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Décimo aniversario de la muerte del pensador británico

Bertrand Russell, "el más ilustre ciudadano privado de su época"

«Me he imaginado sucesivamente como un liberal, un socialista o un pacifista. Nunca he sido, sin embargo, ninguna de estas cosas. Siempre el intelecto escéptico me ha susurrado dudas.» Así se definía uno de los principales pensadores británicos de este siglo, Bertrand Russell, de cuya muerte hoy se conmemora el décimo aniversario.

Bertrand Arthur William Russell, tercer conde de Russell, nació en Trelleck (Mountmoutshire) el 18 de mayo de 1872. Su juventud retirada estuvo poblada de sueños e intensa vida interior. Ya en esos años buscaba por encima de todo la certidumbre perfecta y la verdad pitagórica de los números. En 1890 ingresó en el Trinity College, de Cambridge, y bien pronto formó parte de un club, integrado por jóvenes aristócratas de izquierda, llamado Los Apóstoles. Alcanzó las más altas calificaciones en matemáticas y comenzó los estudios de filosofía bajo la dirección del idealista metafísico J. M. E. McTaggart. Espíritu poseído de una curiosidad universal, dictó clases de geometría no euclidiana en Estados Unidos, estudió economía y marxismo en Alemania y, al regresar a su país, fue nombrado profesor de la Escuela Económica de Londres.Su primera obra, La socialdemocracia alemana (1896), refleja un punto de vista liberal ortodoxo. En 1898 se opera en él una gran revolución teórica: su rebeldía contra el idealismo metafísico, convirtiéndose en un pensador empirista, positivista, de clara tendencia materialista. El mundo exterior es la única cosa en sí válida; la objetividad física, material, es el punto de partida, la roca sólida del conocimiento científico. Claro está que el mundo real no es fácil de conocer y, como decía Heráclito, se esconde. Por esta razón, hay que conocer el conocimiento humano. En estos primeros años su pensamiento era kantiano y en su Ensayo sobre los fundamentos de la geometría (1895) propugnaba el a priori cognoscitivo. Más tarde buscará unos principios únicos y seguros del conocimiento en Exposición crítica de la filosofía de Leibnitz (1900). La extraordinaria importancia de esta obra radica en que inicia, por primera vez, una aproximación explícita entre la filosofía y la ciencia. El discurso angélico del pensar puro, si bien universaliza y sintetiza, se une a la investigación paciente, artesanal, pero cierta y segura, de la ciencia. La filosofía carece de evidencias, al no poder comprobar sus afirmaciones, y la ciencia, pese a su práctica rigurosa y acumulación de conocimientos, se pierde en la polvareda de los hechos. Pues bien, Russell descubre que la lógica pura es el número de oro que unifica la idealidad de las formas, propias del pensar filosófico, con el conocimiento de la realidad empírica, creando el pensamiento científico. Para Russell es por la lógica que se puede constituir el verdadero conocimiento, o sea, la ciencia matemática. Así, en su primera obra científica, The principles of mathematics (1903), intenta operar la ligazón entre la lógica y la matemática, tratando de demostrar que el edificio entero de la matemática se puede deducir de unos pocos y sencillos principios lógicos. Pero no debemos engañarnos con este deductivismo implacable, pues la lógica matemática, uno de cuyos creadores es Russell, alcanzó una inmediata aplicación práctica, transformadora de mundo material, en la electrónica, programación cibernética, neurología, etcétera. Por consiguiente, al decir de Geyrnonat, es por la abstracción que se llega al conocimiento de la realidad concreta. En colaboración con Alfred Whitehead realiza su obra cumbre, Principia mathematica (1910, 1912, 1913), cuyo objetivo básico es demostrar que se puede reconstruir el edificio de la matemática clásica partiendo de nociones y principios lógicos. Sin embargo, esta lógica es experimental, pues para realizar su programa de borrar el contenido empírico de las formas matemáticas se impone como método examinar los conceptos y esquemas definitorios de la matemática aplicada para lograr aislar sus principios fundamentales.

