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Cataluña

Como dice la canción, que no es de Maragall: “Ahora sí que estamos bien, tú preñada y yo en la cárcel”

Disturbios de la noche del martes en Barcelona.
Disturbios de la noche del martes en Barcelona.

Cada poco, sí. En términos históricos, cada poco. Cataluña revienta cada poco, incómoda dentro de las costuras de ese traje tan poco favorecedor que es España. Aunque por hablar con más propiedad, lo que está incómodo en ese traje es el nacionalismo.

Se ha intentado de todas las maneras posibles, incluyendo a la República de Azaña. Y Cataluña tiene un Estatuto de Autonomía que es casi un Estado propio. Pero el nacionalismo exige más, cuando ya no hay solución, porque más del 50% de los catalanes no están a favor de la independencia porque se sienten españoles.

Eso es lo malo: que no hay solución. Mientras una gran parte de los catalanes se sientan más catalanes que otra cosa, no hay ninguna solución. Y eso va para largo. Ni con el 40% ni con el 30%. Nunca se van a encontrar a gusto en el traje español. Y nadie de los que lean estas líneas verá el momento en que un traje europeo sea la solución. Pero también es lo malo saber que cualquier salida favorable a los nacionalistas sea medio buena. Porque eso iría contra la democracia, contra el juego de mayorías y minorías en el que los llamados españolistas piden, con razón, su gran hueco en Cataluña.

El tan citado poema de Maragall, Adeu, Espanya, es una gran mentira: no ha habido nunca una oferta española que pudiera dar satisfacción a los nacionalistas de modo que se sintieran cómodos en el traje español. En todo caso, no hay salida, porque los nacionalistas son incapaces de ofrecer una salida democrática a la otra mitad de los catalanes. La dilución de identidades que implica teóricamente Europa no será nunca bastante. Porque solo las identidades “grandes” pueden diluirse en otra mayor.

Los políticos de la Transición hicieron un esfuerzo intelectual de enorme envergadura cuando alumbraron el Estatut, una norma básica que ahora es atacada por los nacionalistas con ferocidad. Y tienen razón los que piden, desde sus filas, su cambio por una Constitució. Aunque nadie ha presentado todavía una idea que muestre que ese texto inexistente pueda ser democrático, pueda ser asumido por todos los catalanes.

Cataluña va a ser siempre un agujero. Quien lo quiera rellenar tiene que saberlo. Como dice la canción, que no es de Maragall: “Ahora sí que estamos bien, tú preñada y yo en la cárcel”.

Hola, Cataluña.

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