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Asaltar Europa

La coordinación de la extrema derecha es una amenaza para las democracias

Simpatizantes de Marine Le Pen en un acto de Frente Nacional francés.
Simpatizantes de Marine Le Pen en un acto de Frente Nacional francés. EFE

La coordinación cada vez más evidente de los movimientos ultraderechistas de cuño populista en todo el mundo constituye una amenaza organizada para el normal funcionamiento de los sistemas democráticos y para nuestras libertades. En Europa, su estrategia pasa ahora por el aprendizaje de la caótica experiencia del Brexit, materializada en el deseo de una de las principales potencias del continente de abandonar el club de la Unión. Fruto de su traumático resultado, la extrema derecha ha dejado ya de buscar la ruptura. Su nuevo objetivo consiste en resignificar el proyecto comunitario para vaciarlo de contenido, reducirlo a su mínima expresión y desmontar el andamiaje de protección que otorgan nuestras democracias liberales. A pesar de que sus intereses no son siempre coherentes o complementarios, este populismo autoritario en auge ha identificado con precisión un reto común: asaltar y desnaturalizar las instituciones europeas.

Más allá de declaraciones puntuales o de los indisimulados halagos cruzados entre sus cabezas visibles —Matteo Salvini y Viktor Orbán, pero también Marine Le Pen y Santiago Abascal—, hemos de atender cuidadosamente a los tecnólogos políticos que, formados en el arte de fusionar autoritarismo y entretenimiento, dotan a este movimiento de sustrato ideológico, haciéndolo además de manera abierta. La entrevista concedida a EL PAÍS por Steve Bannon, antiguo estratega jefe de Trump y conocido vocero de la alt-right, es buena prueba de ello. Con independencia de su peso específico en la estrategia de la incipiente coalición ultra europea, Bannon confirmó que la amenaza es real, y que consiste en parte en imponer marcos políticos específicos antes de las inminentes elecciones europeas del 28 de mayo. Sus declaraciones reproducen la consabida verborrea ultra: nacionalismo excluyente, apelación a viejas soberanías, el fetiche de las fronteras y el nosotros primero, la homogeneidad racial y la tendenciosa proyección de un falso pasado glorioso como enmienda a las frustraciones del presente. El impacto de esta retórica es bien conocido: guerras comerciales, proteccionismo y fin del multilateralismo.

El nuevo Parlamento Europeo no será inmune al ascenso de estas fuerzas políticas reactivas, que emplearán los recursos institucionales para intentar provocar la parálisis de la legislatura, bien sea dificultando la reforma del euro, reduciendo el presupuesto comunitario o rompiendo la unidad de acción en política exterior. La presencia de estos partidos en la Eurocámara puede ser contrarrestada, pero solo desde la asunción de estrategias conjuntas de cooperación entre aquellos que afirman querer avanzar en el camino de la integración europea. El Tratado de Lisboa prevé mecanismos suficientes para impugnar el intento de veto que actuales y futuros Gobiernos ultras aspiren a imponer para bloquear esa senda.

La amenaza de una Europa con nostalgias autoritarias exige de las familias proeuropeas —conservadores, socialistas, liberales y verdes— que protejan con decisión la dignidad democrática de las instituciones, apostando decididamente por construir un horizonte de futuro común. Pero aquellos que quieren avanzar en el proceso de integración no deberían permitir que la única línea divisoria del conflicto político sea definida por el populismo. El difícil equilibrio entre cooperación y contraste de pareceres exigirá colaboración y lealtad mutuas al tiempo que se muestran y defienden las legítimas diferencias programáticas.

La experiencia del Brexit no solo ha constituido un ejemplo aclaratorio para reorientar la estrategia ultra; también ha mostrado que la Unión Europea tiene capacidad de resiliencia, determinación para fijar una agenda propia y fuerza suficiente para exigir el estricto cumplimiento de sus normas. Frente al auge mundial de los populismos autoritarios, el camino a transitar lo constituye esa difícil combinación entre ambición, visión y liderazgo. Porque Europa nunca ha exigido unanimidad de programas políticos, pero sí la defensa leal del consenso democrático básico que la dota de identidad.

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