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Los Bercow, una pareja abonada a la polémica

El presidente del Parlamento británico, conocido por romper las reglas y por una infidelidad de su mujer, que perdonó, deja su puesto e incluso inspira una canción

John Bercow y su esposa, Sally, en Londres el pasado septiembre. En vídeo, la despedida de Bercow del Parlamento. GETTY IMAGES

El ya expresidente, o speaker, del Parlamento británico, el tory John Bercow, de 56 años, alguna vez se ha comparado con el marmite, ese mejunje untable tan típicamente inglés que o se ama o se odia. Durante sus 10 años ocupando el asiento más importante de la Cámara de los Comunes se ha convertido en una de las figuras más polarizantes de la política del país; elogiado por sus admiradores por su afán modernizador (él fue quien desterró las pelucas o la corbata obligatoria del Parlamento) y por dar protagonismo en los debates a los backbenchers —los diputados sin cargo—, también ha sido criticado con saña por sus detractores (la mayoría, en las filas de su propio partido) por extralimitarse en sus funciones y por su supuesta falta de imparcialidad en el drama del Brexit (él votó por evitarlo, y lo primero que ha hecho tras dejar el cargo es admitir que el divorcio de la UE le parece un tremendo error). La revista Prospect publicó que David Cameron le había llamado “mierdecilla” y el exdiputado tory Simon Burns lo describió como “un enano estúpido y mojigato”. Además, aunque él niega los hechos, su antiguo secretario le ha acusado de bullying.

Esto no quiere decir que este outsider de la política, que el 31 de octubre gritó por última vez desde su sillón de cuero verde su característico “¡Orden, orden!”, no estuviera acostumbrado a los insultos. Nacido en Edware, al norte de Londres, en una familia humilde y judía, de estudiante fue objeto de numerosas burlas por ser bajito, por empollón o por su acné severo. El Parlamento británico resultó no ser tan diferente del patio del colegio. “Tengo dos categorías de oponentes: esnobs y fanáticos. Creo que la intolerancia se puede curar, porque una vez yo mismo sostuve esos puntos de vista. Pero, hasta donde yo sé, no hay cura conocida para el esnobismo”, dijo a The Guardian en 2011. Aludía a su oscura etapa como miembro del Monday Club, una asociación racista a la que perteneció en sus tiempos de universidad; un hecho del que aún se avergüenza. Desde entonces, ha intentado expiar aquel error de juventud rebelándose contra su propio partido cuando no compartía sus posicionamientos ideológicos en asuntos sociales como la adopción gay, que él defendió.

John Bercow ya no volverá a pronunciar su "¡orden, orden!", una expresión que ha calado en la cultura popular hasta el punto de inspirar el nuevo tema del músico belga Michael Schack y que, según se ha molestado en calcular la BBC, Bercow ha repetido unas 14.000 veces en esta década.

El productor Michael Schack, creador del tema 'Order', dedicado a John Bercow con un marioneta. En vídeo, la canción. REUTERS

Muchos ven en su viraje ideológico, de la extrema derecha al centro liberal, la influencia de su esposa, Sally Bercow, una activista laborista de 49 años con la que se casó en 2002 y con quien ha tenido tres hijos: Oliver, Jemima y Freddie. “Desde que nos casamos, él ha entrado en contacto con más gente real”, explicó ella en The Telegraph hace años. Con una personalidad explosiva, Sally siempre se ha negado a encajar en el retrato robot que se le presupone a la esposa de un cargo político. Su primera afrenta contra el establishment fue la de militar en el partido rival de su esposo. Después, para reventarle la exclusiva a una publicación, habló abiertamente del abuso del alcohol y el sexo que practicó en su juventud. En 2011, posó para el London Evening Standard frente al Parlamento ataviada solo con una sábana y ofreció declaraciones tan sorprendentes como esta: “Desde que John es speaker, el número de mujeres que intentan ligar con él ha aumentado sustancialmente. Pero no me pongo celosa porque a mí también se me insinúan más hombres”.

Ese mismo año participó en Celebrity Big Brother para recaudar dinero para una organización benéfica relacionada con el autismo y, de propina, hacerle una nueva peineta al sistema. Y poco después fue condenada a indemnizar al ya fallecido Lord McAlpine, un exasesor de Thatcher, por un tuit difamatorio que le relacionaba con un caso de abuso de menores. Pero su annus horribilis fue, probablemente, 2015, cuando salió a la luz su supuesto affaire con un primo de Bercow, que ella pareció confirmar al definirse como “una esposa terrible” y afirmar que su marido “estaría loco” si la perdonase. El caso es que él lo hizo.

Sally Bercow también dejó siempre claro que detestaba vivir en la casa de gracia y favor que el speaker y su familia deben ocupar en el palacio de Westminster (“lo odio, es como vivir en una pecera”, dijo), así que probablemente esté celebrando que esa etapa se haya cerrado para siempre. La prensa especula ahora con los próximos pasos de John Bercow, que podría ingresar en la Cámara de los Lores, escribir un libro, convertirse en conferenciante o dedicarse al activismo. Una cosa es segura: su sustituto en el sillón verde, el laborista Lindsay Hoyle, lo va a tener difícil para dar tanto juego.

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