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Populistas y antifascistas

Las nuevas derechas no son un molesto fenómeno transitorio en Europa. Han llegado para quedarse

Marine le Pen y Geert Wilders, flanqueados por Matteo Salvini y Frauke Petry, en la reunión de la ultraderecha europea en Coblenza, el pasado 21 de enero, en Alemania.
Marine le Pen y Geert Wilders, flanqueados por Matteo Salvini y Frauke Petry, en la reunión de la ultraderecha europea en Coblenza, el pasado 21 de enero, en Alemania. reuters.

El fantasma del llamado populismo de derechas recorre Europa, y lo hace con tal pertinacia que se diría que no hay otros temas políticos más que ese. Centrándose en la crítica a la emigración, a las comunidades europeas, al reparto del dinero social y a la tibieza del Estado de derecho, los nacionalistas de derechas han llenado de colorido el orden del día, como mínimo desde la llegada masiva de emigrantes en 2015. Como cualquier oposición de base, su ascenso en las urnas —la última vez fue en las elecciones de Brandemburgo y Sajonia— tiene que ver con el fracaso de la política convencional. Cuando millones de personas se orientan hacia la periferia del espectro político es que en el centro hay un vacío considerable.

Sin embargo, se puede invertir tranquilamente la perspectiva y preguntarse si el nuevo poder de la extrema derecha puede cumplir lo que ha prometido a sus electores. Desde este punto de vista, el balance, al menos en Europa occidental, es bastante más sombrío. Allí donde los nacionalistas de derechas acabaron accediendo al poder o, como mínimo, prestándole su apoyo, ya sea Austria, Italia o Dinamarca, las cosas han salido mal por uno u otro motivo. El presidente del Partido de la Libertad de Austria, Heinz Christian Strache, catapultó a su formación fuera del Gobierno con una conversación para favorecer a su partido una noche de juerga en Ibiza. En Roma, el Movimiento 5 Estrellas puso de patitas en la calle a la Liga Norte de Matteo Salvini, y subió a bordo a un nuevo socio de coalición de izquierdas. En Dinamarca, incluso una buena parte de los electores que habían votado una y otra vez a nacionalistas de derechas, el Partido Popular Danés, se pasaron a la socialdemocracia, gracias a lo cual esta puede gobernar en Copenhague.

A los nacionalistas de derechas de la Nueva Alianza Flamenca se les puede anotar un balance igualmente penoso. La formación fue excluida del Gobierno central de Bruselas en medio de un clima de discordia para después sufrir una debacle electoral. Tras su victoria en el referéndum y en su transición a la realidad, el proyecto del Brexit se ha mostrado como una pesadilla para el país. Y no olvidemos a pioneros como Marine Le Pen en Francia o el holandés Geert Wilders, que tras un ascenso meteórico en el favor de los votantes, experimentaron un duro aterrizaje y acabaron privados de cualquier contribución activa a la configuración de la política.

Los nacionalistas de derechas también cultivan una actitud banal que los presenta como los mártires

Sin embargo, las nuevas derechas no son un molesto fenómeno transitorio. Los problemas de la emigración, el euro y la criminalidad en todos los países del oeste de Europa son demasiado virulentos para ello. Los llamados populistas de derechas han llegado para quedarse. Además, es indiscutible que pueden apuntarse el tanto de haber obligado a partidos en peligroso retroceso, como los socialdemócratas de Dinamarca, a poner importantes obstáculos a la migración al Estado del bienestar. También en Holanda la cruzada de Geert Wilders dio como resultado que tanto los democristianos como los socialdemócratas hiciesen suyos los provocadores llamamientos de este a ser menos tolerantes con los musulmanes fundamentalistas y a endurecer la normativa de asilo.

Lo más inquietante del mayor o menor ascenso de la derecha nacionalista es la polarización de la vida política, y demasiadas veces también la cotidiana, de la ciudadanía europea. En Alemania llama la atención el odio que, ya antes de 2015, despertaba la Alternativa para Alemania de Bernd Lucke, por entonces un partido relativamente moderado. La demonización pone las cosas fáciles a los viejos partidos, ya que no tienen que enfrentarse a las peticiones no expresadas, por inexpresables, de la nueva derecha. Además, los ruidosos y arrogantes “antifascistas” pueden preciarse sin riesgo de ser los combatientes de la resistencia contra el supuesto peligro de hitlerización, la última vez con el bronco llamamiento del vate Herbert Grönemeyer durante un concierto en Viena.

Los nacionalistas de derechas cultivan una actitud banal que los presenta como mártires. En su mayoría, sus miembros se aferran al discurso de que las formaciones convencionales han acabado excluyendo al partido de su corazón, que los medios de comunicación apuntan con el dedo a sus figuras emblemáticas, desde Björn Höcke hasta Salvini, y que se les impide con perfidia participar en el poder. Este enroque en el enfurruñamiento permite obviar con facilidad que hasta ahora los nacionalistas de derechas, una vez que han llegado al poder, han sido un completo fracaso.

Los partidos tradicionales y sus miembros deberían dejar de demonizar con simpleza al populismo de derechas y presentar argumentos políticos. Quienes atribuyen una dimensión exagerada a este movimiento popular que tampoco es tan afortunado, y pregonan constantemente la toma del poder por parte de unos nazis que no lo son, utilizan la imagen en blanco y negro en provecho de su pereza mental y su autoglorificación. Lo trágico es que Höcke y Grönemeyer se parecen mucho más de lo que les gustaría. Uno es un gigante, y el otro, un miembro de la resistencia, pero los dos lo son en apariencia.

Dirk Schümer es corresponsal para Europa de Die Welt.

Traducción de New Clips.

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