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Casado al mando

El PP rehúye lo más urgente: acabar con la corrupción y definir un perfil propio

Pablo Casado (centro), junto a Teodoro García Egea (derecha) y Javier Maroto.
Pablo Casado (centro), junto a Teodoro García Egea (derecha) y Javier Maroto.

La investidura de Isabel Díaz Ayuso como presidenta de la Comunidad de Madrid ha marcado la consolidación del liderazgo de su mentor, Pablo Casado, tras el inapelable retroceso experimentado por el Partido Popular en las elecciones generales, y, aunque más atenuado, también en las municipales y autonómicas. Otra cosa es que, aun habiendo contribuido decisivamente a su consolidación, la flamante presidenta de Madrid esté en condiciones de señalar el rumbo político a la dirección nacional encabezada por Casado, puesto que ha llegado al Ejecutivo autónomo a pesar de los problemas que siguen acosando al Partido Popular, no gracias a haberlos superado. Y otro tanto cabe decir de Andalucía y de Murcia, los otros dos Gobiernos autónomos obtenidos por el Partido Popular gracias a una alianza negativa con Ciudadanos y Vox.

En estos pactos contra natura ha pesado más la voluntad de cerrar el paso al partido socialista que suscribir un programa común, con lo que la victoria de esta opción no solo ha sido pírrica, sino también inestable: Vox ha recibido como premio una posición política en municipios y autonomías que no se corresponde con su fuerza real, y desde la que no ha ocultado su intención de ejercer el chantaje sobre los dos aliados principales.

La investigación judicial a las antecesoras de Díaz Ayuso al frente de Madrid, así como las noticias que la sitúan a ella misma en el entorno más problemático de Esperanza Aguirre, ha sido un oportuno recordatorio de que el Partido Popular tiene por delante un largo camino en los tribunales, del que no podrá sustraerse arrojando un manto de silencio ni confiando en el simple transcurso del tiempo. Casado se verá más temprano que tarde confrontado a la decisión de adoptar la estrategia indolente de su predecesor, empeñado en confundir la inocencia con una ignorancia más o menos deliberada, o, por el contrario, emprender de una vez por todas las medidas necesarias para desmantelar las redes corruptas y restablecer la dignidad de una fuerza política que ha ejercido y ejerce tareas de Gobierno. En estos meses al frente de un partido desalojado del poder a través de una moción de censura por corrupción, Casado ha tenido ocasión de comprobar que sus electores no esperaban tanto una radicalización del discurso cuanto una nítida depuración de responsabilidades. Los apoyos que confiaba obtener desplazándose hacia la derecha ha debido compartirlos con sus rivales en este espacio, que le han recriminado una y otra vez los escándalos.

El tono bronco y crispado que Casado adoptó para concurrir a las elecciones generales no fue sin embargo el mismo con el que encaró las municipales y autonómicas, con mejor resultado. Pero más allá de este viraje obligado por las circunstancias, el Partido Popular al mando de Casado sigue sin realizar la tarea más acuciante, junto a la de acabar con la corrupción: definir un perfil político propio, evitando permanecer a caballo entre la ideología conservadora y la tentación ultramontana. En este sentido, Casado ha justificado la condescendencia hacia Vox asegurando que se trata de una escisión coyuntural de los populares; falta por aclarar si el retorno a la casa común se realizaría exigiendo a Vox que renuncie a su programa dudosamente constitucional o, por el contrario, incorporándolo total o parcialmente al del Partido Popular. Los pactos en Andalucía, Castilla y León y Madrid apuntan inquietantemente en esta última dirección, y, a este respecto, el Partido Popular tiene tanta responsabilidad como Ciudadanos en haber incorporado a la ultraderecha a las mayorías de Gobierno.

La diferencia, por descontado, existe, aunque no exima de nada a Casado: el Partido Popular ha extraído de esta alianza beneficios políticos netos, mientras que Ciudadanos se ha limitado inexplicablemente a asumir todos los costes.

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