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Política: ruido y furia

La crispación marca el debate público español desde hace años y se acentúa con las redes

Imagen subida por Albert Rivera a las redes del momento en que Turull y Sánchez pasaron a su lado en el Congreso de los Diputados durante el primer día de la XIII Legislatura el 21 de mayo de 2019
Imagen subida por Albert Rivera a las redes del momento en que Turull y Sánchez pasaron a su lado en el Congreso de los Diputados durante el primer día de la XIII Legislatura el 21 de mayo de 2019

Los programas de humor político españoles se pusieron las botas el pasado febrero. El montaje con las palabras del líder del PP, Pablo Casado, resultaba muy fácil, dada la torrencial retahíla de insultos contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, encadenados en apenas 10 minutos. Los más exhaustivos llegaron a contar hasta 21: traidor, felón, ilegítimo, mentiroso compulsivo, ridículo, adalid de la ruptura de España, irresponsable, incapaz, desleal, ególatra, chovinista del poder, escarnio para España, incompetente, mediocre, okupa… Y alguno más.

Ya es posible oír en un debate telvisado ironías sobre las relaciones sexuales de las oponentes

Un año antes, las redes habían quedado impactadas con otra escena, aunque radicalmente distinta. Alberto Rodríguez, el diputado de Podemos cuyas rastas escandalizaron a algunos cuando llegó al Congreso, despedía a un colega del PP, Alfonso Candón, el día que este abandonaba su escaño: “Es usted una buena persona. Deja calidad humana en este sitio”. Seguramente en cualquier otra actividad a nadie le resultaría muy extraña esa despedida, pero en el Congreso y entre dos rivales políticos dejó atónita a la concurrencia. Porque la política es otra cosa. “Imagínate una actividad en la que todo el mundo está siempre insultándose. Así no se puede trabajar”, criticaba la exalcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, en una entrevista reciente.

El asombro que causó la cortesía entre los diputados de Podemos y del PP evoca una vieja sentencia de Fernando de los Ríos: “En España lo revolucionario es el respeto”. La crispación, marca registrada durante los años del bipartidismo, goza de magnífica salud en estos tiempos del pentapartidismo y de ese nuevo palabro que empieza a asomar entre los analistas: el bibloquismo. Ya no es que la lista de insultos deje corto el diccionario, es que algunos ataques se adentran en territorios insospechados.

Aquí ya es posible oír en un debate televisado ironías sobre las relaciones sexuales de las oponentes o llamar “lameculos” al líder de otra formación política desde la cuenta oficial de Twit­ter de un partido. No falta quien culpe de esto a la irrupción de las nuevas fuerzas políticas, más fogueadas en el tono directo y combativo de las redes sociales. Entre los veteranos analistas de prensa también circula el argumento generacional: los jóvenes líderes de los principales partidos —el mayor, Pedro Sánchez, tiene 46 años— cultivan un estilo más agresivo, con un cierto punto de temeridad. Eso explicaría además sus interminables juegos malabares para resistirse a pactar.

La frase del político republicano Fernando de los Ríos es esgrimida por José Pablo Ferrándiz, investigador principal de Metroscopia, para rebatir la idea de que estamos ante algo nuevo: “No creo que los malos modos sean ahora peores que en otros momentos. Solo pensar en la primera legislatura de Zapatero ya me hace creer que no es una novedad”. Aquellos años fueron ciertamente airados: sobre el entonces líder socialista llegó incluso a insinuarse cierto grado de complicidad con la matanza de Atocha de 2004.

La opinión de Ferrándiz no es minoritaria. Ignacio Jurado, profesor de la Universidad de York, recuerda también la fuerte tensión que atraviesa desde hace años la política española y previene contra la tentación de tener una “mirada indulgente hacia el pasado”. Con los académicos coincide un político de la vieja escuela y años de experiencia en el arte del látigo verbal, el exportavoz del PP en el Congreso Rafael Hernando: “Quizá el pluripartidismo fomente más las extravagancias que los debates de fondo. Pero no creo que haya ahora más dureza. Solo hay más voces discutiendo”.

