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Discriminación por antonomasia

Si nos preguntan quién ganará la Liga, sin más, entenderemos que se trata de la Liga masculina

El equipo español con el trofeo después de ganar a Francia la final del torneo de Eurobasket femenino, el 7 de julio, en Belgrado.
El equipo español con el trofeo después de ganar a Francia la final del torneo de Eurobasket femenino, el 7 de julio, en Belgrado.

Decimos a menudo “por antonomasia”. Y nos referimos con esa locución a una persona o cosa a la que concedemos el privilegio de apoderarse de un sustantivo. Es decir, le damos a su nombre común el valor de nombre propio, debido a que la consideramos, entre todas las de su clase, la más importante, conocida o característica, como indica el Diccionario en la entrada “antonomasia”.

Así sucede cuando al peñón de Gibraltar lo denominamos “el Peñón” (“naufragio cerca del Peñón”), o cuando decimos “el Golfo” para referirnos al golfo Pérsico (“ya hace mucho tiempo de la guerra del Golfo”), o cuando los de Burgos hablamos de “la Catedral”, que no puede ser otra que la nuestra.

O sea: hay muchos peñones en el mundo, hay muchos golfos en las costas, hay muchas catedrales en las plazas, pero cuando a esos nombres comunes les damos el valor de nombres propios, los estamos considerando como los más conocidos o característicos de su clase, desde la perspectiva del hablante.

Y vivimos rodeados de antonomasias: la Vuelta, el Parlament, una película del Oeste… Del mismo modo, en el fútbol, se ha venido hablando de “la selección”, “la Liga” o “el Mundial” para referirse al equipo nacional masculino, al principal campeonato masculino y al más importante torneo internacional masculino. Si nos preguntan “¿dónde viste la victoria de España en el Mundial?”, pensaremos en el gol de Iniesta y no en el Mundial de baloncesto ni en el Mundial de balonmano. Y si hablamos de quién ganará la Liga, sin más, se entenderá por antonomasia la Liga masculina.

¿Estamos ante unas injustas discriminaciones? Visto con la perspectiva del funcionamiento del lenguaje, no; visto desde la lucha contra cualquier tipo de desigualdad, sí.

El fenómeno lingüístico de la antonomasia se puede relacionar con la máxima de relevancia descrita por Paul Grice en 1975. Aquello que es relevante (o más cercano, más presente) recibe un trato especial, a veces antonomástico. Sin que eso haga desaparecer lo demás (los de Burgos sabemos que hay más catedrales).

Como el fútbol masculino ocupa hoy un lugar más relevante que el femenino (en afición, ingresos, historia…), no convendría acusar de machista un titular como “La selección juega hoy contra Suecia”, en el que no se precisa que se enfrentarán los equipos masculinos: Es sólo una inocente antonomasia.

Al decir “voy a ver un partido de fútbol”, la mayoría de los hablantes pensarán en fútbol masculino de la misma manera que al oír “hemos ganado en sincronizada” visualizarán solamente nadadoras. He ahí la fuerza de los contextos, a menudo injustos.

Para que una antonomasia decaiga (algo que no ocurre cada día), hace falta que los hablantes ya no aprecien en la persona o cosa ese valor especial y distintivo. Por ejemplo, si nos ofrecen una copa de cava pensaremos en el de Cataluña, por antonomasia. Y por ello percibiríamos como redundante "cava catalán". Pero si el cava extremeño, el aragonés o el riojano se le acercaran en relevancia, deberíamos pedir “cava catalán”. Y la visibilidad de su gentilicio le quitaría la importancia que le daba su ocultación.

España ha ganado el oro en el Eurobasket femenino; y éste y otros éxitos quizás hagan que en septiembre hablemos ya del "Mundial masculino" de ese deporte (y no del “Mundial de baloncesto”). Porque la realidad tiene una gran capacidad de modificar el lenguaje. El lenguaje, en cambio, puede disfrazar o esconder la realidad; pero difícilmente alterarla.

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