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Perseguidos, perseguidores y la ley del más fuerte

"Acogerse a sagrado” no es más que buscar refugio en un espacio donde las reglas del juego quedan suspendidas. Lo aprendemos desde niños

Leopoldo López habla con los medios en la puerta de la residencia del embajador de España en Venezuela.
Leopoldo López habla con los medios en la puerta de la residencia del embajador de España en Venezuela. Getty Images

Cuando el pasado miércoles Leopoldo López cruzó el umbral de la Embajada de España en Caracas, probablemente tenía cualquier cosa en la cabeza excepto que estaba siguiendo una tradición milenaria. Algo curioso de la Historia es que la seguimos aunque no seamos conscientes de ello. Haciéndolo, nos convertimos en un eslabón de una serie de actos que, en ocasiones, se remontan a un tiempo del que no sabemos nada y nos hermanan con quienes no podemos ni imaginar. Lo que hizo el líder opositor venezolano fue “acogerse a sagrado”.

Ese “acogerse a sagrado” no es más que buscar refugio en un espacio donde las reglas del juego quedan suspendidas. Lo aprendemos desde niños. Antes de la Play y la infancia ultraconectada era aquello de crucis para parar el juego. Ahora es un comando de pausa. En el deporte, cuando a un equipo le están dando una paliza pide un tiempo muerto y es raro que lo haga cuando está arrasando.

Se trata de una práctica pensada para proteger a los oprimidos, aunque, como suele suceder, haya sido utilizada por cualquiera. Y no hay que engañarse. No depende de un noble acuerdo entre el perseguidor y quien da refugio al perseguido, sino de la fuerza del segundo respecto al primero. Que los templos y no, por ejemplo, los molinos fueran refugio no era una casualidad. Y que ahora lo sean las embajadas y no las gasolineras tampoco lo es.

Pero cuando el perseguidor es más fuerte no hay territorio sagrado que valga. Ya lo dice la canción: para qué discutir si puedes pelear. Por ejemplo, hoy hace 492 años del saqueo de Roma. Los españoles decimos que fueron tropas alemanas —del mismo modo que los venecianos culpan a un artillero alemán de cargarse el Partenón, vaya con los alemanes—, pero fue su catolicísima majestad quien ordenó perseguir al Papa en su propia casa. Y este se salvó solo porque un grupo de suizos aguantó en las escaleras del Palacio Apostólico. Precisamente hoy, lunes, sus sucesores jurarán usar la fuerza para salvaguardar la integridad física de Francisco. Que el buen rollo llega hasta donde llega.

Al final, la regla del refugio es solo una: gana el más fuerte.

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