchen y ayuden a nuestras empresas para que mantengan un empleo digno y no se olviden de los que se quedan al margen de cualquier cuneta.

La brutalidad de una parte de la oposición no exime al Gobierno de liderar este proceso con vocación integradora. Si hay que resetearlo todo, hagámoslo a la altura de tantas mujeres y hombres buenos, valientes y sensatos.

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