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¿Tiene la derecha un plan para Cataluña?

Aun en el caso de que lo único que motivara a Sánchez a reunirse con Torra fuera mantenerse en el poder, su maquiavélico interés personal coincide con el interés general

Pablo Casado en un acto junto a José María Aznar el mes pasado.
Pablo Casado en un acto junto a José María Aznar el mes pasado. GTRES

Desde el primer momento ha caído un vendaval de críticas sobre Pedro Sánchez por su visita a Cataluña. Era un viaje arriesgado por la situación jurídica de Torra y el ambiente embravecido en la derecha después de una investidura en la que el destino del Gobierno pasó a depender de los nacionalistas. De nuevo han aparecido expresiones como traidor, vende patrias, y otras no menos ofensivas como el que no le importa humillar al Estado con tal de permanecer en el poder. Nunca sabremos lo que hubiera hecho este Gobierno de no depender de dichos votos, pero no me cabe ninguna duda de que algo había que hacer, de que el Gobierno de Madrid tenía que mover ficha. No me gusta hacer juicios de intenciones, pero aun en el caso de que lo único que motivara a Sánchez fuera mantenerse en el poder, resulta que su maquiavélico interés personal esta vez coincide con el interés general. Un conflicto político sólo puede encontrar una solución política.

Esto último, la negación de que se trate de un conflicto político, es lo que está proclamando la derecha, para la cual todo se reduce a un problema jurídico. La verdad es que es una afirmación sorprendente viniendo de quienes se dicen profesionales de la política. Y como no podemos presumir que no entienden aquello a lo que se dedican, no cabe más remedio que concluir que esa es su actitud política ante el conflicto. Su decisión política es “no decidir políticamente”. En otras palabras, que todo siga igual, sacando así a la luz que no tienen un plan para resolver el problema catalán. Lo que sí tienen es una estrategia: perseverar en mantener los antagonismos nacionales para extraer de ellos todo el caudal de votos posibles en el resto de España. No apaciguarlos sino exacerbarlos. Que eso sea lo que hacen también los independentistas en su territorio es a estos efectos secundario. Lo que está en interés de todos es que unos y otros puedan llegar a armonizarse. O sea, que aquí el interés general no coincide con el interés particular de la derecha en su búsqueda del poder.

No siento especial simpatía por las políticas identitarias; es más, creo que su actual reverdecimiento es lo que está creando los mayores problemas para la supervivencia de las democracias. Pero precisamente por esto no pueden ser ignorados, habrá que buscarles una solución. Y esta no podrá venir de proclamas tales como la “igualdad” de todos los españoles. Desde luego, todos los ciudadanos deben de ser iguales en derechos —que se les preste la misma asistencia sanitaria en cualquier parte del territorio nacional, por ejemplo—. Pero pretender que todos deban sentir “por igual” a la nación española ya es otra cosa. No es posible una construcción administrativa de la emocionalidad patriótica. Y bien sabemos dónde se encuentran las “diferencias” a este respecto, algo que, por cierto, no ignoraron nuestros constituyentes al establecer la distinción entre nacionalidades y regiones. Por la razón que sea, este delicado equilibrio se ha quebrado. Y nuestra responsabilidad ahora es reconstruirlo bajo nuevas premisas. Consensuar lo que nos es común y lo que nos diferencia. Quien no sea capaz de ver este inmenso elefante en la habitación más vale que abandone la política.

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