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Repudios hipócritas

La política se ha convertido en una gran y permanente representación, en una verdadera teatrocracia

El líder de Ciudadanos Albert Rivera, Ignacio Aguado (2d) y Begoña Villacís (4i), durante el acto previo a la reunión ordinaria del Consejo General de su partido.
El líder de Ciudadanos Albert Rivera, Ignacio Aguado (2d) y Begoña Villacís (4i), durante el acto previo a la reunión ordinaria del Consejo General de su partido. EFE

Un repudio hipócrita es el que Ciudadanos hace a Vox al pretender ignorar el decisivo papel de este en garantizar diversos gobiernos de derechas en ayuntamientos y Comunidades Autónomas. Pero también lo que el PSOE urde con Bildu cuando se beneficia de su abstención para acceder al control de Navarra. En ambos casos se afirma que no se negocia, aunque todos sabemos que hay negociaciones interpuestas. Bildu parece tomárselo con calma, pero Vox ha acabado por estallar al resultarle insoportable el postureo.

Si ampliamos el enfoque, lo fascinante de estos casos es que vuelven a recordarnos la importancia de la hipocresía en política. Sirven para sacar a la luz la relevancia del fingimiento como parte casi inevitable de la labor del político, que ya desde Maquiavelo es presentado siempre como un simulatore. Y, ojo, fingir, disimular, no es lo mismo que mentir, aunque ahí también esté presente la dimensión del engaño. Es lo más parecido a “actuar” —el término viene del griego hypokrytés, actor—, y ya sabemos que para hacerlo bien hay que saber fingir y ocultarse detrás de todo tipo de disfraces. Un buen político tiene que ser también un magnífico actor, si no peligra su supervivencia.

Judith Shklar, una de las teóricas políticas que se están recuperando en los últimos años, tiene un pequeño ensayo sobre el tema donde subraya cómo la hipocresía, uno de los “vicios comunes”, es un elemento casi inevitable en la pugna política, ya que “permite llevar máscaras, jugar diferentes roles”; o sea, racionalizar la posición propia. A la inversa, generalmente por parte de un adversario, facilita el correlativo e “incesante juego de desenmascaramiento continuo”. Y añade: “Mientras cada parte trata de destruir la credibilidad de su rival, la política se convierte en una fábrica de simulación y desenmascaramiento”. Seamos conscientes o no, a eso es a lo que nos dedicamos todos. No en vano, la política se ha convertido en una gran y permanente representación, en una verdadera teatrocracia. Pero volvamos a la destemplada reacción de Vox ante el disimulo de Ciudadanos, porque tiene un componente de ingenuidad casi infantil. ¿Qué pretendían, que podían compaginar actitudes políticas de flagrante negación de algunos presupuestos de nuestro orden democrático y obtener a la vez el reconocimiento pleno como actores políticos? El PP les despistó, porque nunca ha dejado de verlos como parte de su manada, como ovejas descarriadas. Lo cierto es que si los de Vox fueran políticos de verdad actuarían con la misma hipocresía que Ciudadanos, disimularían que están siendo hipócritamente utilizados por ellos. Entre otras razones, porque está a la vista de todos. Al revolverse en su contra han conseguido aparecer como socios potencialmente poco fiables.

Ignoro el coste que tendrán para Ciudadanos sus arriesgadas relaciones con Vox. Pero la actitud de este último en Murcia y Madrid puede acabar siendo su ruina. Con el poder no se juega. Tanto unos como otros tienen mucho que aprender de la cuestión navarra. Sánchez se ha destapado como un actor digno de la escuela inglesa, aunque esto no baste para colocarle en una actitud de superioridad ética.

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