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Ampliar el “nosotros”

Mientras el bloque soviético implosionaba, Europa occidental se unía y fortalecía. Hoy asistimos a lo contrario

Miembros del movimiento Hacer el amor, no el Brexit se besan en una manifestación en Bruselas.
Miembros del movimiento Hacer el amor, no el Brexit se besan en una manifestación en Bruselas. Thierry Roge/BELGA/dpa

La historia reciente de los dos bloques ha estado marcada por dos caminos opuestos: mientras el área antes comunista implosionaba y se iba atomizando en multitud de países, el área occidental se iba uniendo en alianzas primero económicas, luego políticas, a las que se fueron sumando nuevos socios. Tras la quiebra soviética nacieron 15 repúblicas, las que conformaban la URSS, pero en varias de ellas estallaron guerras, insurgencias de pueblos que habían sido aplastados y que aspiraban a su propia independencia. El Cáucaso fue escenario de batallas cruentas con decenas de miles de muertos; y la anexión de Crimea a Rusia en 2014 ha sido el último zarpazo que ha movido esas fronteras. En Europa del Este, la propia implosión de Yugoslavia y la división, en este caso pacífica, de Chequia y Eslovaquia también cambiaron las fronteras. Kosovo aún espera su turno.

Mientras, y en abierto contraste, la UE se fue convirtiendo en un territorio de crecimiento y desarrollo democrático que sigue siendo imán para el resto del mundo y que ha ido sumando socios desde los 6 de 1957 a los 28 que aún tiene en 2019. En este tiempo, unirse (en circulación de personas, mercancías, defensa, seguridad, espacio universitario) ha sido el impulso, y no desunirse. El acuerdo que selló la paz en Irlanda del Norte en 1998 enterró uno de los últimos conflictos que latían en nuestras fronteras, como recordaban ayer Tony Blair y Bertie Ahern en EL PAÍS. Ampliar el “nosotros” y encoger el “ellos” fue la fórmula. Pero las tornas han cambiado y, dentro del tsunami de desafección que desató la crisis, el impulso por romper pone en riesgo ese progreso. Algunos ya trabajan en el proyecto de una Irlanda unida, contaban los dos ex primeros ministros de la época, con el consiguiente conflicto que eso generará. Y Escocia levanta el dedo en potentes campañas sobre su ambición europeísta. Independizarse de un Londres antieuropeo será más que una tentación. El bloque comunista implosionó porque era resultado de la tiranía y porque además fracasó. Disuelto el pegamento totalitario, las viejas cuentas pendientes pasaron facturas de sangre. Los conatos de ruptura en la Europa democrática (desde el Brexit hasta el independentismo catalán) asustan porque no son resultado de la tiranía, sino de una gestión populista de la desafección. Y, en la historia, también esta vía siempre acaba fatal.

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