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También ella

El mundo continuaba siendo impenetrable. Tras su lectura, solo sabía que los que íbamos en el aquel vagón tarde o temprano moriríamos

Interior de un vagón del Metro de Madrid.
Interior de un vagón del Metro de Madrid.

Todos los que nos hallábamos en aquel vagón del metro moriríamos. Un día moriríamos. Observé detenidamente los rostros de los viajeros. Eran mis hermanos y mis hermanas de muerte. Uno a uno iríamos cayendo, quizá los más jóvenes primero. Iba lleno el vagón, hasta los topes. Mucha muerte, pues, una carnicería. Yo había encontrado asiento y llevaba el periódico entre las manos. Había leído las noticias financieras y las deportivas y las culturales y las de sociedad y las de política nacional e internacional, por ese orden, sin dar un solo paso en la dirección del conocimiento. El mundo continuaba siendo impenetrable. Tras su lectura, solo sabía que los que íbamos en aquel vagón tarde o temprano moriríamos. Siempre que arrojas un objeto al aire, cae. Siempre que alguien nace, muere. Etcétera.

Fantaseé con la posibilidad de que hubiera entre la muchedumbre un inmortal. Lo busqué sin hallarlo. Todos llevábamos la marca de la muerte en la mirada. Abrí de nuevo el diario y leí ahora el editorial, aunque sin provecho alguno. Imaginé un periódico en el que, al día siguiente, en la primera página, a cinco columnas, apareciera este titular: “Coinciden en el mismo vagón de metro, el mismo día y a la misma hora, noventa personas que van a morir. Juan José Millás, que era una de ellas, prefirió no hacer declaraciones”. Advertí que esa noticia me ayudaba a comprender el mundo mejor que el relato sobre el enfriamiento de la economía. En esto, las puertas del vagón se abrieron y entró una mujer con la que intercambié una mirada casual, aunque repleta de sentido, como si también ella estuviera en el secreto de lo que nos esperaba. Me bajé en la estación de Callao, pues la de Gran Vía estaba cerrada por las obras del Ayuntamiento.

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