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Imperativo categórico

El conflicto independentista es tema único de la agenda electoral de la derecha porque sirve a su objetivo de polarizar la sociedad

Albert Rivera durante un acto en Las Tablas de Daimiel.
Albert Rivera durante un acto en Las Tablas de Daimiel. Europa Press

Decía Albert Camus que “no hay vida viable sin proyección en el futuro”. Y añadía “vivir contra un muro, es la vida de los perros”. Buena parte del malestar que habita hoy en las sociedades europeas tiene que ver con la falta de expectativas para una gran mayoría de ciudadanos, que ve cómo el sistema económico solo es útil para unos pocos y los dirigentes políticos no tienen capacidad para evitarlo. Y los partidos buscan en la confrontación una vía para disimular su impotencia. Con la esperanza de que la apelación a los fundamentales consiga el milagro de cegar a los ciudadanos y movilizarlos olvidando sus cuitas cotidianas. Y así entramos en una campaña electoral que se define en buena parte por la negación del otro.

Fuera de la escena política la realidad es que las fracturas se acumulan: siguen las barreras de clase, aumentan los invisibles que están ya fuera del espacio social, crecen alarmantemente las distancias generacionales, y se propagan peligrosamente las fobias contra los que con etiqueta de diferentes son utilizados como chivos expiatorios de los males de la mayoría, por unos políticos irresponsables que en vez de resolver problemas los crean. Ha sido la derecha la que ha despertado la xenofobia en los últimos años. La campaña electoral es una superestructura que sobrevuela la realidad.

El conflicto independentista, hijo también de esta frustración generalizada que viven las clases medias europeas, es tema único de la agenda electoral de la derecha, porque sirve perfectamente a su objetivo de polarizar la sociedad con ruidosos y autoritarios discursos, sin cuestionar lo más mínimo las políticas económicas y sociales que han llevado al actual estado de malestar. Para la derecha, con Pablo Casado al frente, Vox marcando agenda y Albert Rivera de descolocado monaguillo, todo pasa por Cataluña: las promesas de un 155 eterno, la elección de candidatos, como Álvarez de Toledo, para traer la buena nueva del españolismo trascendental a Cataluña o Dolors Montserrat para redimir a Europa de las falsas verdades del independentismo, el furor denunciador de Ciudadanos, o la vergonzosa —e inmoral— insistencia de presentar a Pedro Sánchez cómo el ariete del independentismo para romper España.

Esta música de terror dejará huella, aunque la derecha no gane. Y será también un test sobre el grado de desesperación de la sociedad española. Hay que escoger entre la confrontación y la política, entre el embaucador discurso patriótico, que intenta disfrazar la aceptación de que no hay alternativa al modelo económico y social, y el intento de escuchar, hablar y reconstruir una política de reconocimiento y respeto mutuo. Y esto nos implica a todos. Jordi Muñoz, en un debate reciente, invitaba a recuperar una versión del imperativo categórico: actuemos como sí dialogar y entenderse fuera posible. Sin exigencias previas de derrota o claudicación del adversario, muy propias del machismo, que solo agrandan el resentimiento.

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