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Vivir en un mundo donde algunos hombres creen suyas a las mujeres

La violencia sexual perpetrada por varios agresores se nutre del refuerzo individual que otorga el reconocimiento grupal

Manifestación en Madrid el 5 de diciembre de 2018 contra la decisión judicial de mantener en libertad a los miembros de La Manada.
Manifestación en Madrid el 5 de diciembre de 2018 contra la decisión judicial de mantener en libertad a los miembros de La Manada. Reuters

Tengo un nudo que me llega más allá de la garganta. Va hasta el mismo corazón. Ese nudo se colocó después de ver Jauría hace un par de semanas, en el Teatro Pavón Kamikaze, una obra sobre el caso de La Manada dirigida por Miguel del Arco. Este domingo fue su última función. Esa trabazón que duele porque rescata la empatía por un sufrimiento que se produce demasiadas veces todavía dura. Tantas veces como cada una de las violaciones o agresiones sexuales a las que somos sometidas las mujeres por una sola razón: la de vivir en un mundo donde algunos hombres nos creen suyas.

Suyas porque sí. Porque esos hombres creen que lo valen todo y nosotras nada. Somos ceros callados a la izquierda. En ese pertenecerles ya no les sirve someternos al miedo y meternos sus miembros por boca, vagina o ano en la soledad del que manda, como ocurrió en el caso de Pamplona. También necesitan demostrar su hombría en grupo. La unión (machista) hace la fuerza y violar en manada les suma puntos para mantener su estatus. ¡Ese sí que es un chiringuito y no el de las feministas!

Verse los unos reflejados en el espejo de los otros con violencia sexual de por medio les hace creerse hombres, o más hombres. Es una cuestión de poder, porque como bien explica Miguel Lorente, “la violencia sexual satisface necesidades no sexuales”. La cultura machista les hace creer que con la violencia que rompe y traspasa a las mujeres refuerzan su ego. Un ego que también se conjuga en plural. “Porque para ser hombre necesitan que otros hombres le reconozcan como tal. No se es hombre por tener un cromosoma y o por tener testosterona en las venas. Se es hombre porque otros hombres te reconocen como tal. Por eso nos retamos tanto y tan frecuentemente los hombres y repetimos aquello de ¡si eres hombre dímelo a la cara! ¡Si eres hombre ven aquí! ¡Si eres hombre sal a la calle! o últimamente como dicen ciertos políticos ¡si eres hombre mantenme la mirada! Por ahí va toda la violencia sexual”, añade Lorente, médico forense experto en violencia de género

El terrorismo machista se retroalimenta del refuerzo individual con el reconocimiento grupal. Por eso, como incide Lorente, “ahora la violencia sexual consumida en grupo se acompaña de vídeos que se reproducen en redes sociales para ampliar el mensaje de lo que es ser hombre y ser reconocido como hombre”. Y en ese yoismo machista la violencia sexual actúa como detonante.

Obtener sexo es el instrumento para conseguir algo mucho más importante. No importa tanto el placer sexual como el hecho de lo que se logra con ello: más poder. Un poder que agrede sexualmente. Como detecta la Agencia de Derechos fundamentales de la Unión Europea, lo hace a un 11% de las mujeres de esta zona geográfica. En cifras, que son vidas, significa que 20 millones de mujeres han pasado por esta experiencia.

Y así, millón por aquí y millón por allá, la cultura de la violación se hace cada vez más fuerte. Los hombres que violan lo hacen en las calles, en los hogares, en los prostíbulos, en los puestos de trabajo. Es la ley del más fuerte que además coge impulso cada vez que quienes deberían defender a las víctimas, dudan de su palabra y se ponen de parte del victimario. Se convierten a veces en otra jauría, manada, con togas y con puñetas, revictimizando por segunda vez con sus sentencias y con concesiones de libertad. “No es que la justicia tenga género. Es que tiene genitales”, como esgrime el exdelegado de gobierno para la Violencia de Género.

Hombres que, vestidos de negro, no usan portales sino estrados para fallar a las mujeres. Eso genera en ocasiones la  idea de que violar sale gratis. Y esa gratuidad es la que muchos hombres comparten en las calles, en los hogares o en los prostíbulos para seguir haciendo gala de su poder. Para esos hombres, somos una ganga. Tal vez por eso no sea extraño que el 32% de los universitarios estadounidenses declaren sin vergüenza alguna que estarían dispuestos a violar a una compañera si tuvieran la certeza de no ser descubiertos o que, según el último Barómetro del CIS (julio 2017) sobre violencia sexual, el 20% de los españoles justifiquen la violencia sexual con argumentos tan categóricamente machistas como la conducta o la ropa de la mujer, si había tomado copas o si había flirteado con el agresor.

“Si entendemos que el machismo no es conducta, es cultura, entenderemos como ese espacio de normalidad, de impunidad y de silencio siempre juega a favor de los agresores y en contra de la víctima y por lo tanto se trata de cambiar esa cultura”, remarca Lorente. Mientras todo siga igual, mientras exista el patriarcado, violarnos será un pasatiempo para algunos de esos hombres. Solo nosotras pagamos el precio por ello.

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