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EN PORTADA COLUMNA i

Activista antes que pensador

Bertrand Russell fue punta de lanza de avances que ahora son irrenunciables

Bertrand Russell, alrededor de 1965.
Bertrand Russell, alrededor de 1965.

Bertrand Russell, filósofo y activista por la paz, vivió aquí, en el apartamento número 34, desde 1911 a 1916”. Una de esas placas azules que atraen constantemente la mirada del peatón en las calles de Londres recuerda que el intelectual agitador de los trajes de corte impecable, eterna pipa e indomable cabellera blanca pasó unos años en el barrio de Bloomsbury (el hervidero intelectual de la época) antes de mudarse a la prisión de Brixton, donde residió seis meses por sus maniobras contrarias a la I Guerra Mundial. English Heritage, la institución pública que vela por el patrimonio histórico del Reino Unido, consideró tan relevante destacar su pacifismo como su labor filosófica.

Russell es el símbolo de ese puente generacional que siempre surge en los momentos de ardor revolucionario. Se comprobó con las veneradas figuras del francés Stéphane Hessel o del español José Luis Sampedro entre los jóvenes del 15-M. Produjeron en ellos el mismo efecto reconfortante y la misma ilusión de estar en el lado correcto de la historia que provocó en su día el filósofo inglés en Paul McCartney, de The Beatles. “Me impresionaba su dignidad y la claridad de su pensamiento”, contó el músico sobre la visita que hizo al sabio, a principios de los sesenta, para aclarar sus propias ideas sobre la Guerra de Vietnam. “Era una guerra mala, y teníamos que estar en contra. Eso fue todo. Fue fantástico poder oírlo de la boca de este gran filósofo”.

Las diferencias políticas entre naciones, vino a decirle su pupilo más célebre, no se resuelven afirmando obviedades

Su Principia Mathematica, tan monumental como ingenua en su empeño, fue pronto refutada en su integridad y gran parte de la responsabilidad la tiene su protegido en la Universidad de Cambridge, Ludwig Wittgenstein, quien pronto detectó y señaló con crueldad sus fallos y lagunas. Hasta en su fervor patriótico, al alistarse voluntariamente en el ejército austro-húngaro al estallar la Gran Guerra, contravino al maestro. Toda una metáfora de cómo los matices debilitaron la obra de Russell. Las diferencias políticas entre naciones, vino a reprocharle Wittgenstein, no se resuelven con la afirmación de obviedades. Todo el mundo prefiere la paz a la guerra, vino a decirle. Russell, sin embargo, fue punta de lanza de avances que ahora resultan obviedades, como el sufragio femenino, los matrimonios interraciales, la necesidad de una educación apropiada para alcanzar la libertad sexual, las críticas a una religión moralmente opresora o la abominable amenaza para la humanidad que supone el armamento nuclear. O el indiscutible derecho de cada uno al optimismo y a intentar conquistar la felicidad. Así tituló una de sus obras más sencillas y a la vez más perenne, La conquista de la felicidad. Sus argumentos en defensa de la igualdad entre hombres y mujeres están trufados de comentarios que hoy sonarían claramente machistas (Russell creía que la envidia es más propia entre mujeres que entre hombres). Su ateísmo —que en realidad era agnosticismo— era demasiado frío y lógico, ignorante de cualquier necesidad espiritual. Pero su mensaje último, el que ha perdurado, es universal. Casi cristiano. “El amor es sabio. El odio es absurdo. En un mundo cada vez más interconectado, debemos aprender a tolerarnos los unos a los otros”.

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