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Amor y política

¿Quién es el público que sigue ya esas intervenciones mitineras con que nos martillean en los telediarios del domingo? ¿Quién atenderá a los discursos de una nueva campaña?

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en el Palacio de La Moncloa.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en el Palacio de La Moncloa.

Podría confeccionar una lista de personas con las que, a poco que me empeñara, acabaría teniendo una discusión agria. Y si escribiera un listado de aquellos con los que eludo una discusión agria serían los mismos. Pero un síntoma de la madurez en las relaciones diarias es, precisamente, evitar deslizarnos por enfrentamientos en los que acabaremos pronunciando palabras gruesas o haciendo gestos despreciativos. Es muy difícil reconstruir una relación tras haber mostrado antipatía o desconfianza. Más aún cuando la escena es contemplada por terceras personas. Pero en estos tiempos la contención se ha convertido en síntoma de debilidad y hay quien defiende la chulería o el enfrentamiento como si no existiera una estrategia para defender tus principios que no pasara por rendir o derrotar al adversario.

Las diferencias políticas han de quedar patentes en el debate, y el Congreso de los Diputados está para eso, para mostrar la controversia, la astucia, la pasión, por supuesto que sí, la dureza, cuando haga falta, el humor, para distender, pero el problema es que lo que hemos contemplado iba más allá del debate programático para colarse en un territorio personal desagradable y descorazonador. Los que habían conseguido el apoyo de los votantes por una promesa no formulada, pero sobrentendida, de pactos, han sido, en el mejor de los casos, torpes, y en el peor, retorcidos, porque alentaban a un acuerdo sin tener voluntad sincera de llegar a él. Pero más allá de la incapacidad política notoria han despreciado las tácticas que día a día los ciudadanos en nuestro quehacer social ponemos en práctica para no frustrar relaciones con quien más tarde o más temprano nos vamos a tener que encontrar. La divergencia ideológica es crucial en el juego político, pero también lo son las habilidades psicológicas, aunque poco se hable de ellas. No sé si el afán de que haya un Gobierno progresista logrará que haya un acuerdo de última hora entre quienes casi no se han cruzado una mirada ni delante ni a espaldas de los ciudadanos, pero sería difícil que sus votantes se tragaran el cuento ahora de que existe una mínima sintonía.

Ha resultado caprichoso, desabrido, maleducado, un juego de niños que no se han aprendido las reglas: te ofrezco algo que tú desprecias pero cuando al rato tú lo aceptas yo te desprecio a ti. Y mientras esto sucede se van publicando encuestas de intenciones de voto, y de esas encuestas los jugadores, muy cucos, deducen si les conviene más volver a convocarnos a las urnas o tratar de arreglarlo a la desesperada. La pregunta es: ¿quién esperan que les premie por esa actitud estéril y por prolongar su protagonismo hasta el próximo año? ¿Quién es el público que sigue ya esas intervenciones mitineras con que nos martillean en los telediarios del domingo? ¿Quién atenderá a los discursos de una nueva campaña?

Si movidos en parte por ese miedo a la derecha que tanto sirvió para mitinear a quienes han sido incapaces de formar un Gobierno que la contuviera, vamos a elecciones; si a pesar de esta farsa interminable los sufridos votantes vuelven a prestar su apoyo a los mismos líderes, no contendrá este voto ni confianza ni simpatía, por la simple razón de que ellos han estado carentes de estas dos cualidades de las que hemos de servirnos los ciudadanos para sobrevivir en todos los escenarios de la vida. ¿Cómo recomponer la sonrisa, la afabilidad, la cercanía después de semejante alejamiento? Y no hablo de amor sino de política. Son cosas distintas, pero se parecen.

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