Pacifista en la cárcel

Debido a su propaganda pacifista durante la primera guerra mundial, pasó seis meses en prisión. Allí escribe su Introducción a la filosofía matemática (1919), en la que desarrolla una teoría del conocimiento básicamente positivista. El hombre, según Russell, se enfrenta con datos sensoriales. Lo que percibe por los sentidos es un hecho o agregado de hechos. Esta elaboración epistemológica de Russell tendrá una decisiva in fluencia en el Círculo de Viena y en la creación del positivismo lógico. Luego, en sus obras The analysis of mind (1921) y The analysis of matter (1927), descubre la filosofía del atomismo lógico. Su tesis consiste en que no se puede considerar los hechos como físicos o psíquicos, pues la materia y la mente son diferentes estructuras de elementos neutrales. Este materialismo atomista es la consecuente aplicación filosófica de su teoría de los tipos ramificados que desarrolla en su Principia.

Bajo la influencia de su discípulo, Ludwig Wittgenstein, y de su Tractatus Logicus-Philosophicus (1922), Russell descubre el concepto de estructura como relación interna de los hechos, anticipándose al estructuralismo de Bourbaki y de la matemática moderna. Así, la matemática no estaría constituida por entes particulares (puntos, números, funciones), sino por un sistema de relaciones que establece una estrecha ligazón entre estos entes. Teoría cuya implicación filosófica es importante, pues apunta a una unidad de las ciencias. Como vemos, Russell realiza, hasta cierto punto, su programa inicial de una identidad de la filosofía con la ciencia y toda su investigación científica concluye en una reflexión filosófica. Russell continuó afirmando la importancia de la estructura y la noción de similitud de estructuras en su obra El conocimiento humano y sus límites (1948). Ahora bien, el logicismo absoluto que pretendía implantar universalmente ha sido, en parte, invalidado, ya que la lógica matemática misma, con el teorema de Gödel, demostró que ni siquiera la aritmética más elemental es reducible a la lógica. Asimismo, su teoría sensorial y subjetiva del conocimiento, de extracción neoberkeliana y humiana, destruye la misma verdad objetiva de la ciencia que Russell trataba de encontrar en los datos empíricos de la experiencia concreta.

Abandonando el terreno sólido de la ciencia, Russell, en algunos momentos, se entrega a una libre especulación filosófica y escribe frívolos e intrascendentes tratados, que son, en realidad, disquisiciones encantadoras y banales entretenimientos. Así, Historia de la filosofía occidental (1945) es una humorada antifilosófica, una diatriba sutil y, a la vez, superficial contra la metafísica alemana, que Russell consideraba como pura construcción idealista de la especulación poética, sin ningún contacto con la realidad viva.

También escribió sobre temas políticos, Práctica y teoría del bolchevismo (1920), donde expresa su espanto por los horrores de la dictadura del proletariado, desde el punto de vista de su evolucionismo pragmático y fabiano. Sin embargo, consideró siempre el socialismo como una programación científica de la sociedad y, frente al anarquismo liberal-capitalista, exigió la planificación racional de la economía. Igualmente se ocupó de temas sociales en sus obras Matrimonio y moral (1929) y La conquista de la felicidad (1930), en las que expone teorías revolucionarias sobre el amor y el sexo, desde el punto de vista de su ética utilitaria. En su libro Por qué no soy cristiano (1927), confiesa su ateísmo y agnosticismo: «El concepto de Dios es una idea derivada del antiguo despotismo oriental».

En una de sus últimas obras, Autobiografía, confiesa sus debilidades íntimas: «Tres pasiones simples, pero irresistibles, han dominado mi vida: la necesidad de amar, la sed de conocer, el sentimiento casi intolerable de los sufrimientos del género humano. Busqué el amor porque es un éxtasis; con no menos pasión aspiré al conocimiento.» A los noventa años, lúcido y terrible, se lanzó a la lucha por la paz, contra la barbarie atómica y la guerra de Vietnam. Con Sartre constituyó el Tribunal Russell, para juzgar los crímenes de guerra.

Esta inmensa y rica obra de su ingenio creador nos deja una enseñanza perenne y siempre válida: toda creación filosófica, poética, artística, política o ética de los hombres, para ser verdaderas, deben verificarse por la experiencia de la vida, de los hechos, del laboratorio, de la historia y hasta dentro del espejo interior de la mente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 1980