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Proteger la privacidad

Seis años después de que el caso Snowden destapara los programas de vigilancia masiva a los ciudadanos, Greenwald reclama más debate sobre el uso de los datos

Snowden participa en un debate del Consejo de Europa, el pasado 15 de marzo. 
Snowden participa en un debate del Consejo de Europa, el pasado 15 de marzo. 

Explica Glenn Greenwald que las agencias de inteligencia pueden convertir un teléfono móvil en un instrumento de vigilancia, aunque no tan fácilmente. Por eso, desde que en 2013 Edward Snowden le contactó para entregarle los archivos que probaban el espionaje masivo a los ciudadanos por parte de la Agencia de Seguridad Nacional de EE UU (NSA), el periodista extrema las precauciones al comunicarse con sus colegas, con las fuentes y con cualquiera con el que intercambie información sensible. La medida de seguridad más obvia es sacar los móviles de la habitación. Seis años después de aquella exclusiva de 2013, Greenwald sostiene que tuvo tanta repercusión porque “al final, instintivamente, somos animales que necesitamos un espacio privado”. Por eso, dice, se ponen pestillos a los cuartos de baño y usamos una contraseña en el correo electrónico. “Todos sentimos que hay cosas que compartiríamos con un médico, con nuestra pareja o con nuestros mejores amigos, pero que nos avergonzaría si fuera público”.

Opina que, sin embargo, el debate sobre la pérdida de privacidad no tiene la relevancia que debiera entre la ciudadanía. Si las revelaciones de Snowden pusieron el foco en la intromisión de los Gobiernos, con EE UU a la cabeza, ahora son las grandes tecnológicas como Facebook o Google quienes están en el punto de mira. “La manera en que la tecnología permite vigilarnos todo el tiempo es más grave de lo que el público entiende, y el debate sobre esto es insuficiente”, afirma Greenwald. La vida digital ha convertido a los usuarios, a menudo de manera totalmente inconsciente, en suministradores constantes de valiosa información personal a compañías y entidades de todo tipo.

El abogado y periodista, que vive en un país tan desigual como Brasil, es perfectamente consciente de que para buena parte de la población del mundo la defensa de la privacidad no es un asunto primordial. Cuando no tienes acceso a agua potable ni a sanidad para tus hijos, o no comes lo suficiente, pensar sobre el uso que se hace de tus datos personales puede resultar algo accesorio. “Defender la privacidad puede parecer un poco abstracto y más remoto que cubrir otras necesidades. Pero también creo que ha habido un intento deliberado de transmitir a la gente el mensaje de que, si no eres un terrorista o un pederasta, si no tienes nada que ocultar, no debes preocuparte de que el Gobierno o las empresas te vigilen”.

Ahora, inmerso en la feroz polémica del caso del juez brasileño y actual ministro de Justicia, la pérdida de privacidad que padece el cofundador de The Intercept va más allá de la vigilancia de Gobiernos o empresas: en Brasil, su cara está con la del juez en todos los medios desde que comenzó el goteo de informaciones, el 9 de junio. En paralelo a la intimidación, Greenwald ha sufrido una campaña de descrédito que, entre otras mentiras, apunta a que esta vez no ha ganado el Pulitzer que sí obtuvo con el caso Snowden. Pero los premios se fallaron en abril, antes de que empezaran a publicarse las informaciones sobre el ministro de Justicia brasileño. “Una de las diferencias entre la historia de la NSA y la de Moro es que mucho del odio que generó fue dirigido a Snowden. Yo era simplemente el periodista. Ahora la fuente es invisible, y yo soy la cara de la historia”.

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