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A lo que obliga el escaño

Tirando de lo que una palabra nos puede decir de sí misma, podemos resumir los deberes de quienes nos representan

elecciones 28A
Salón de Plenos del Congreso de los Diputados. EL PAÍS

No paraba la lluvia de pájaros muertos. Era normal que el sacerdote Antonio Isabel que retrató García Márquez en el cuento Los funerales de la Mamá Grande se sintiera entre desolado y sorprendido por tal hecho del cielo. Por eso, “sentado en el escaño de la estación trataba de recordar si había lluvia de pájaros muertos en el Apocalipsis, pero lo había olvidado por completo”. En el mundo de fantasía posible que es la ficción de García Márquez, ese cura viejo que está sobrepasado puede representarnos a nosotros mismos cuando algo nos supera: nos paramos un momento, nos sentamos a reflexionar. Y para eso, en el mundo del premio Nobel colombiano, estaba el escaño.

Escaños para sentarse hay de sobra en la literatura española: en el Poema de Mio Cid, un “escaño torñino”, o sea, torneado, es el lugar donde se sienta el propio Campeador y bajo un escaño se escondían en el viejo poema los yernos del Cid, los cobardicas infantes de Carrión, queriendo escaparse del león. Hasta el siglo XIX, el escaño era un mueble común en las casas españolas: un asiento con capacidad para tres o cuatro personas, que se colocaba frecuentemente en la cocina y servía para estar junto a otros al calor de la lumbre. Era un significado heredado del latín scamnum, que mantuvo su continuidad hasta que el gusto por asientos más mullidos y blandos terminó arrinconando a esos muebles tan comunes en los inventarios y ajuares de otro tiempo. Desde el siglo XIX desciende el uso de la palabra al tiempo que va creciendo el empleo de otra palabra, banco, de historia más reciente.

Pero no son estos escaños antiguos de los que hablan hoy las noticias. En vísperas de elecciones, la palabra escaño vuelve a hacerse común en nuestro vocabulario y aún sonará más en la noche del recuento. Nuestros votos se convertirán en esos asientos llamados escaños que ocuparán los políticos de las listas más votadas. Y aun cuando ya los asientos en las dos Cámaras no sean propiamente escaños, como lo eran en los antiguos concejos, sino cómodos asientos con ruedas, seguiremos nombrándolos con el vocablo que originalmente tuvieron. Tal vez, días más tarde, empecemos a hablar de los parlamentarios y no tanto de los escaños que han logrado.

Pero un escaño es una realidad demasiado relevante como para convertirlo en un símbolo vacío que simplemente equivale a la persona que lo ocupa. Esa palabra nos resume a nosotros como ciudadanos de una democracia: en una minúscula proporción, una parte de todo escaño es de cada votante que introduce su voto. Por eso, y tirando de lo que una palabra nos puede decir de sí misma y de su vividura, podemos resumir la suma de deberes de quienes nos representan.

Un escaño es una realidad demasiado relevante como para convertirlo en un símbolo vacío que simplemente equivale a la persona que lo ocupa

Ha de recordar quien ocupe un escaño que ese asiento se pensó para varios, que estaba pensado para compartir, para trabajar codo con codo. Los anunciados y nunca logrados acuerdos de Estado en materias muy sensibles solo se logran si quienes ocupan un escaño empiezan a pensar que su asiento individual es, por etimología de la palabra pero sobre todo por lo que implica ser político, un asiento para compartir; que si hablamos de escaño es porque quien tiene un asiento en las Cortes Generales no ha de comportarse como sentado en poltrona o en silla individual sino en el puesto que nuestros hablantes de otro tiempo usaron para compartir ideas ante el fuego. El viejo refrán español: “Alguno está en el escaño, que a sí no aprovecha y a otro hace daño”, condenaba precisamente esa mala utilización del escaño y ponía con justeza al asiento por encima de la persona.

Y, sí, claro que hay usos no individualistas y agrupados en los escaños: los de esas sumas sin fisuras que son a menudo los grupos parlamentarios, donde es un héroe suicida el que se atreve a declararse en contra de lo que se dice su líder o aun siquiera a matizarlo. Y otro escaño ilustra de un comportamiento ejemplarizante al respecto: en la batalla de Trafalgar tan penosa y dura para el Ejército español, el militar Antonio de Escaño se opuso, lamentablemente sin éxito, a que los españoles entraran en combate contra la Armada británica de Nelson que bloqueaba la costa gaditana. Escaño se jugó el puesto no aplaudiendo la decisión de sus superiores y no se equivocó en la predicción. Un escaño no habría de anular la capacidad de pensamiento autónomo de quien lo ocupa.

Tan comunes eran, en fin, los escaños que dejaron su huella en otros ámbitos del idioma. La toponimia española tiene un pueblo llamado Escaño en Burgos y otro en Jaén, Escañuela. También sus habitantes (solo cuatro en el municipio burgalés y casi un millar en el de la campiña jiennense) son responsables de la asignación de los asientos en Congreso y Senado y merecen la atención que pocas veces se presta a la España más silenciosa, la que, calladamente y simplemente mirando qué significa la palabra escaño, sería capaz de entender a qué obliga ocupar uno. Antes de ocuparlo, siéntese a reflexionar.

Lola Pons Rodríguez es profesora de Historia de la Lengua en la Universidad de Sevilla.

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