Fernando de los Ríos dijo que "en España lo revolucionario es el respeto"

En los inicios de la democracia, el consenso convivió con batallas encarnizadas. Manuel Fraga, por ejemplo, acusó a los socialistas hasta de la llegada del sida. Durante su etapa en Galicia, Fraga encontró un contrincante a la altura en Xosé Manuel Beiras, líder de la izquierda nacionalista. Cuando se le preguntaba por sus excesos verbales, Beiras citaba a Valle-Inclán: “Yo no insulto, defino”. Los que se remiten a nombres de otras épocas nunca olvidan a Alfonso Guerra. Y sobre todo ese célebre “tahúr del Misisipi” que se le atribuye haber vertido sobre Adolfo Suárez y que él niega haberlo dicho con esa textualidad, aunque ya sin ninguna esperanza en que le crean: “Lo he explicado mil veces, pero da igual. El cliché periodístico ya está ahí”. Guerra es de los convencidos de que la caída de “la categoría moral e intelectual” del debate público ha sido “impresionante”. Lo suyo, asegura, tenía más que ver con “la mordacidad, la ironía, el sentido del humor”. “Hace unos años, los mejores estaban en política. Ahora huyen de la política”, lamenta. “Y nos gobiernan contables, que usan solo términos económicos: este proyecto es rentable, vamos a vender esto…”. En los políticos actuales, el exvicepresidente del Gobierno ve más afán de labrarse una carrera profesional que de defender unas convicciones. Y remacha: “Antes te sentías prisionero de tu palabra. Ahora puedes decir una cosa y, con una facilidad pasmosa, hacer la contraria. Hasta hemos pasado de decir que abstenerse [en la investidura de Mariano Rajoy en 2016] era una traición a defender ahora que eso es un patrimonio de los socialistas”.

La sonrisa de Hernando se intuye al otro lado del teléfono cuando se le recuerda que de su boca han partido algunas de las frases más gruesas escuchadas en los últimos años en el Congreso: “Pero si yo soy muy elegante…”. Admite, eso sí, un estilo “contundente” para replicar a sus rivales y lo justifica con un dicho bíblico: “Dad y se os dará”. Sin un diagnóstico tan crudo como el de Guerra, el ahora senador del PP también apunta a que cada vez llega a la política “gente menos preparada, porque esto se ha convertido en una profesión estigmatizada”. Hernando señala otro factor que ha contribuido a cambiar el debate público: “Las redes, la inmediatez, las noticias 24 horas… Ya no hay tiempo para reflexionar ni para contrastar. Hay que estar respondiendo continuamente. Es una espiral”.

Esas “nuevas formas de consumo de la información” contribuyen a fomentar la agresividad de los discursos, conviene Ignacio Jurado, que apunta aún otro fenómeno: “Los vínculos partidistas de los ciudadanos son menos fuertes. Hay más desafecto, más escepticismo. Como meros espectadores, consumimos la política de otra manera. Y ahí entran más el espectáculo y el personalismo”. Y también, por paradójico que parezca, la polarización, que en España ha tomado cuerpo en una palabra: bloque. Se han formado dos bloques ideológicos que compiten a la vez uno contra el otro y dentro de ellos mismos entre sus partes por ver quién es la hegemónica, como describe Ferrándiz. En ese contexto, los bloques conducen al bloqueo, lo que desemboca “en una campaña electoral permanente”. “Y en campaña, los partidos tienden más a exteriorizar sus diferencias”, concluye Ferrándiz.

“Hoy pactar se ve como traicionar”, insiste Guerra. Contra eso justamente previene el filósofo Daniel Innerarity: “La política es una actividad paradójica. Por un lado tiene que ver con el poder y la victoria sobre el adversario; por otro, el éxito político, en una sociedad plural, donde el poder está muy repartido y hay muchos niveles de gobierno, pasa por estrategias aparentemente contrarias al objetivo que se pretende: capacidad de cooperación, disposición a autolimitarse, generación de confianza… Quien no ha aprendido esto último, no ha aprendido nada”.

Artículo elaborado con información de Claudi Pérez y Natalia Junquera.

 

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