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Por qué debemos salvar las revistas

Hay toda una historia detrás de las páginas que forman nuestros números mensuales. No es solo literatura fútil sobre papel satinado: es una fianza intelectual y una garantía de calidad

Rachel McAdams
Rachel McAdams, Michael Keaton y Mark Ruffalo interpretan a tres intrépidos periodistas en 'Spotlight' (2016).

Mientras me rascaba la cabeza buscando un rollo que escribir en la última página de esta revista, he sentido una punzada de angustia. Me he preguntado qué diferencia hay entre esta página y un tuit, un post, un blog chorra, un comentario en YouTube o cualquiera de esos textos que puedes leer gratis en tu móvil. ¿Están muy alejados de mi trabajo? Esta es una pregunta que todos los juntaletras en papel deben hacerse. ¿Soy superior al digital? ¿Presto un servicio tan extraordinario que justifica un precio de compra en vez de un clic con el pulgar y la mirada distraída de un pasajero de autobús, entre dos alertas de Google y tres anuncios dirigidos a su intimidad? Nosotros, los plumillas, estamos amenazados de muerte por esta invasión de textos gratuitos. Esta competencia desleal pesa sobre mis hombros: tengo que estar a la altura de mi misión, aquí mismo.

¿Prestan las revistas un servicio tan extraordinario que justifique un precio de compra en vez de un clic con el pulgar y la mirada distraída de un pasajero de autobús?

Oh, my God, esta página tiene que salvar las revistas. No puedo contentarme con llenar mi página con interrogaciones abstractas, como estoy haciendo ahora mismo, o acabaré rápidamente en el paro. Y ICON será pronto un recuerdo en la mesita de café de mi abuela (sí, mi abuela es überfashion).

Entonces tengo un sobresalto de orgullo. Me digo que, mierda, hay toda una historia detrás de esta página. No es por casualidad que las revistas existan: desde hace varios siglos hemos tenido que pelear por estos objetos lujosos. Esto no es solo literatura fútil sobre papel satinado: es una fianza intelectual, una garantía de calidad, una cultura de la información, una cuestión de gusto, un modelo de pensamiento. ¿Tú, que lees esta página, crees que estás realizando una actividad ligera? En realidad estás haciendo una elección profundamente importante. Lees un artículo que has pagado, que es obra de un novelista extranjero, impreso en un mensual superchic editado por El País. Ha habido que confiar en cientos de esnobs que no conoces para llegar a tener esta última página entre tus manos. Eso significa que has tenido –como poco– dudas sobre la calidad de las elucubraciones gratuitas de tu iPhone X o tu Samsung Galaxy. Necesitas sentirte cómplice de un equipo de tíos maqueados como en las fotos de moda, de un ambiente altivo pero funky, de un estilo de vida que consiste en leer una revista con lomo americano en la terraza de un café mientras criticas la interpretación y la dirección de Edward Norton en Huérfanos de Brooklyn. Eres exigente y todavía aprecias vagamente que te respeten.

Como Montaigne, sabes que no lo sabes todo. Tienes la inteligencia de ser humilde y me encargas a mí la tarea de abrirte los ojos. Gracias, oh lector, por quererme como un loco. Que sepas que tu amor es recíproco. Gracias, querido amigo, intentaré ser digno de tu confianza… el mes que viene.


Publicado en el número de noviembre*

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