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Proteger la cultura

Gobiernos y entidades privadas están obligados a poner recursos para evitar que el coronavirus destruya el tejido que sostiene a los creadores

Una mujer lee un libro, el pasado día 11 durante su confinamiento en Dublín, Irlanda.
Una mujer lee un libro, el pasado día 11 durante su confinamiento en Dublín, Irlanda.

La primera intervención sobre la crisis del coronavirus del ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes, ha disgustado al sector, que a través de distintas voces ha manifestado sentirse desprotegido y ninguneado. Afirmó que no es el momento de activar recursos específicos porque existen otras prioridades, así que las críticas le han llovido de todas partes. El golpe que las semanas de confinamiento ha dado a unas actividades que en buena medida tienen su razón de ser en el encuentro con el público ha sido durísimo. La respuesta al descalabro no es, sin duda, fácil de articular, pues los problemas de un gran museo no son los de una productora de cine, ni los de las pequeñas editoriales tienen que ver con los de los profesionales que intervienen en un montaje teatral, por dar noticia de la variedad de palos de un mundo muy diverso.

La aportación al PIB de la cultura fue en 2019 del 3,2%, unos 40.000 millones de euros; da trabajo a más de 700.000 personas, un 3,6% del empleo del país, y además aporta valor añadido a la industria turística y a la llamada marca España.Sus peculiares características, con casuísticas tan distintas, introducen notables fragilidades en el sector: muchas de las empresas no tienen asalariados fijos; gran parte de los empleos suelen ser intermitentes; débiles o inexistentes los marcos desde los que los trabajadores pueden defender sus derechos; desdibujados en algunos casos los marcos jurídicos que los regulan. El ministro pudo tener razón al hablar de que la prioridad actual es la de salvar vidas, pero la competencia de su gabinete es elaborar una estrategia clara, rotunda y consensuada con los distintos actores del sector para plantar cara a los gravísimos problemas que se anuncian y que dibujan una situación devastadora para el mundo de la cultura. Ese es su trabajo.

La inquietud ante las todavía tímidas y vagas respuestas que ha dado el Gobierno a sus problemas es, pues, lógica. Una parte importante de los creadores y productores ha tenido que reinventarse en los últimos años, cuando las nuevas tecnologías facilitaron e impusieron formas de consumo que pasaban por el gratis total, y la precarización ha sido la regla para trabajos que no siempre se ajustan a modelos establecidos. El sector lleva tiempo operando en condiciones adversas y difícilmente puede hacer frente ahora a una situación todavía más comprometida. Y sin embargo, durante estas semanas de reclusión se ha vuelto a descubrir hasta qué punto la cultura es necesaria. Urge buscar estrategias, medidas y fondos específicos para proteger la infinita variedad de expresiones culturales, y no escudarse en verdades de Perogrullo. La cultura necesita respuestas concretas. Otros países de nuestro entorno ya han empezado a tomar iniciativas. Imítenles.

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