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Negacionista

Bajo la cáscara publicitaria, esto no es una pipa y todo forma parte de la misma pudrición

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el pasado 18 de diciembre en Battle Creek (EE UU).
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el pasado 18 de diciembre en Battle Creek (EE UU). AP

"No es no”, decimos las detractoras de la cultura de la violación y, frente a la negativa rotunda, la afirmación en bucle de Gertrude Stein “Una rosa es una rosa es una rosa es”: el referente se aleja porque repetimos un nombre muchas veces y el nombre pierde su significado, deja de oírse como el contaminante zumbido del aire acondicionado. Nos empapa lentamente. Da igual que lo que se dice sea mentira o verdad. Que se formule dentro de una frase negativa o afirmativa. Lo importante es repetir: “Amo a los trabajadores de Estados Unidos”, “no me lo creo”, dice Donald Trump sobre un cambio climático que no es cambio sino tragedia, según The Guardian.Qué importante es el precio y la depreciación de las palabras que “vienen a por su paga, ya sabes”, como dice Humpty Dumpty. “Dios existe”. “La realidad no existe”. “El hombre no proviene del mono y la mujer no proviene de la mona”. En la magia de cada Navidad “pienso que esta chica es un elfo, sí lo es”. Cosas que no parecen lo que son. Y, sin embargo, son…

Sigo viendo los anuncios: “Un retrato que no es un retrato”, “un banco que no es un banco”. Un retrato no es un retrato quizá porque “esto no es una pipa” —es la pipa y el valor añadido de su representación— y porque ese retrato puede no ser una muestra convencional del arte canónico; en esa rebelión, detectamos una actitud epatante o intrépida. Pero hay que tener muchas narices para afirmar que “un banco no es un banco”: con ese eslogan asumimos la historia negra reciente —canon perverso de la banca universal— y blanqueamos a un banco, separándolo de usuras que subyacen a la destrucción de empleos y la debacle de las hipotecas. Cínicamente un banco, que sí es un banco, finge no serlo. Es un banco buenito y filantrópico. Tan buenito y filantrópico como las marcas de refresco que esquilman los acuíferos de ciertos países y luego realizan amorosos spots. Tan buenito y filantrópico como las marcas de cosméticos que utilizan la transexualidad para vender champús pretextando “normalizar” la transexualidad cuando, realmente, lo que hacen es utilizarla para vender champú. Esto no es una pipa y una rosa es una rosa es. La publicidad solidaria y la solidaridad publicitaria son hipócritas. Es más honesta la propaganda. Encubierta por los negacionistas de la tragedia climática y por los que se apuntan al carro del compromiso para santificarse —sus marcas, sus nombres— con gestos de buena voluntad epidérmica, existe una realidad: JP Morgan compra las plantas fotovoltaicas de Fortress y Perwyn en nuestro país; las mujeres sufrimos más enfermedades glandulares, relacionadas con la contaminación, que los hombres; las cataratas Victoria están secas; algunas personas mueren pegadas al braserito; niños y niñas cosen balones, no reciclan, sueñan con una vivienda insostenible; existe un mercado paralelo, caro y elitista, de productos ecológicos… “El acuerdo (de París) implica una redistribución masiva de la riqueza de Estados Unidos hacia otros países”, asevera Trump. Eso me lo creo. Bajo la cáscara publicitaria, esto no es una pipa y todo forma parte de la misma pudrición.

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