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Dostoievski, místico y epiléptico

El autor ruso consiguió proyectar la sombra de la mística sobre unos personajes aquejados de una enfermedad, la epilepsia, que también fue la suya

 Retrato de Fiódor Dostoievski (1821-1881) realizado por Vassili Perov en 1872 y propiedad de la galería Tretiakov de Moscú.
Retrato de Fiódor Dostoievski (1821-1881) realizado por Vassili Perov en 1872 y propiedad de la galería Tretiakov de Moscú.

Durante mucho tiempo, la epilepsia fue considerada como un desarreglo del alma; una enfermedad dramática de origen incierto. Quienes la padecían eran señalados como portadores de un mal que se manifestaba mediante convulsiones súbitas de brazos y piernas, acompañadas de espumarajos por la boca. Por así decirlo, la epilepsia era una enfermedad contagiosa y demoníaca, de difícil tratamiento si no mediaba un sacerdote puesto en exorcismos.

Con todo, la tradición nos cuenta que, para los antiguos griegos, la epilepsia fue una enfermedad sagrada (morbus sacer) plena de connotaciones espirituales que nos acercaban a los dioses. El escritor Fiódor Dostoievski la padeció de igual manera, lo que sucede es que para trampear las circunstancias de la vida -y sacar algún provecho- combinó la mística de la enfermedad con cierta picaresca. Vamos a verlo.

Identificando su verdad con la ficción, Dostoievski consiguió proyectar la sombra de la mística sobre unos personajes aquejados de una enfermedad que también fue la suya. Sin ir más lejos, en su obra titulada  Los endemoniados, aparece Kirillov, el ingeniero suicida que se siente mártir, y que se presenta capaz de sacrificar su vida por el bien de la humanidad.

En uno de los diálogos, Kirillov empieza insinuando la enfermedad, diciendo que hay cinco o seis segundos seguidos en los que, de pronto, siente uno la plenitud de la armonía; a lo que su compañero, Shatov le advierte de que tenga cuidado: “Tenga cuidado, Kirillov. He oído decir que así empieza la epilepsia. Un epiléptico me describió con detalles las sensaciones que preceden a sus crisis y, oyéndole a usted, me parecía estar escuchándole. También me habló de esos cinco segundos y de que era imposible soportarlo más tiempo. Acuérdese del cántaro de Mahoma, que no tenía tiempo de vaciarse, mientras Mahoma daba la vuelta al Paraíso, a caballo. El cántaro son sus cinco segundos...”

Dostoievski tuvo su primer ataque de epilepsia tras el asesinato de su padre, en 1839, cuando el escritor ruso contaba 18 años

Dostoievski tuvo su primer ataque de epilepsia tras el asesinato de su padre, en 1839, cuando el escritor ruso contaba 18 años. Un episodio que a Dostoievski le marcará de por vida con la señal de la desgracia. Para Sigmund Freud, el suceso del asesinato del padre de Dostoievski a manos de sus siervos fue “la piedra angular” de la neurosis que el escritor padeció a lo largo de su vida. Así lo cuenta Freud en su ensayo Dostoievski y el parricidio, donde propone que la epilepsia de Dostoievski tenía una causa neurótica. “Lo más probable es que esta pretendida epilepsia fuera tan solo un síntoma de su neurosis, la cual podríamos clasificar, en consecuencia, como histeroepilepsia; esto es, como una histeria grave”.

A pesar de interesarse científicamente por la epilepsia, Dostoievski no dejó de trazar una línea invisible entre el mundo secreto del inconsciente y su enfermedad, a la que Freud se aproximó en su ensayo, presentando el parricidio en el mito de Edipo, así como en el de Hamlet, y relacionando ambos con la sustancia de Los hermanos Karamázov.

Para Freud, los ataques epilépticos de Dostoievski manifiestan el complejo de culpabilidad del autor por la muerte de su padre, ya que, al haberla deseado tantas veces, se sentía culpable de la misma. Porque Dostoievski era un hombre enfermo, como él mismo escribió alguna vez, influenciado por el pensamiento mágico donde la luna anunciaba cada crisis, “un hombre sumamente supersticioso, al menos lo suficiente para respetar la medicina”.

El escritor ruso era un hombre enfermo, como él mismo escribió alguna vez, influido por el pensamiento mágico donde la Luna anunciaba cada crisis

En Los hermanos Karamazov, el autor ruso nos presenta a Smerdiákov, hijo bastardo que trabaja de criado y que finge una de sus crisis de epilepsia; incidente del que se va a servir como coartada para encubrir el asesinato del padre. La picaresca requiere imaginación y el rigor de la verdad no puede establecerse en una enfermedad que bien puede simularse.

De manera parecida, Dostoievski se sirvió de la epilepsia como alegato para quedar exento del servicio militar. El simulacro para él siempre fue mucho más que una aproximación a la realidad. Por lo menos, así lo demuestra el simulacro de su fusilamiento, en el patio de la fortaleza donde estuvo preso. Tras el episodio, aumentaron sus crisis epilépticas.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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