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Los riesgos de prolongar la provisionalidad

Sánchez apuesta a que Podemos no tiene otra salida que votarle, pero ¿no sería más noble la claridad de un pacto de gobierno?

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasdo 11 de junio en el Congreso.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasdo 11 de junio en el Congreso.

La política democrática es de tiempos lentos porque necesita construir acuerdos. Ir demasiado rápido puede ser suicida, pero hacer de la calma virtud puede acabar con la paciencia del personal. Pedro Sánchez ganó las elecciones y la debacle de sus adversarios encumbró su figura más allá de los números concretos. Reforzado en su imagen, ha apostado por frenar el proceso de investidura con riesgo de dejar por el camino parte de su aura. ¿Por qué le cuesta tanto optar por lo que toca: la creación de un Gobierno anclado a la izquierda que es donde lo han colocado los electores y las posiciones de sus adversarios? ¿Qué tiene de vergonzante un gobierno de izquierdas para que el presidente gaste tanta energía en transferir a la derecha la responsabilidad de tenerlo que formar? ¿Por qué no hacer de la necesidad —el acuerdo con Podemos— virtud desde el primer momento?

En mayo, muchos electores dieron su confianza al PSOE para superar un agotador período de confrontación. Sus formas suaves tuvieron premio. El expresidente Rodríguez Zapatero ha dicho en Barcelona que desea una sentencia del caso del procés “que no comprometa el diálogo”. Esta es hoy una línea divisoria: los que quieren una sentencia ejemplarizante y los que quieren una sentencia que permita volver a la política. Y sea cual sea la decisión de los jueces habrá que trabajar para encauzar el conflicto. Por eso no tiene sentido que Pedro Sánchez insista en entretener la legislatura con el cuento de pedir la abstención de la derecha. El PP, en fase de recuperación de autoestima, no está para concesiones. Ciudadanos, en crisis de identidad, no tiene margen para veleidades centristas. El monotema y los delirios de Rivera le han llevado donde está y ahí se enrocará porque cualquier cambio pasaría por sustituir al líder.

Sánchez tiene a su izquierda a un Podemos debilitado. Y tiene la oportunidad de consolidar el camino de recuperación de la socialdemocracia con una agenda renovada. ¿Por qué no osa anclar su Gobierno en la izquierda, sin complejos? Por lo menos hay cuatro factores que explican las dudas que transmite el presidente: el temor a una sentencia dura del Supremo, el miedo a la reacción de una parte de las élites económicas (las que han hecho del populismo el demonio del siglo XXI), la incomodidad por las fábulas mediáticas sobre su dependencia del independentismo, y la fascinación por el cuento macroniano (de derechas y de izquierdas a la vez, a riesgo de no ser de ninguna parte).

Este país tiene muchas urgencias, que se resumen en una: recuperar la perspectiva de futuro. Sería insensato, y arriesgado, prolongar la provisionalidad con nuevas elecciones. Sánchez apuesta a que Podemos no tiene otra salida que votarle, pero ¿no sería más noble la claridad de un pacto de gobierno? ¿O es que quiere copiar los taimados acuerdos de la derecha?

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