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El mercado persa de los pactos

El chalaneo de acuerdos y coacciones desprecian las elecciones municipales y autonómicas

Albert Rivera y su equipo, el pasado 11 de junio, después de su reunión con Pedro Sánchez. Ampliar foto
Albert Rivera y su equipo, el pasado 11 de junio, después de su reunión con Pedro Sánchez. EFE

Ni por asomo los vecinos de Burgos o de Palencia hubieran querido un alcalde de Ciudadanos, pero se lo van a encontrar al frente de la corporación no ya siendo la tercera fuerza política de sendas ciudades —por detrás de PSOE y PP— sino alcanzando el bastón merced a los votos de Vox.

Renuncian los populares a varias alcaldías de Castilla y León para garantizarse la presidencia de la Junta. La había conquistado el PSOE en las urnas, pero la agonía del bipartidismo tanto ha transformado los criterios políticos como los pormenores aritméticos. No se trata de ganar, se trata de sumar. Y los partidos pequeños tiranizan a los grandes. Lo ha hecho Podemos exprimiendo a los socialistas en el Gobierno de Valencia. Y lo está haciendo Cs con los populares sin miedo a incurrir en la acrobacia de la contradicción: de abolir las diputaciones... a presidirlas.

El ejemplo de chalaneo es tan elocuente como la precariedad de los cordones sanitarios que había prometido Rivera en relación a la ultraderecha, aunque resulta aún más obsceno y escandaloso el mercado persa en que se han convertido unos y otros pactos, sin distinción de siglas —del PSOE al PNV— y sin respeto a las expectativas de los ciudadanos en el ámbito de la política local o autonómica.

Se los conmina a votar, se alienta su participación, se les promete un programa, un parque, una biblioteca, pero termina subordinándose el voto a las estrategias globales y a las carambolas. Que se lo digan a los andaluces. Y a la coacción que ha ejercido Vox con el desplante de neutralizar los Presupuestos. Van a prosperar finalmente las cuentas, es verdad, no por un acuerdo ultimado en Sevilla, sino porque el partido de extrema derecha ha utilizado Al Andalus para forzar el parto del tripartito en Madrid.

No cabe mayor menosprecio a los comicios del 26M, ni mayor escarmiento a la estrategia electoral de Pedro Sánchez. Fue suya la idea de improvisar las elecciones generales un mes antes de las municipales y autonómicas. Y son ahora estas últimas las que condicionan el reparto de poder general a semejanza del efecto mariposa. Una pedanía de Murcia, exagerando las cosas, puede decidir la suerte de la proclamación del presidente del Gobierno.

Se aleja el líder socialista de su espacio de confort. El tetris de los pactos locales ha devuelto mucho poder territorial al PP y ha restringido sus operaciones de investidura, hasta el extremo de que ha reaparecido en el cabecero de su cama el fantasma de Frankenstein. Es muy probable que necesite Sánchez otra vez la abstención del soberanismo —ERC y Bildu—, pero si la investidura prospera ya no habrá manera de evacuarlo en cuatro años. Porque no habría manera de organizarle una moción de censura.

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