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Greta Thunberg y los suyos

Lo que molesta tanto a los adultos de Greta, además de que sea una adolescente, es que la mayoría sabemos que tiene razón

Greta Thunberg
Greta Thunberg, en una marcha en febrero. AP

¿Qué es lo que molesta tanto a tantos adultos de Greta Thunberg?

Me parece —y trataré de demostrar— que las reacciones furibundas que la adolescente genera son copias fotostáticas de las escenas más típicas de alteración hogareña.

Me refiero a esas escenas o situaciones en las que un hijo o una hija, que hasta hacía poco eran un niño o una niña, dejan de ser, de golpe y sin avisar, admiradores de los padres, convirtiéndose en adolescentes que discuten y se oponen al guion preestablecido.

Mientras construyen su individualidad y empiezan, de esta manera, a deconstruir también su identidad, los adolescentes, sin enterarse apenas de que sus necesidades —menudos descarados— y su búsqueda de libertad —menudos desgraciados—, habrán de desnudar la fragilidad del poder de sus progenitores, enfrentan a éstos con sus propias frustraciones.

Y son estas, las frustraciones de los padres: ¿Cómo tolerar que ese cabrón que debería quitarse los granos sepa más que uno de mitocondrias?, ¿cómo soportar que esa muchachita que no sabe amarrarse los tenis venga a explicarnos —en voz alta, para colmo, y para colmo de los colmos, sonriendo— qué significa esa palabra que se nos enreda en el hocico?, las que Greta está pagando, a escala global.

A escala global y, para colmo, en la peor de las circunstancias: porque si el enfrentamiento de los hijos con los padres —acá podemos añadir con los maestros, por no decir, de hecho, con cualquier adulto—, produce en estos una rabia incontrolable, ni qué decir hay que, cuando en ese mismo enfrentamiento, en el que se dirime el status quo, es obvio que los vástagos tienen razón, aquella rabia incontrolable se convierte en ira inexplicable, además de en la sustancia del peor de los resentimientos.

El peor de los resentimientos: aquel que mana de una situación en la que no solo quedamos evidenciados sino que nos vemos obligados a aferrarnos, humillándonos ante nosotros mismos y ridiculizándonos ante todos los demás, al supuesto desconocimiento de aquello que, en el fondo, conocíamos de sobra, es decir, de aquello que teníamos claro. Este es el peor de todos los resentimientos: el que nace en aquellas situaciones en las que, con tal de no darle la razón al adolescente, negamos la razón misma de las cosas y, de paso, sacrificamos la razón que había en nosotros.

En otras palabras: lo que molesta tanto a los adultos de Greta, además de que sea una adolescente, de que haya llegado a evidenciar nuestra falta de razón y de que abrió la tapa del pozo del resentimiento en el que habíamos estado chapoteando cerca de cuatro mil millones de seres humanos adultos —ni qué decir de que, además de todo, la desgraciada, la niñita escandinava es mujer—, es que la mayoría de nosotros, los adultos que habitamos este planeta, sabemos que Greta —y cuando digo Greta me refiero a los cientos de miles de muchachos como ella— tiene razón.

Porque si algo está claro —aún a pesar de que nos enroquemos en el falso negativo de nuestro entendimiento, de que cerremos nuestros sentidos y obviemos las evidencias que hay para mantener nuestro hedonismo y de que sigamos engañándonos con el cuento mil veces contado del progreso— es que el calentamiento global es una realidad y que este es consecuencia directa de nuestro paso y de nuestras acciones, es decir, de nuestra influencia negativa sobre el planeta: todo cambió desde el instante mismo en que pasamos de nómadas a sedentarios y todo, absolutamente todo, se ha agravado con cada una de nuestras transformaciones y revoluciones.

Así como la agricultura y la ganadería transformaron las lógicas energéticas de la tierra, la minería, la revolución industrial, las guerras, la conquista del aire, la hiperaceleración del capitalismo y, sobre todo, el divorcio de nuestra especie con su espiritualidad, es decir, con ese modo de existir orgánico para con el resto de las especies animales y vegetales —un divorcio del cual, por cierto, los pueblos indígenas de todo el orbe, que luchan como Greta y que, igual que ella y todos los que son como ella, despiertan reacciones furibundas entre quienes solo estamos preocupados de que llegue la hora de cenar y de ver el último documental sobre la destrucción del planeta, documental que olvidaremos en cuanto aparezca la cuidad en que vivimos—, han llevado al rojo todas las alarmas.

El peligro que enfrentamos, lo sabemos aunque lo neguemos porque es más fácil hacer esto —total, dentro de poco, nosotros no estaremos y nuestros hijos verán qué hacen: ¿o qué, no es que eran tan inteligentes?; total, tampoco es tan grave que hayamos convertido a todos los seres vivos en insumos y a todas las cosas inertes en mercancías—, es tal que estamos ante la última llamada, como han insistido, otra vez, los y las gretas: si no reducimos a menos de 1,5 grados centígrados el aumento de las temperaturas durante los próximos 10 años, habremos sacrificado a nuestra especie, nuestra civilización y nuestros hijos, en nombre de una cosa: el dinero y lo que éste compra.

Por suerte, la solución no es una hoja en blanco, aunque implica cambiar nuestra forma de vida y nuestra relación con las especies no humanas y con el resto de las cosas: para empezar, debemos modificar nuestra alimentación —y no se trata de dejar, por ejemplo, la carne, sino de asumir otra forma de consumo, tanto en lo que respecta a cantidad como en lo que respecta a crianza y muerte de los animales—; para acabar, hay que transformar nuestra cotidianidad —usar menos y mejor las energías, desde un foco hasta un coche, así como reciclar todo aquello que sea reciclable, desde el agua hasta un papel o una lata—.

Sólo así, haciendo cosas diminutas y luchando por aquellas que exceden nuestra vida: limitar la extracción de petróleo, reducir la emisión de gases de efecto invernadero, controlar nuestro presupuesto de carbono, generar otra forma de pensar y de vivir —más cercana a las de los pueblos indígenas, cuyos miembros no sólo son criticados, como Greta, sino que son aniquilados—, y reimaginando el compartir, el cooperar y el asistir, revertiremos la tendencia en las que estamos atrapados, evitando la extinción masiva y la destrucción que nos amenazan.

Obviamente, ni lo que escribo acá ni lo que han escrito cientos de científicos, divulgadores, humanistas, periodistas o activistas, como tampoco lo que Greta y los cientos de miles de adolescentes como ella, ni menos aún lo que han denunciado una y otra vez tantos y tantos defensores del territorio, es nuevo o sorpresivo. Por el contrario, cualquiera que esté vivo y que viva en este planeta, a excepción, al parecer, de los políticos, lo ha escuchado muchas veces y lo sabe, de una forma u otra forma.

Desgraciadamente, como dice la muchacha que inspira esta columna: "a veces pienso que los autistas somos los normales y el resto de la gente es la que es bastante extraña". Y es que, al parecer, los normales no estamos dispuestos a cambiar aquello que ha decidido cambiar esa niña de dieciséis años que tanto nos molesta, aunque la vida de nuestros hijos y del resto del planeta se vaya en ello.

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