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¿En qué se parece Casanova a un tronista?

Maquillaje, cejas depiladas o labios de porcelana... muchos creen que estas tendencias responden a eso que se llama "nueva masculinidad", pero la historia está llena de hombres que han reivindicado el artificio estético

redes sociales
Donald Sutherland coquetea con el ‘contouring’ (técnica de maquillaje) en ‘Casanova’ (1976) de Federico Fellini.

Hace poco, documentándome para un artículo, di con una declaración del diseñador Thierry Mugler en la que confesaba que, si tras abandonar la moda había transformado su aspecto mediante la cirugía y el culturismo hasta volverlo irreconocible, había sido para borrar su rostro y su cuerpo anteriores, y de paso todo lo que conllevaban. La cirugía como catarsis, como tabula rasa o como fuerza de purificación extrema es una de las obsesiones centrales del transhumanismo, que es esa teoría que afirma que el cuerpo está obsoleto y que transformarlo es el único modo de adaptarse.

¿Son los filtros de belleza de Snapchat un modo de hacer tiempo hasta pulsar el timbre del cirujano?

No sé si a Mugler le interesa mucho el transhumanismo, pero sí sé que es de la misma generación que su compatriota Orlan, una artista que desde hace décadas remodela su rostro hasta convertirlo en esculturas a través de intervenciones quirúrgicas que filma y distribuye como piezas de videoarte. Orlan siempre ha sido muy polémica. También lo es la cantante Grimes. Este verano Adidas le pidió que hablara de su rutina de cuidados y ella, con naturalidad de cíborg, explicó que acababa de sustituir la capa exterior de su córnea por una membrana de polímero diseñada por ella misma y por su novio, el inefable Elon Musk. El objetivo, aseguraba, era filtrar la luz azul para evitar la depresión. Ella se quedó tan ancha y oculistas de medio mundo entraron al quite para decir que aquello era una idiotez. Grimes no volvió a mencionarlo y seguimos sin saber si lo suyo fue confesión o performance.

Lo que está claro es que hoy somos mucho más receptivos a alterar de forma permanente nuestro aspecto mediante la cirugía o mediante las redes sociales, aunque aún no sé si lo uno excluye a lo otro. ¿Son los filtros de belleza de Snapchat o un modo de hacer tiempo hasta pulsar el timbre del cirujano? Por el mundo pululan celebridades e influencers que han cincelado sus rostros hasta hacerlos parecer renders de un software 3D.

Reconozco que esas caras de cejas mínimas (o inexistentes), labios de porcelana y rasgos levemente alienígenas por obra y gracia del contouring me hipnotizan como Kaa a Mowgli. A veces, cuando coincido con alguno de ellos, pienso que el transhumanismo ya está aquí. Otras veces me decanto por una teoría igualmente atractiva: que los rostros muñequiles de los beauty boys, los pómulos de las Kardashian y los tupés y las barbas de los canteranos de Mediaset son modas cosméticas, como las ojeras y las greñas entre los románticos del XIX o los polvos de arroz y las pelucas entre los cortesanos del XVIII. Hay toda una tesis sobre el tema en el Casanova de Fellini. Donald Sutherland, el actor protagonista, se pilló un cabreo del quince cuando vio que iban a deformar su rostro con prótesis hasta hacerle parecer un gigantillo de Burgos. Pero Fellini le convenció (solo a medias) explicándole que aquello era la historia de un hombre incapaz de vivir sin el artificio. Casanova era un hijo de su tiempo. Como todos.

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