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De los falos de piedra al succionador de clítoris (con sus peligros)

Lo último que nos arranca el orgasmo es una evolución de algo que existe desde el principio de los tiempos, no crean que se ha inventado la rueda

Masturbador de los años 30 fabricado por varones para curar la histeria
Masturbador de los años 30 fabricado por varones para curar la histeriaFiona Hanson (Getty)

Utilizamos cacharros para masturbarnos, probablemente, desde que descubrimos lo que tenemos entre las piernas.

Imagino a esa mujer de la edad de piedra tallando su propio gozador. La imagino como las hembras de En busca del fuego (1982), de Jean Jacques Annaud, peleando por las llamas de una tea, porque el fuego significaba supervivencia. Ellas esculpían su propio fuego. En Tubinga, Alemania, hallaron yacimientos en unas excavaciones que no dejaban lugar a duda de que las mujeres, hace 30.000 años, fabricaban falos de piedra. Con sus dibujitos y sus relieves, incluso. Pocas cosas me gustarían tanto como saber si se recomendaban o prestaban entre ellas los artilugios. Cualquiera sabe que, como encuentres un buen masturbador, debes comunicárselo a tus amigas. No creo que en la prehistoria fuera muy diferente.

Esta es la razón por la que el succionador de clítoris ha triunfado, convirtiéndose en el aparato estrella de este 2019,  gracias a las millennials que se lo regalaron entre ellas. Lo magnífico del aparato es que consigue, con sus vibraciones, estimular el clítoris que, irrigado, se adentra dentro de nuestro cuerpo. Los casi catorce centímetros que puede llegar a medir, sienten esas vibraciones. Venus O'Hara, probadora profesional de juguetes sexuales, lo define como "orgasmos que te atracan". Ahí radica su única pega: es tan fácil conseguirlo que siempre triunfa y en el sexo, la exclusividad no funciona: "El succionador es un gran invento, una vez más se demuestra la importancia del clítoris, muy por delante de la penetración", admite Carol Armero, sexóloga, "Pero no podemos usarlo en exclusividad", advierte, "Las ondas que consigue en su vibración no se pueden reproducir con las manos y el tejido del que está hecho el clítoris se vuelve insensible a una estimulación con menor potencia." La sexóloga recomienda incorporarlos a los juegos en pareja, para que hombre y aparato se fundan en uno: "Jueguen a ser masturbadas con el succionador y con la lengua de la pareja, a que los dedos y el aparato recorran los rincones de ambos. Si solamente llegas al orgasmo de un modo, se vuelve rutinario".

De las abejas de Cleopatra a las torturas de la Inquisición

Pero el succionador es el último de una larga historia de juguetería sexual.

Hay pergaminos con representaciones fálicas y literatura que especifica que Cleopatra se masturbaba con cilindros de cuero en cuyo interior disponían abejas. Los insectos, volando desquiciados dentro, provocaban la irrigación que la reina de Egipto gustaba entre sus piernas. Dicen que Julio César le regaló un dildo de oro macizo, incluso. El S. XVI con el Concilio de Trento relegó la sexualidad al mismísimo infierno. La mayoría de las condenas inquisitoriales versaron sobre asuntos sexuales. Del placer sexual con aparatos se pasó al dolor más absoluto. La pera era una tortura que se introducía en la boca, la vagina o el ano, dependiendo del pecado: oral para el que cometía herejía, la vaginal para las mujeres que tenían relaciones sexuales con Satanás o un familiar (entraban, por supuesto, las hijas violadas por los padres) y anal para aquellos que eran sospechosos de practicar sodomía. La pera se agrandaba por medio de un tornillo y en las separaciones aparecían púas que desgarraban los tejidos. La religión, en su línea.

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Tuvo que llegar el Renacimiento para que hasta las vírgenes se desnudaran, máximo culmen del arte erótico. La cultura y el arte favorecieron que en Roma existieran las tiendas en las que se vendían formas fálicas, casi siempre de madera. En tarritos pequeños disponían el aceite de oliva, magnífico lubricante. En la época victoriana, para calmar lo que llamaban histeria (que sería hartura femenina) se centraron en los pliegues de las entrepiernas femeninas. La jugada consistía en masturbar con los dedos a la señora quien, imaginen, costaba que llegara al clímax. El orgasmo se consideraba la respuesta médica para sus problemas mentales, pero las sesiones tenían que ver poco con la intimidad. El doctor no siempre sería el amante idóneo para las enfermas, quienes acudían a la consulta con esposo e hijos.  Allí se abrían de piernas y un desconocido procedía. El primer aparato con rotor lo fabricó uno de estos médicos, John Mortimer Granville. No se tiene constancia del masturbador en ningún escrito erótico de la época, pero sí en los apuntes médicos de Mortimer y de los colegas que apoyaron su idea.

Me recuerdo muy pequeña diseñando toda una estrategia para masturbarme. Ponía la almohada doble a los pies de la cama de mis padres y, literalmente, galopaba sobre ella. Lo de la parafernalia cual amazona me brotaba sola. Era más fácil pasar por una vaquera que preguntar por qué me moría de gusto al restregarme contra la almohada. No tuve el infortunio de criarme en una familia ultracatólica, pero dudo mucho que sus hijas no inventen excusas parecidas para obtener placer.

Qué bueno sería para la humanidad que consintiéramos el placer individual y buscáramos cómo conseguirlo.

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